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Riesgo de dicha

Amanda y la «Constelación del navío»

«¿Una foto inquietante? ¿un espejo? / ¿una imagen virtual contrastada / saliendo de la noche? / ¿alegoría de la personalidad?». Estos versos pertenecen al poema «Retrato en sombra», de Amanda Berenguer, en cuya poesía podemos distiguir varios ejemplos de autorretrato literario. La periodista Magdalena Martínez, nos acerca a la poesía y vida de la poeta montevideana a partir de otro retrato, el fotográfico, tomado por el objetivo de José Pedro Díaz.

Foto: Biblioteca Nacional - Archivo Literario. Colección Amanda Berenguer.

Pasa el Navío

enarbolado en toda su gloria

sobre el meridiano

 

Así comienza Amanda Berenguer el libro de libros Constelación del Navío (2002), compuesto por sus poemas escritos de 1950 a 2002, obra maravillosa y desaparecida que unos cuantos privilegiados, como yo, atesoran.

El escritor Amir Hamed escribe el prólogo a modo de «Advertencia»: «lector, cuídate de este libro (del itinerario que este volumen documenta), porque se corre riesgo de dicha».

Riesgo de dicha, peligro de magia (dixit Emily Dickinson). Constelación del Navío contiene una de las poesías «más fuertes que dio la segunda mitad del siglo veinte en castellano», proclama Amir Hamed, el gran cronista de la poesía uruguaya. Y continúa, «en la historia del castellano, a la altura de Amanda llegaron a escribir muy pocas».

Se considera que Amanda la montevideana (1921-2010) forma parte de la Generación del 45, afirmación que tiene el defecto de encasillarla, pero la virtud de incluirla dentro de uno de los grupos de intelectuales más brillantes que ha dado Uruguay. Poeta profesional –insisto, profesional- pasó una vida perfeccionándose, generando obras de una belleza y modernidad que dejan al lector pasmado. Con Amanda no hay que buscar versos de amor romántico, ella practica una especie de geometría de la belleza escrita en verso. Su primer libro data de 1940 (A través de los tiempos que llevan a la gran calma) y sigue con más de veinte libros de poesía como Canto hermético (1941), El río (1952), Contracanto (1961), Declaración conjunta (1964) o La estranguladora (1998).

Académica de Honor de la Academia Nacional de las Letras de Uruguay, en vida recibió importantes premios y todos los reconocimientos posibles, algo tan cierto como que nueve años después de su muerte es casi imposible encontrar un libro suyo en ninguna parte, salvo quizá, en lugares de segunda mano. Diré, totalmente tranquila, sin rabia, sin ningún ánimo de violencia ni amargura, que la ausencia de Amanda es producto de la estupidez de los tiempos (en Uruguay y en el mundo) y del machismo.

Habitante de Punta Gorda, frecuentaba el almacén de la esquina de Palermo y María Espínola (excalle Mangaripé) y la peluquería adyacente. Hacía listas de la compra con una letra minúscula donde anotaba versos; la recuerdan amable de peinar. Era la «ciudadora del fuego» de un living de techos altos situado en el 1619 de la calle Mangaripé, con una ventana enrejada que sirvió de marco para la foto más conocida de la Generación del 45, reunida entorno a Juan Ramón Jiménez.

Conozco bien las ventajas y rejas de esa casa, que ahora es mía por un giro de la vida aún inexplicable. Por ello puedo certificar de manera tajante que la foto que domina esta nota, ese luminoso retrato de Amanda sacado del acervo la Biblioteca Nacional, debió de hacerse en otro lugar, quizá en el extranjero. Como no le gustaba que la llamaran poetisa (por ser petisa y no querer prestarse a rimas fáciles), diré que la autora viajó mucho y sacó de todo eso muchas conclusiones en forma de verso. En alguna de esas etapas su marido, el escritor José Pedro Díaz, retrató a la pareja con ayuda de un espejo.

«Afabilísima, bajita, solidaria, obsesiva, siempre deslumbrada», la describe Amir Hamed, mientras que la poeta Silvia Guerra, durante alguna cena en mi casa, me habló de las fiestas y reuniones que la pareja Berenguer/Díaz organizaba frecuentemente en la calle Mangaripé.

Me gusta ver a Amanda en fotos pero la información gráfica es solo un complemento. Soy una de las pocas poseedoras de una copia de Constelación del Navío que hay en el mundo y así, puedo dar testimonio de la «suficiente maravilla» de leer su Composición de lugar (1976):

 

«Amada es una criatura con agallas», advierte Amir Hamed. Y ella responde:

«Soy Amanda - montevideana - / hija de Amanda la de ojos de vaca… y voy hacia Amanda sin destino/apátrida/en medio de la púrpura y de un continuo/asesinato de Amanda».

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