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El trabajo del jurado

Apreciar la diferencia

Roberto Appratto, escritor, poeta y crítico se cuestiona la tarea de elegir como jurado en un concurso la mejor poesía. ¿Cómo establecer criterios que distancien el gusto personal y lo acerquen a posturas más objetivas? ¿Cómo detectar el adorno, el uso de la palabra exacta o los recursos estilísticos y lingüísticos coherentes con el proyecto poético? 

Fotograma de la película «Twelve Angry Men»,1957.

He sido jurado en concursos de poesía, oficiales y particulares, muchas veces. Las suficientes como para poner en práctica un criterio de evaluación que ha variado a lo largo de los años, más que nada en función de lecturas, pero también del cuestionamiento de mi manera de concebir la poesía. Una y otra vez me he preguntado qué se puede exigir a un conjunto de poemas para destacarlo, qué hace que se valore uno o dos entre muchos otros; cuáles pueden ser las razones del deslinde que deja afuera a esos otros. Ahora trato de explicitar ese o esos criterios, para que el trabajo del jurado no quede sumido en esa indeterminación caprichosa, sujeta a modas y prejuicios, a veces ciega, la mayor parte del tiempo injusta, con que se lo percibe. Un jurado de poesía, sin duda, va a cumplir  su tarea con lo que tiene: una serie de ideas acerca de la poesía, acerca del nivel, acerca de un estado actual de la poesía que esa multitud de obras presentadas, diversas, desconocidas, anónimas casi siempre, expondrá a su lectura.

Para empezar, esas ideas y preconceptos tendrán que cotejarse con el total de los textos (de nada sirve leer por arriba, salteado, juzgando un conjunto por dos o tres poemas). Cientos de aspirantes al premio, pero también a la exposición de lo que hacen, también van al concurso con lo que tienen. En algunos se nota que llevan años escribiendo, porque tienen una unidad de estilo, un oficio, un ya haber pasado por ahí, una libertad para repetir recursos; en otros, que están probándose, sobre todo probando su idea de lo que es la poesía. Los temas fuertemente marcados como poéticos, la apelación al reconocimiento del habla poética, recorren el conjunto con resultados diversos. El trabajo del jurado consiste en desbrozar el terreno y apreciar las diferencias entre un texto y otros, establecer, al menos primariamente, las razones por las cuales puede pensarse que unos libros o conjuntos de poemas sean mejores que otros: se han leídos todos, se han apartado algunos para su revisión y la consulta con los otros jurados. ¿Y en función de qué criterios?

Claro que son subjetivos, que dependen del concepto de valor que se tenga. En mi caso, intento matizar mi gusto con la apreciación de lo diferente, que pasa, de antemano, por la comprensión de los textos. No solo de lo que quieran decir, sino del proyecto que los sostiene. Es cierto que la libertad de composición y de asunción de los códigos poéticos deja a la vista, no sin esfuerzo, lo que uno puede ver como errores objetivos: la idea de poesía como discurso solamente expresivo o solamente declarativo, como si fuera una instancia en que se confiesan o se dicen cosas sobre el mundo sin advertir que las palabras pueden significar algo diferente una vez que entran al texto; la falta de conciencia de estar escribiendo (poesía o no), y por consiguiente, de estar ficcionando; los excesos metafóricos, que se advierten como adorno; las pretensiones de significar a cualquier costo, las apelaciones a la sinceridad y a la exhibición del sentimiento; incluso la torpeza sonora, el descuido compositivo, el olvido del método por la mitad de un texto. Pero no es lo único. En otro orden de cosas están los parecidos, las imitaciones de estilo, a veces por contagio, que reducen la expresión personal.

Al llegar al punto final de valoración y selección, los textos son lo que decide. Puede que el deseo de encontrar buena poesía se vea satisfecho si uno ve algo más, algo por encima de la media aceptable y verosímil como poesía; algo (al menos uno o dos ejemplos) que sorprenda por inteligencia, por libertad de propuesta, por solidez, por la conciencia y el conocimiento de lo que implica escribir poesía. En todo caso, puede haber una voz en la multitud que marque una diferencia. Y está, siempre, la responsabilidad de emitir el juicio, de hacer que la subjetividad decida, seriamente, ser objetiva: esa obra que queda destacada como la mejor no puede ser la menos mala ni la más profesional ni la que más se parece a otra conocida ni la que resulta simpática ni la que trata temas del momento: es la mejor, la más poética, la que vale la pena destacar y para decidir eso, con toda la relatividad del caso, se ha trabajado. Más vale recordarlo.   

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