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las palabras y sus poéticas

Mallarmé y una frase capital sobre la literatura

A partir de la lectura de La folie Baudelaire, del ensayista italiano Roberto Calasso, Roberto Appratto reflexiona sobre el valor de la palabra, su lugar en los textos, y cómo las palabras de Mallarmé siguen tan vigentes hoy, ganándoles siempre a las ideas.

Retrato de Stéphane Mallarmé por Édouard Manet

En La folie Baudelaire, libro que investiga y poetiza el ambiente cultural francés del siglo XIX, en especial la época de Baudelaire, el ensayista italiano Roberto Calasso reproduce una afirmación pronunciada por Degas, pintor de esa misma época, en una velada literaria, y que en realidad pertenece a Stéphane Mallarmé: «Las palabras pueden y deben bastarse a sí mismas. Tienen su potencial personal, su fuerza, su individualidad, su existencia propia. Tienen suficiente fuerza para resistir la agresión de las ideas». El episodio ya había sido glosado en otros términos («los poemas no se hacen con ideas, sino con palabras»), pero la formulación de Calasso, a la vez que lo sitúa en los comienzos de la modernidad del arte, lo deja, un siglo y medio después, en el centro de la poesía y de la reflexión sobre la poesía. Tal agresión de las ideas existe todavía, así como la necesaria postulación de la fuerza de las palabras. Si esa fuerza no existe, o disminuye, el poema desaparece, queda como la ilustración de ideas que podrían estar mejor dichas de otro modo, o que simplemente no necesitan ser dichas. La agresión es esa ilusión de dominio sobre el texto que las ideas —rápidamente convertidas en lugares comunes— tienen, de acuerdo con una concepción de la literatura que ha sobrevivido a todo: a las vanguardias, al giro lingüístico, al neobarroco, a Nicanor Parra, a Mallarmé.

Pero la afirmación de Degas, en esa velada en lo de su amigo Ludovic Halévy, como lo cuenta Calasso, es otra cosa. Apenas uno se pone a escribir poesía comprueba esa fuerza de las palabras: el modo cómo se juntan y se separan, la elección de un adjetivo, la opción por un modo de dirigirse al lector, la aparición de una imagen, el quiebre de un impulso sonoro, la proyección espacial de los signos, son posibilidades de uso del significado en términos materiales: no como un decorado de las ideas previas, sino como una dirección diferente que resista su peso ideológico y haga que la poesía permanezca en su sitio. No hay logro poético en los últimos ciento cincuenta años sin ese trabajo. En el mismo libro, Calasso cita a Marcel Proust que, antes de En busca del tiempo perdido, hablaba de una «fe experimental» que debe guiar a la escritura; dicha fe estaría controlada desde cerca por la inteligencia, pero no es inteligencia, sino eso, fe en la experimentación con las palabras para que no pierdan jamás su fuerza. La poesía, la escritura, son otra cosa que el lenguaje librado a su uso común para repetir lo que ya se sabe.

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