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Reconocidas

Ana Cristina César, poesía tropical al margen

Vivir poéticamente, escribir al margen y tener la juventud por delante. Gabriela Borrelli nos acerca a la poesía de Ana Cristina César, poeta carioca de una generación que impulsó los movimientos contraculturales bajo el régimen militar en el Brasil de los años setenta. Ilustra Aymará Mont

Ana Cristina César, poesía tropical al margen

Miro mucho tiempo el cuerpo de un poema

hasta perder de vista lo que no sea cuerpo

y sentir separado entre los dientes

un hilo de sangre

en las encías.

Algo así como «mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos», o como crearla en lo increado del mundo. Así de Pizarnik a Huidobro una poesía experimental que crea una literatura desgarradora. Ana Cristina César tuvo una vida corta en la produjo una intensa obra poética. Nacida en Río de Janeiro en 1952, niña estimulada y joven promesa de una familia acomodada rápidamente supo que la poesía marcaría sus días. Aprendió a leer velozmente y a los seis años recitaba poemas. Estudió en Londres y formó parte del movimiento tropicalista brasileño dentro de los que se ubica la llamada Poesía Marginal de los años setenta. Sin embargo, y superando su trágica biografía, la poesía de Ana C. (como también la podemos encontrar) supera las definiciones cerradas y se abre a nuevas lecturas. Traductora y poeta, experimentó en su poesía lo conversacional y lo dialógico para lograr la intimidad en el poema.  

Soy linda; sabrosa; cuando en el cine me tocás mi hombro

se enciende, se escurre, ya no sé a quién deseo, que me

quema viva, comiendo natilla o atenta al bozo de ellos, 

qué ternura inspira ese gordo ahí, aquél otro allí, en el 

cine está oscuro y la pantalla no importa, solo el costado, 

lo caliente lateral, el mínimo pabilo.  La portadora de esto

sabe dónde me encuentro hasta con los ojos cerrados;

hablo poco, encuentre; esquina Concentración y Difusión, 

lado izquierdo de quién viene, diario en la 

mano, discreta. 

Una idea del poema como creación desgarradora, como parte del cuerpo, como abrirlo para que algo se haga desde el cuerpo y con él. La experiencia de una poesía corporal y conversacional, que vuelve a crear el cuerpo del poema y lo instala en el espacio de la cotidianidad. Ana Cristina César mezcla registros: cartas, diálogos como pequeños dramas escénicos, sonetos y referencias a Fernando Pessoa o a Clarice Lispector. Es una gran lectora y rastrea incansablemente a poetas portugueses. La referencia a Pessoa se verá en muchos de sus poemas (en uno directamente que titula igual: «Psicografía») y también lee y escribe sobre Cecilia Meireles, o Sophia de Mello. 

«Clarice 6.4.68»

Clarice,

mi querida

sos toda una sola y toda una porción

sos toda redonda y toda llena de puntas

sos cúbica y estrellada

transparente y opaca.

Clarice, sos un caso perdido

( y hallado también)

A veces me quedo pensando que sos una señora de mediana edad

De ojos grandes y boca pequeña y arrugas dispersas

Y tengo ganas de entrar en un negocio blanco

Comprar un milhojas sin demasiado dulce

Envolverlo en un papel con mil signos de interrogación

Y golpear a tu puerta 

Y darte el milhojas a vos

Y concientizarme de que no puedo traerte a vos  de vos, 

Y cada vez que yo diga: «vos…» 

Corregir por «usted» 

E igualmente pensar es «vos»

Y así me iría, 

A caminar por Av. Atlántica una tarde húmeda

Y vos (perdón) comiendo el milhojas de hoja en hoja

Y 3 días después

En tu crónica de JB

No habría ni una referencia, apenas a un PD exhaustiva:

«Comí un milhojas, estoy hojosa y deshojada»

Por momentos la poesía de AC se vuelve un mapa de la bohemia carioca de la década del 70, como si algo del cobre que abraza a los morros cuando atardece en Río se pudiera escribir en palabras, y esa alegría triste de los cariocas, esa samba de reunión se escuchara en los poemas mediante la aparición de avenidas o citas al Journal do Brasil. También una gracia irreverente de los juegos de palabras que resisten la traducción o nadan en las aguas amigables del portugués brasileño: 

Estoy viviendo de hora en hora, con mucho temor

Un día me zafaré, poco a poco, comenzaré un safari.

Sinuosa en sus formas y dulce como el río, la poesía de Ana Cristina César es también una pregunta constante hacia ella misma. Por eso se instala la relación, la mirada en serie con Alejandra Pizarnik. No compartieron exactamente generación poética, Alejandra comienza a publicar en los años 50 y Ana Cristina César recién en 1978, pero algunos temas constantes que las dos retoman: la idea del cuerpo roto por el poema o hacia el poema, la pregunta sobre el cuerpo de la poesía y la idea del navío: cruzar el mar para encontrar lo que el continente (y las palabras aquí no son inocentes) no puede darles. El sosiego que daría el mar aún en su oleaje. Como Pizarnik y por qué no como Storni, la presencia de una embarcación es metáfora del adiós. 

«Las mujeres y los niños son los primeros que desisten de hundir navíos!»

 

«Último adiós I»

Los navíos hacen figuras en el aire

escapan en colores - los faunos.

Los cuerpos de los bomberos bailan

en el brillo de mis pies.

Desde el muelle muerdo

impaciente

la mano inmersa

en los faros.

 

«Último adiós II»

El navío desatraca

imagino un gran desastre sobre la tierra

las lecciones levantan vuelo,

agudas

pánicos felinos apoyados en la amura

y en la deck-chair

todavía te escucho hojear los últimos poemas

con una sonrisa a medias.

Ana Cristina César se arrojó de un edificio en la calle Tonelero a pocas cuadras del mar. Tenía 31 años. Era la casa de sus padres. Había publicado pocos libros, pero lo suficientemente luminosos y revolucionarios como para quedar para siempre en la historia de la poesía latinoamericana. Aquí Ana Cristina, la juventud siempre independiente. 

 

«Juventud independiente»

Por primera vez infringí la regla de oro y volé hacia

arriba sin medir las consecuencias ¿por qué nos 

rehusamos a ser proféticas? ¿y qué dialecto es ése para la 

pequeña audiencia de salón? Volé hacia arriba: es ahora, 

corazón, en el auto incendiado por los aires, sin ninguna 

gracia atravesando el estado de San Pablo, de madrugada,

por vos, y furiosa, es ahora, en esta contramano. 

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