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sin traición a la poesía

Cuando se llega al fin

Leyendo al filósofo italiano Giorgio Agamben, Roberto Appratto reflexiona acerca de la culminación de una poesía, ese momento en que toda la estructura creada para dar forma a los versos, que se entrelazan entre palabras y ritmos, llega a su fin.

Cuando se llega al fin

En su ensayo El final del poema, Giorgio Agamben define el último verso como la convergencia entre la serie del sonido y la serie del sentido, que atraviesan la escritura poética como dos niveles diferentes en tensión continua: la imposibilidad del encabalgamiento en ese último verso presagia «la insalvable catástrofe del poema», su caída silenciosa en el abismo (citando a Dante). Ahí se termina el pensamiento del poema, eso que fue deslizándose entre las unidades que lo enmarcan, en un acto de suspensión que deja latiendo el lenguaje después de su trabajo de vacilación constante entre lo que se quiere decir y el modo (aunque no haya rima ni metro) de expresarlo.

La brillante reflexión del filósofo italiano estimula otras en la misma dirección. Por ejemplo, acerca de la dificultad de llegar a ese final, que puede experimentar cualquiera que escriba poesía. Si, como dice Agamben, ese último verso, al quedar fuera de todo encabalgamiento, está marcado en su singularidad, en su condición de enunciado que cierra el poema, el lugar a donde apunta todo lo que se dijo, ¿cómo se justifica? ¿Cómo evitar que ese final sea un redondeo semántico, una «conclusión lógica» que haga inútil el trabajo de la escritura? ¿Cómo, en otras palabras, sostener al poema como poema y no permitir que caiga en la prosa «de decir cosas», perteneciente a cualquier forma de lenguaje menos a la poética?

El final no es «el final», es decir, la pérdida, la catástrofe, si nos resistimos a la aparente necesidad de acabar el poema por el lado del contenido, por miedo de que no haya quedado claro, y usemos el lenguaje en su versión más vulgar, más complaciente. Entonces, así como Agamben dice que ese último verso se une a sus «rhyme fellows» (sus compañeros de rima, en los ejemplos de Dante y de Arnau Daniel), para caer junto a ellos en el abismo, en la nada, podemos decir que el lenguaje, ese mismo que se ha trabajado a lo largo del poema, debe imponerse como una entidad singular, ya no perteneciente a la prosa, sino a la poesía misma. Terminar es la puesta en escena del suspenso del significado y del sonido, la culminación del diálogo con el lector en los términos que el lenguaje poético, y el pensamiento que lo recorre, pide: no hay ayuda posible de verdades comunes, asequibles mediante cualquier otra vía, para que rescaten del fracaso de la búsqueda.

Toda otra solución (estrictamente verbal y lógica) es una traición a la poesía.

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