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apuntes sobre ideas, arte y sociedad

Nítida confusión V

Cerramos el ciclo de la certeza más absoluta que tenemos en este tiempo presente: la clara y nítida confusión que nos rodea. Mardones despide este espacio con una nota en la que la reflexión es en torno al mundo bélico y cómo es el arte, siempre, el que da cuenta de lo que está sucediendo.
Soldado británico posando en la boca de un calibre 38 capturado durante la Primera Guerra Mundial. Foto: Associated Press

En Sonámbulos, la obra que Christopher Clark publicara en 2014 en ocasión de las conmemoraciones de los cien años de los inicios de la Primera Guerra Mundial, el historiador británico rememora cómo millones de jóvenes idealistas marcharon alegres e imbuidos de patrióticos sentimientos hacia la brutal carnicería. Gente buena y sana, contra gente buena y sana, todos igualmente manipulados. He ahí la complejidad, y la tragedia.

Aunque todo en la actual escena española parece muy alejado de semejantes estampas, luego de los cuarenta años de mayor paz, libertad y bienestar de su historia, nunca hay que subestimar la peligrosidad de tendencias que retornan.

«De hecho», dice Clark, «hasta podríamos decir que julio de 1914 está menos lejos de nosotros —es menos incomprensible—, ahora que en la década de 1980». El catedrático de Historia Moderna Europea invita por ello a repensar la historia de cómo la guerra llegó a Europa, advirtiendo que «aceptar este reto no significa adoptar un presentismo vulgar que rehaga el pasado para satisfacer las necesidades del presente».

En entrevista realizada por la diaria, el escritor Javier Cercas mantiene con el periodista el siguiente diálogo:

P: En Buenos Aires, hace unos meses, los amigos de la revista Panamá te preguntaron sobre política española y dijiste algo así como que preferías los períodos de pocas noticias, porque en ellos se avanzaba realmente.

R: Sí, en política soy partidario de un aburrimiento suizo, o como mínimo, escandinavo. A mí me encanta la épica en los libros y las películas, pero en la realidad la detesto.

P: Este período, en España, es de grandes titulares.

R: Son tiempos en que hay gente que siente nostalgia de la épica. Es inevitable. La gente se cansa de vivir de manera razonable, pacífica. Es Eros y Thanatos. Teóphile Gautier dijo: «Antes la barbarie que el aburrimiento». Creo que es una de las frases más bárbaras que existen.

Ya el filósofo Daniel Innerarity había hecho notar que la transformación de la política en la sociedad tardomoderna había convertido nuestras democracias en «democracias posheroicas», así como antes otros habían caracterizado como posheroico al Estado posoberano como consecuencia de la globalización y la hiperconectividad de la era digital.

Clark, por su parte, había leído en el diario de guerra de su tío abuelo una lacónica anotación sobre el enfrentamiento militar de Broodseinde Ridge del 4 de octubre de 1917: «Fue una gran batalla, pero no tengo ningún deseo de ver otra».

La entrevista al autor de «Soldados de Salamina» concluye con estas explícitas referencias a los episodios catalanes: «Cuesta mucho tiempo construir la concordia, pero la discordia se crea con una facilidad asombrosa».

En Patria, la novela de Fernando Aramburu, es el conflicto vasco el desmenuzado por una trama que recorre las golpeadas vidas de dos familias atravesadas por la tragedia. Familias y amigos que dejan de hablarse: el odio inoculado por el fanatismo llevado al extremo de la aniquilación.

La palabra patria, sin embargo, no aparece en la lexicografía del independentismo catalán. A este, que se postula como modernizante frente a una España oscurantista, aquel vocablo le resulta un arcaísmo.

La novela de Aramburu apunta a describir el proceso de degradación miserable de una idea que en algún momento fue esperanzadora.

Sin embargo, lo afectivo, lo local, lo raigal, es imprescindible para no generar sujetos desanclados, tan propios de la modernidad líquida. ¡Cuán cálido y saludable es el sentimiento de Odiseo y su deseo de volver a Itaca, su «dulce patria»! La familia, el barrio, la ciudad, la lengua constituyen primeros y entrañables afectos. No se puede amar a la humanidad en general si no se ama a cada uno de los seres y cosas cercanos en particular.

Por añadidura, no es simple desde el Uruguay condenar sin más los impulsos autonomistas. La Banda Oriental los tuvo desde tiempos tempranos, y de tal suerte e intensidad que Pivel Devoto los calificó como indomables. Su desenlace fue la independencia.

La moderación es la clave: la sofrosine de los griegos. Sin ella no hay paz.

Un ejercicio de moderación: trabajar, en forma persistente con la razón para percibir el momento en que se produce la trágica inflexión. La «democracia sentimental», fundada en el giro afectivo que el sociólogo Manuel Arias Maldonado ha analizado como prevalente en nuestros días propende a obstruirla.

En ocasiones será el arte quien asuma la misión de dar aviso.

Fuera del orden de los Estados y nacionalidades, y ubicado en la dicotomía socialismo/fascismo, ya en 1998 el escritor argentino Salvador Benesdra había reflexionado en su novela El traductor sobre el arte como el ámbito privilegiado de la imagen, «la síntesis imposible y sin embargo lograda del concepto y la relación, de la partícula y la onda, del conocer y del sentir».

Sin embargo, Benesdra persiste con la palabra: «Pero era también la esperanza, densa como una vida, de que ese instrumento comparativamente unidimensional del lenguaje pudiera reflejar alguna vez como una escala tendencialmente lineal —aunque fuese una línea trazando un ovillo retorcido en el espacio— el espectro cuantitativo-cualitativo de cada dominio de la realidad, y representar, por ejemplo, de una forma casi precisa, la gradación que había ido convirtiendo cada milímetro de más de romanticismo en el socialista Mussolini en un elitismo apto para crear el fascismo, cada centímetro excedente de irracionalismo en un misticismo autoendiosante apto para la traición, cada átomo de rencor por la lentitud de las masas en ponerse en movimiento en un quántum de energía revolucionaria al servicio de la reacción».

También el curador Ticio Escobar atribuye a la imagen una facultad de desplazarse por encima de las contradicciones. Es esto lo que le permite echar un rayo de luz, aunque sea con la fugacidad del relámpago, «en la cerrada noche donde el lenguaje no puede adentrarse». La intuición es quien aporta esta iluminación.

El arte puede entonces cumplir aquella función que el maestro Joseph Losey asignara, en El otro señor Klein a aquella joven pueril y poco cultivada que acompaña al protagonista Robert Klein a un cabaret que despliega en su escenario un número antisemita, en el París ocupado por los nazis de 1942. Mientras todo el público celebra con sus risotadas las burlas a los judíos, solo ella, inocente, percibe la tragedia que la atmósfera insinúa. «Vámonos de aquí, Robert. Esto es horrible». Aunque las deportaciones y los campos de concentración estaban a la vuelta de la esquina, una oleada de risas aísla su sensible percepción. Una decencia primaria que no proviene de la cultura, sino de la intuición. La misma que mueve los misteriosos resortes creativos del arte.

Son aquellas señales menudas que nos advierten del horror que merodea, antes de que, como sonámbulos, avancemos hacia el abismo.


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