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reseña

Autorretratos con Gloria Fuertes

¿Qué hay detrás de Gloria Fuertes? Sin duda mucho más que aquella presentadora de programas infantiles de la televisión española en los años sesenta. Con una poesía que juega con el lenguaje de una manera que no parece librarse al azar, Gloria Fuertes es un nombre para leer.

Autorretratos con Gloria Fuertes

Para nosotros, Gloria Fuertes será la poeta solitaria y risueña, desenfadada y triste. En España, donde nació y murió, sin embargo, su figura está íntima e indisolublemente ligada a los programas televisivos infantiles que la tuvieron como participante regular a partir de los setenta. Por eso, como nota Luis Antonio de Villena en el prólogo a Geografía humana y otros poemas, TVE tituló la noticia de su muerte, en 1998, con las palabras «Ha muerto la autora de Un globo, dos globos, tres globos», en referencia a la canción que servía de cortina al show del mismo nombre, que había hecho su fama. Así se resumía una vida entera de escritura, una veintena de libros «para adultos» y otro tanto de poesía «infantil», varias obras de teatro, cuentos, guiones de cómic, dibujos, traducciones (de Maurice Sendak, nada menos), canciones que cantó toda una generación.

En un intento por cambiar esa visión creada en torno al personaje televisivo, la señora de chalecos coloridos y corbata, mitad niña y mitad adulta, y estimular una lectura de la obra de Fuertes como parte fundamental del movimiento poético de la posguerra español, el año pasado, al cumplirse cien años de su nacimiento, la editorial Nórdica editó la mencionada antología, sumándose a los homenajes que incluyeron también las publicaciones de otras dos colecciones: una al cuidado de Paloma Porpetta (Me crece la barba, Reservoir Books) y la otra, El libro de Gloria Fuertes, al de Jorge de Cascante.

Publicado por la editorial barcelonesa Blackie Books, este último es un volumen bellísimo. Tapa dura, con muchas imágenes, un uso inteligente del espacio de la página y de los colores y acompañado de varios apéndices (entre los que se encuentra una historieta de Carmen Segovia). El libro, que tiene como subtítulo «antología de poemas y vida», pinta, en su combinación de un amplio número de textos, anécdotas y documentos, un cuadro más justo de la poeta.

Lesbiana, «católica e inconformista», republicana y bohemia, Fuertes tenía una evidente simpatía hacia los desclasados, los incomprendidos, los desterrados, que son a menudo protagonistas de sus poemas, que dedica a prostitutas, travestis o mendigos. Así, su poesía vuelve recurrentemente sobre la pobreza y la marginalidad y se enuncia desde un lugar de protesta, con clara voluntad política, cercana a las reivindicaciones feministas, ecologistas y pacifistas, que a menudo la hacen optar por un estilo coloquial, confesional, que imita la oralidad. Por eso su obra, que se puede vincular con el postismo (movimiento informal que surgió con la intención de ser algo así como una síntesis de las vanguardias de principio de siglo XX), ha tenido, como ella misma, una extraña fama, entre los que la desdeñan por simple y quienes buscan en ella una bandera, que tiene en la vida privada de Fuertes su principal justificación. Sus principales enemigos, por eso, no son solo los que sostienen que no debe ser tomada en serio, sino también los defensores de su poesía «humana» y la poeta misma, empecinada en el mito de la escritora sin oficio, autodidacta y «desescolarizada». En efecto, la división simplista entre «artificio» y «vida», que quizá la ayudó a sobrevivir en un mundo en el que todo debía ser serio, elevado, grave (era el franquismo) y le permitió jugar, hoy encuentra eco en los malos lectores, que no saben ver el arte poético que hay detrás de su «Canción del que no quería mentir» (que supo leer, traducido al inglés, cuando fue telonera de Joan Baez), cuyos versos centrales dicen: «Me costó la costumbre de arrancar la mentira / me tejí este vestido de verdad que me cubre, / y a veces voy desnuda». 

El problema es que, al contrario de lo que Fuertes misma sostiene, sus poemas no tienen nada de azarosos, por más que por momentos lo parezcan. Hay una búsqueda consciente de los ritmos, con una propensión o bien al endecasílabo o al verso menor, a la rima, a los juegos de palabras (anagramas, paronomasias, homonimias), y también a la parodia y a la ironía, que la acercan a la antipoesía de Nicanor Parra, y a la búsqueda de estilos populares, que la ponen en contacto con la tradición española de las canciones infantiles y burlescas, que tiene  antecedentes en Gómez de la Serna, García Lorca, Machado y, en el origen, Quevedo y Góngora.

Pero, además de sus muchos poemas de clara tendencia «social», que la pueden vincular también a Bertolt Brecht, Fuertes tiene, en su (hay que decirlo) despareja obra, versos de una oscuridad inesperada («Bebo para olvidar que estoy muerta», «¡Aves del otro mundo / se vienen a morir a mi tejado!», «Hay un dolor colgando del techo de mi alcoba / hay un guante sin mano y un revólver dispuesto, / hay una exactitud en la aguja del pino / y en ícono viejo llora la Virgen Madre») o de desvergonzado humor («¡Esa mujer trae el coño en la boca!»), que la vuelven una figura imprescindible, incómoda y mucho más compleja de lo que su caricatura deja ver. No en vano, como toda auténtica solitaria, escribió mil veces su retrato imposible.

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