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Ducasse, el montevideano

«Mi semejante, mi hermano»: volver a Lautréamont

«Maldito», «raro» y «loco»: sobre Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, pesa la sombra del mito; sin embargo, recientes investigaciones biográficas complejizan su lectura, la de un autor excepcional, sin duda. A 150 años de su muerte, Francisco Álvez Francese recupera algunas interpretaciones de ayer y hoy que siguen enriqueciendo su poesía.

«Les Chants de Maldoror», Salvador Dalí (1934)

«Vivió desventurado y murió loco», afirma Rubén Darío casi al principio de su ensayo sobre Lautréamont incluido en el célebre Los raros (1896). Conocedor muy parcial de la obra, como probó Sidonia Taupin, al poeta nicaragüense le debe el mundo hispano la introducción, incompleta y acaso equívoca, de Isidore Ducasse, de quien supo todo a través de Leon Bloy, que por su parte poco sabía también. En efecto, Darío comienza el texto admitiendo la falta: «Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. Él se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el empíreo en recuerdo del celeste Lucifer?».

La imagen, propuesta por Bloy en un artículo aparecido en 1890 en la revista La Plume y tomada por Darío, es la del poeta atormentado que escribe así porque, en definitiva, ¿qué otra cosa podría hacer? Darío es concluyente: «el autor “vivió” eso», afirma, y remata que «no se trata de una “obra literaria”, sino del grito, del aullido de un ser sublime martirizado por Satanás». En su momento, hay que admitirlo, esta aseveración podía tener algo de sugerente, incluso de revulsiva: la reivindicación —en la tradición iniciada con Les Poètes maudits (1884) por Paul Verlaine— de algunos escritores que eran todavía resistidos por la crítica resultaba en cierta medida provocadora, pero en ese afán, también, las lecturas de Darío aparecen reductoras.

Por eso, aunque le debemos la traducción temprana de fragmentos de la obra de un poeta que tardará en volverse canónico, el punto de vista elegido ayudó también a formar una imagen de la que será difícil deshacerse tanto en el mundo hispano como en Francia: en un texto de juventud, por ejemplo, Federico García Lorca hace referencia al «loco y fantástico conde de Lautréamont»; en su Diccionario abreviado del surrealismo (1938), André Breton y Paul Éluard citan a André Gide, que habría dicho «Creo que el principal mérito del grupo surrealista es haber reconocido y proclamado la importancia ultraliteraria del admirable Lautréamont»; años después, en una antología de 1966 que hace eco desde su título del volumen de Darío, Ángel Rama elegirá al «estudiante melancólico» que fue Ducasse como iniciador de una supuesta «línea secreta» de la literatura uruguaya, que estaría marcada según el crítico por un «realismo» que ve en todas partes y siente casi natural a nuestro espíritu nacional.

En los últimos años, y no sin dificultad, se ha intentado echar luz sobre estas visiones que, aunque posibles, no dejan de ser parciales. En Lautréamont. Mayo del 68. Erotismo. Sexualidad. Y contra el hombre que los hace esclavos, libro editado por Alma Bolón que reúne ponencias en torno a la obra de Ducasse que se presentaron en 2018 en Montevideo, sin ir más lejos, hay varios textos que desde distintas áreas buscan replantearse la figura del escritor y su biografía. Bolón, que revisó (junto a Beatriz Vegh) la traducción del español Ángel Pariente de Los cantos de Maldoror para su reciente publicación por HUM en Uruguay, afirma en el prólogo de esta nueva edición que «Junto con el culto a la obra y a su personaje Maldoror, prosperará la fascinación por el autor, a menudo provisto de los lugares comunes que suelen atribuirse al artista decimonónico: loco, pobre, solo». Sin embargo, continúa Bolón, «Las investigaciones biográficas documentadas pondrán en tela de juicio este imaginario que, no obstante, corre paralelo y saludable». Así, no se trata de anular una línea de interpretación posible, sino de abrir y enriquecer otras, como las que ven el profundo carácter burlesco, paródico e incluso autoparódico del libro y la vocación polémica de Ducasse.

Desde ese espacio, Los cantos de Maldoror, junto con la «línea secreta» de los «raros» uruguayos, pueden todavía visitarse de otro modo. En primer lugar, porque la mitologización de la «vida excepcional» de Ducasse supone (por desconocimiento u omisión de muchos detalles importantes) una lectura que, ante todo, resulta hoy poco interesante. Cifrar en una conjetural locura el impulso creativo que late bajo una obra parece demasiado simplista, pero además desconoce el carácter renovador de un libro que se escribe, ante todo, en un concierto de voces: con y contra los modelos del pasado, en fricción con las lenguas, los estilos contemporáneos, la retórica y la poética clásicas y textos de orígenes variados que por momento son extensamente citados.

Invirtamos los términos, entonces, por un instante: pensemos que la rareza es, en realidad, lo que distingue a la buena literatura. No se trata de hacerle perder a Lautréamont (después de todo, una persona autoral) su aura ni de renunciar a la mística del siempre joven Ducasse o de renegar de la invitación oscura de Maldoror: es simplemente esperarlo en silencio, abrirle la puerta y dejarlo pasar como a un recién llegado. Su obra, proliferante y siempre nueva, lo permite.

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