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pensamientos alternativos

El viento y el agua no son inocentes

Profundizando en aguas de sabiduría oriental, Teresa Porzecanski nos trae una nota para pensar en el Feng Shui, una suerte de fórmula milenaria para ordenar nuestras vidas, y todo el entorno en el que ellas se mueven, a través del armonioso flujo de energía.

El viento y el agua no son inocentes

¿Es posible, acaso, que la mera disposición de los materiales con los que convivimos en el espacio cotidiano tenga efectos positivos o negativos sobre nuestras actividades y bienestar? ¿Es posible que nuestros desempeños en la vida puedan ser beneficiados u obstaculizados por la fluidez de energía vital que nos rodea?

¿De dónde podría salir una filosofía que se basa en estos extraños parámetros? Desde luego que de la antigua China, gestora de un conocimiento que proviene del misterio y constituye misterio en sí misma (Shenmanhua). El feng shui, que significa «viento y agua», es un antiguo sistema filosófico originado en el taoismo (circa 400 AC), y que remite justamente a la manera en que el entorno espacial en donde nos movemos es pasible de influir sobre nuestro destino.

Se trata de un punto de vista que deriva de la observación del equilibrio básico entre los cuatro puntos cardinales, y entre los cinco elementos sustantivos (agua, madera, tierra, aire, metal). Si dicho equilibro se viera afectado, el nuestro también lo estaría, y cada pequeño emprendimiento de cada uno de nuestros días se volvería una dificultad.

Como en el I Ching, y en todos los sistemas ordenatorios, este también proviene de replicar los ciclos naturales y astrales, ciclos que determinan las rutinas del mundo y del universo. Se trata de una estética de las repeticiones cíclicas (calor-frío; vida-muerte; aumento-decrecimiento; primavera, verano, otoño, invierno) cuyo propósito es aliviar la ansiedad que nos provoca un futuro incierto siempre desconocido, un futuro que carece, en principio, de estructura.

Mircea Eliade, en su clásico, El mito del eterno retorno (Alianza Editorial) habla de un tiempo cíclico que, en su repetición perenne, anula de alguna manera la novedad de un futuro incierto y calma la inseguridad de los humanos. No siempre la libertad (y su cuota de impredictibilidad) es tranquilizante; las reglas de la tradición, en cambio, colocan al sujeto dentro de una trama que viene andando y ya tiene un sentido anterior.

Los arquitectos y decoradores a quienes hoy importa el feng shui deben cuidar que, por ejemplo, en una casa contemporánea, el dormitorio de la pareja esté orientado al suroeste, y que no haya un espejo reflejando la cama porque ello daría lugar a discusiones dentro del matrimonio, y eventualmente a una ruptura.

Es necesario que la cabecera de la cama respete los puntos cardinales afines a la fecha de nacimiento de cada uno de los integrantes del matrimonio. Que la cocina, y especialmente el horno, se ordenen según números kua de las estrellas natales de la pareja. Cuidado, además, con las malas energías del retrete, pues debiera estar orientado al suroeste, el noroeste o el noreste, según los casos, mientras que, si sufre de una perdida constante de agua, la familia podría perder su riqueza.

Es mejor que los muebles de la sala estén dispuestos en un contorno circular, las mesas redondas son mejores que las rectangulares, y la abundancia de luz en una habitación promueve una buena energía. Y a no olvidarse de los colores: el blanco es pureza; el dorado es fuerza y riqueza; el rojo, felicidad y el verde llama a la eternidad y la armonía.

Desde luego que todo este formalismo de reglas interconectadas sugiere que la improvisación y la espontaneidad estuvieron ausentes de la cultura china durante milenios, y que una estructura mítica bastante rígida apuntalaba el orden social verticalista y totalitario del imperio. No estaba permitido poseer una personalidad individual; menos aún, expresarla, activarla o atreverse a vivirla a su tono. Milenios habrían de pasar hasta que muy lejos, en Occidente, asomara eso que se denominó Modernidad, algo cuyas consecuencias tan controvertidas todavía son interrogantes para las milenarias culturas del oriente lejano.

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