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reseña

Un río que fluye hacia adelante y hacia atrás: María Negroni y Joseph Cornell

Una lectura de Francisco Álvez Francese de esta suerte de poemas-ensayos con los que María Negroni construye la belleza del contenido y la forma que es «Elegía Joseph Cornell».

Un río que fluye hacia adelante y hacia atrás: María Negroni y Joseph Cornell

 

El letargo, lo espectral; ángeles y animales; hadas y mazmorras. El catálogo de las obsesiones románticas está poblado de apariciones siniestras, personajes que limitan (más acá o más allá) con lo humano, espacios atiborrados y ruinosos.

María Negroni ha perseguido sus largas sombras en su singular obra, y, a la inversa, esas sombras han empapado a menudo su poesía y sus ensayos, como un agua mala. Caja Negra editó varios de los libros de la poeta, ensayista, novelista y traductora argentina y este mes publica uno más: Objeto Satie, sobre el francés Erik Satie, compositor oficial de la orden rosacruz y músico de cabaret. Elegía Joseph Cornell es de 2013. En ese libro, de poemas-ensayos o de ensayos líricos, Negroni piensa las imágenes de uno de los creadores más impactantes del cine experimental norteamericano, que tienen la textura y autonomía de los sueños.

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Una niña, de pelo larguísimo, sobre un caballo blanco. Un castillo, el cielo lleno de estrellas. El fotograma pertenece a Children’s Party (1938). La historiadora de arte Analisa Leppanen-Guerra ha hablado del tiempo de la infancia en contraposición al de la adultez, definido por la cuantificación, la regulación y la producción, por el reloj que tira hacia delante.

El tiempo de la infancia (el de los cuentos de hadas, que es y no es) está impregnado de irrealidad: es fluido, amorfo, circular. «Existiendo en el tiempo de la infancia», dice Lappanen-Guerra, «Cornell intenta alcanzar el reino de los ángeles y de los profetas». Y a veces lo logra.

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En La noche tiene mil ojos (2015), Negroni había compilado tres libros fundamentales: «Museo negro», «Galería fantástica» y «Film Noir», que rastrean los orígenes europeos de la estética gótica, su pervivencia en la literatura fantástica latinoamericana y en el cine policial clásico hollywoodense. Las preocupaciones son compartidas: son ese jardín voluptuoso, peligroso y atractivo, ingenuo y perverso, que también emerge en su «pequeño mundo ilustrado»; ese gabinete de curiosidades de tiempos ya muertos del que saca imágenes para sus mejores poemas.

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«Hieros gamos», de su libro El viaje de la noche (1994), comienza: 

Desde el piso superior de la casa donde estoy, veo una
boda medieval. Carromatos, pequeñas niñas de tul, un
cuchicheo incesante de palomas blancas. La gente tira
arroz y una troupe de magos y laúdes y manteles sobre
el tapiz verdoso del bosque. Al este de todas las cosas,
un poco alejada del resto, una mujer misteriosa vestida
de organza habla por teléfono público.

Esa es la misma estupefacción con que nos encontramos, en Cotillion And The Midnight Party (1938), con el cielo moderno y los dioses de antes, dibujados en las estrellas para quien sepa mirar, o para quien se deje guiar por el artista.

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La «ingenuidad criminal», con la que Ellen Levy definió el trabajo de Cornell, puede pensarse también con relación al libro de Negroni. Podría decirse que se traspasa del artista a la poeta en su recolección de sustancias, de objetos, de versos y ritmos. En su prosa bacherlardiana, en sus palabras puestas al revés (como el DNE EHT que inicia tantos cortometrajes), en sus listas prolijamente caóticas, en sus bloques de texto, en su juego con los espacios en la página, con los silencios del blanco, con su letra manuscrita. Negroni hace, como Cornell, cajitas y las llena, paciente, de memorabilia, ideas, sonidos, fragmentos de una vida.

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Fenómenos de circo, un niño que come una manzana, un ángel de cementerio. Un búfalo de agua en un río del Asia, una señorita con un parasol roto corriendo por la calle, palomas y una Alicia. El efecto Kuleshov puesto a prueba, hasta el límite. La creación de un espacio fílmico intenso, extraño, intemporal, en el que el humor entra (intertítulos mediante) como otra experimentación con lo inconsciente.

Cornell es un creador de mundos, mundos para que habitemos; ciudades dispuestas como en una maqueta, casas de muñecas en las que podemos jugar a ser dioses o niños.


Elegía Joseph Cornell
Negroni, María
Caja Negra Editora (2013)
Páginas: 96
UYU 400

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