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Cuerpo y sociedad VI

Pelucas: estética y posición social

«Feo es el campo sin hierba y el arbusto sin hojas y la cabeza sin pelo», escribía Ovidio en el Arte de amar (2 a. C.). Las pelucas se han utilizado para esconder la calvicie o expresar simbólicamente una posición de poder. Teresa Porzecanski repasa algunos hitos del uso de estas en la historia: desde el antiguo Egipto, pasando por el Imperio romano hasta la actualidad.

«Donna», escultura en metal de Yasemen Hussein.

Desde que el lingüista francés Roland Barthes dedicara un largo ensayo al Sistema de la moda, varios son los estudiosos que se han abocado a clasificar en exposiciones museísticas estas formas de exteriorización de la cultura que retratan cabalmente las estéticas de cada época histórica. Dentro del panorama amplio del atuendo, destacan las múltiples maneras en que el pelo femenino es sujetado bajo tocados de cabeza, totalmente rapado o, por lo contrario, modelado en su extensión por peinados cuidadosamente elaborados.

«Esto fue ayer y hoy es otro día» —dijo, mientras su esclava le quitaba la túnica arrugada y le daba masajes con ungüentos. Después, se miró en su espejo y se puso afeites y una peluca, y tomó una diadema de oro con incrustaciones de perlas y piedras preciosas que se puso sobre la frente. (Sinuhé, el egipcio, de Mika Watari)

Esta descripción ilustra lo que las esculturas y pinturas murales del antiguo Egipto muestran respecto al refinamiento de la mujer de alcurnia en esa cultura. Densas pelucas negro azulado o rojizas cubiertas por diademas de metales preciosos coronaban el cráneo totalmente afeitado. La estética del cabello pasaba necesariamente por el falso pelo que agrandaba la dimensión de la cabeza y la hacía importante.

Cleopatra es descripta usando una elaborada peluca azul perfumada por un cono de grasa (que se colocaba encima de la peluca para aromatizarla) al presentarse ante Marco Antonio. Por otra parte, las temperaturas tan altas en Egipto hacían necesario el rapado del cráneo tanto en hombres como en mujeres. Pero para las mujeres, el significado de un pelo abundante era necesario como signo de erotismo y belleza. Pelucas encontradas en los ajuares fúnebres de varias princesas en el Valle de los Reyes muestran una elaboración refinada de las mismas, trabajadas con hilos de oro y piedras preciosas.

Griegos y romanos también hicieron uso de pelucas en ceremonias importantes y asimismo sucedió con las clases nobles, ya que existían prejuicios contra la calvicie, tanto en hombres como en mujeres. El mismo Julio César utilizaba varias coronas de laurel para disimular su escasez de cabello.

La demanda de cabello humano, especialmente de cabello de color claro (lo que, en su momento, fue un marcador del oficio de las prostitutas) para realizar las pelucas, hacía que las esclavas traídas de otras regiones por la enorme expansión del Imperio romano, fueran rapadas frecuentemente para así obtener cabelleras con las que fabricar más pelucas.

En la Francia aristocrática del siglo XVII, la peluca tanto para hombres como para mujeres era un símbolo de distinción y su estilo y porte representaron la posición social y la riqueza. Mientras que la peluca masculina, llena de bucles, era generalmente blanca y espolvoreada con almidón de arroz o de papas, la peluca femenina era de tono rosado o azulado. Fabricadas con pelo humano, también podían hacerse utilizando el pelo equino o de cabras. En algún caso las hubo de fibra vegetal. Los grandes rulos y el largo hasta los hombros eran de rigor.

Debajo de este oropel, sin embargo, el pelo natural sufría de una gran falta de higiene, pues permanecía siempre apelmazado y húmedo por el sudor, por lo que no era raro que los cráneos estuvieran plagados de piojos. Debe notarse que el baño no era una costumbre frecuente y menos aún el lavado de cabeza. Las comodidades en esos tiempos, aún para la nobleza, eran mínimas. Los inviernos helados dentro de los enormes recintos marmóreos de los palacios versallescos, permitían poca comodidad para lavar y secar el cabello. Y es dable pensar que, como paradoja, las clases populares tenían mejor acceso a la higiene del cuerpo que las aristocráticas, porque accedían con mayor facilidad a arroyos y pozos donde se juntaba el agua de lluvia.

En la historia cultural de la estética, siempre encontramos que el ser humano no ha estado jamás contento con su apariencia puramente «natural» y ha buscado siempre ornamentación y símbolos artificiales para mejorarla, ya sea a través del atuendo, de la marcación y o de la deformación de los cuerpos.

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