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Nicanor Parra y la poesía que no muere

Roberto Appratto comparte una brillante reflexión sobre la obra del chileno Nicanor Parra y su trascendencia en la poesía latinoamericana. Un autor que, habiendo nacido en 1914, sigue tan vivo como hace 60 años, cuando en 1954 publicó sus antipoemas y marcó un hito en la forma de hacer y leer poesía.
Nicanor Parra y la poesía que no muere

En la actualidad, Parra tiene 103 años. Resulta difícil hacer algo que supere el asombro ante su longevidad: se multiplican las tesis sobre su obra, se intenta decir algo más cuando ya se ha dicho casi todo; cada vez que alguien escribe sobre él, roza el obituario, la enumeración de virtudes de escritura, de gestos de irreverencia, de maneras diferentes del saber poético que ha exhibido, al menos desde que publicó sus Antipoemas en 1954. Como aún no ha muerto, no hay manera de cerrar el panorama de su vida y de su obra sin elogios que no pueden ser fúnebres, pero se le parecen: es el poeta más importante de Chile, de Latinoamérica, vivo; el que ha hecho más por la liberación del verso y por la concepción de la poesía, en eso coinciden todos, desde dentro y fuera de Chile. De algún modo, su supervivencia parece un chiste más de los Artefactos o de la antipoesía toda, algo así como la constatación de que no se puede con él.

Me sumaré a ese coro atónito: no se puede creer, en realidad, que Parra haya hecho lo que hizo con la poesía latinoamericana. En realidad, todo eso fue en contra de la tradición poética de la cual fue testigo presencial (tanto de la poesía clásica como de la vanguardista del siglo xx); en contra de toda solución prefabricada a los problemas de la poesía. Eduardo Milán escribió varias veces sobre Parra, y hace solo tres meses, en la revista digital Transtierros, afirmó que su poesía «era un buceo en los límites de las posibilidades del lenguaje»: no del lenguaje poético, del lenguaje. El brillo de la frase apunta a la radicalidad permanente de la poesía de Parra, eso que lo mantiene vivo a pesar de los cambios de modas, de las dudas, de las repeticiones, de las vueltas al comienzo, del recurso a lo expresivo, de las simplezas de la irreverencia, de la ingenuidad, con que se ha encarado la poesía desde ese lejano 1954 y antes. Pese a los fallidos obituarios, los textos de Parra siguen cuestionando la legitimidad de los límites entre habla y poesía para quedarse, experimentando, en el habla, y convertirla en poesía. Es un modelo de escritura que ha generado émulos menores, centrados en reproducirlo como modelo exterior de irreverencia y humor, pero incapaces de entender eso que señala Milán: ese «buceo» implica descreer de un modo de concebir la poesía que parece difícil de abandonar. La misma idea de belleza sale de otro lado.

De modo que Parra no se muere.

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