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Apuntes sobre ideas, arte y sociedad

Nítida confusión II

El arte explica y performa las épocas tanto como es explicado y performado por ellas. Luis Mardones se propone, en estos apuntes sobre ideas, arte y sociedad, entender qué está pasando con esta época de «nítida confusión» y hacia dónde se dirige en su inquietante carrera.

«Dinner is Served», Steve Cutts

Hay tiempos duros pero simples: en ellos imperan la crueldad y la injusticia, pero discernir entre el bien y el mal resulta sencillo. Hay otros, por el contrario, que, sin ser tan infames, nos instalan en una zona en la que prevalecen los grises, las tenues gradaciones: la normalidad.

Tiempos de riesgo son aquellos en los que dios y el diablo aparecen confundidos. Como hoy, por ejemplo, con el regreso de ese «cierto tufillo» característico de los años 1920 y 1930 que precedió al infierno. Se incubaba entonces el huevo de la serpiente, y un socialista italiano, de inspiración marxista, devenía en el líder del fascismo. ¿Quiénes son y dónde están los mutantes del siglo XXI?

Un viejo asunto, planteado por la teología, y llevado al plano de la tragedia de la historia, cobra otra vez acuciante relieve: aquello de quien, procurando hacer el bien, obra el mal. Si no se tratara de gente buena, de jóvenes idealistas abrazados a causas que sienten justas, todo sería más simple. Pero la simplicidad no es la nota de la época.

Las semióticas pierden cierta univocidad, una muelle pertenencia en exclusiva a una familia ideológica que, en cierta medida, a todos nos trasmitía el sosiego que dimana de las certezas: como primer acto de campaña, y de cara al reciente balotaje en Francia, Marine Le Pen se apersonó en una fábrica ocupada en el cinturón industrial de París y allí fue para solidarizarse con las luchas que sus obreros en huelga llevaban adelante. Ya hacía mucho tiempo que los estudios electorales demostraban que buena parte de los antiguos votantes del Partido Comunista Francés venían votando por el Frente Nacional, aunque, tal vez, este fenómeno se haya revertido en los últimos comicios con la emergencia de la Francia Insumisa de Jean-Luc Melenchon, que denuncia otra sumisión diversa a la que satiriza Michel Houellebecq en su distópica mirada sobre su nación gobernada por una fuerza política musulmana. Ambos, sin embargo, ya por izquierda, ya por derecha, fustigan el sometimiento que el orden global y neoliberal impone a los franceses, y reivindican formas de democracia directa. «¡Para que el pueblo decida!», claman ambos, distantes y descreídos de la democracia representativa.

Acontecimientos disruptivos, como el brexit o el triunfo de Donald Trump, han venido a constituirse en hitos fundacionales de una nueva era. Pero ya, desde antes, se dibujaba un paisaje de fondo con los regímenes de Polonia, Hungría y Venezuela, todos muy distintos, si se quiere antagónicos, pero con rasgos comunes y con amplia base nacional, obrera y popular de sustentación: un sesgo autoritario, contrario a la razón liberal, se enseñorea del mundo.

También por estos lares, una erosión comienza a volverse evidente: el rescate operado, en los años ochenta en América Latina, de aspectos formales de la democracia que, perdidos durante las dictaduras, se revaloraron como sustanciales exhibe un importante grado de deterioro. La democracia representativa podría llegar, en algún tiempo, otra vez, a no valer nada; como ya aconteció en los sesenta y primeros setenta, despreciada por derechas y por izquierdas, y defendida solitariamente por voces aisladas.

La defensa de la democracia deviene un ejercicio de mero oportunismo: sea en Brasil o en Venezuela, izquierdas y derechas ensayarán, según el caso, justificaciones o condenas de ocasión, forzando argumentos ex post en defensa de lo indefendible. En ese sentido, hay un cierto conservadurismo que lleva ventaja intelectual, puesto que asume de manera frontal su escepticismo radical, sin siquiera intentar piruetas retóricas inverosímiles: «Tenemos dos pesos y dos medidas: aprobamos para una idea, un sistema, un interés, un hombre, aquello que censuramos para otra idea, otro sistema, otro interés, otro hombre», decía Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba.

El politólogo polaco Aleksander Smolar ha dicho: «Vivimos en un contexto general de transformación política que cuestiona el modelo liberal y la globalización, y se rebela contra las élites». Y añade: «Entonces surgen regímenes que, ante el temor que producen los rápidos cambios que vivimos, explotan el sueño nostálgico del pasado».

La publicación de ensayos sobre este tópico no cesa y adquiere ribetes de un boom: ¡casi un género propio en materia editorial! A modo de ejemplo, solo en los últimos meses se han publicado, traducidas al español, Retropía, la obra póstuma de Zygmunt Bauman, y La edad de la ira, del ensayista angloindio Pankaj Mishra, y, en ambos casos, se trata de estudios que versan sobre el malestar con el presente, el temor por el futuro y la nostalgia por un pasado que se anhela recuperar.

La nostalgia, aquel sentimiento otrora tan propio de los antimodernos, hoy gana a los «progresistas», muy entre comillas, en cuanto es la propia idea de progreso la que se hace trizas si el desiderátum ya no está en el futuro y se emplaza, por el contrario, en un pasado feliz que se entiende perdido. Por ello, el historiador de las ideas Mark Lilla, en La mente naufragada. Reacción política y nostalgia moderna ha definido a la actual como una era reaccionaria, al tiempo que intenta analizar las causas que la determinan.

Ejercicio este harto complejo en el actual estadio tardocapitalista de la globalización, una época en la que la hipermodernidad coexiste con niveles de desigualdad indecentes (los estudios de Thomas Piketty plasmados en El capital en el siglo XXI y, en el plano nacional, los acometidos por Mauricio de Rosa sobre la concentración de la riqueza en el Uruguay dan cuenta de ello). Una era caracterizada por la conectividad y el consumo exacerbados, que ofrece, por un lado, un inmenso potencial de confort y emancipación, mientras encubre, por otro, nuevas formas de dominación más imperceptibles, pero de mucha mayor fuerza que todas las conocidas con anterioridad. Ya no se requiere ni de la crueldad, y el castigo, ni del control posdisciplinario para obtener el sometimiento, sino que el dominio tiene su base en una más sutil y efectiva activación del deseo. El capitalismo artístico, diría Gilles Lipovetsky, despliega sus múltiples seducciones, los deseos se exacerban; pero las insatisfacciones también se multiplican y los resentimientos se van acumulando. Goethe, en los albores de la modernidad, encontró las palabras precisas: «Así ando, vacilante del deseo al goce, y en el goce suspiro por el deseo».

El artista visual Mario Sagradini presentó en su reciente muestra antológica La ley del embudo. Con ella estuvo también presente en la Bienal de Venecia. La obra se constituye en una mirada sobre los dispositivos de control que, tal vez, también ordenan nuestros actos desde una biopolítica que obtiene óptimos niveles de sometimiento con nuestra entusiasta aquiescencia. La vieja «servidumbre voluntaria de los hombres» releída por el arte: una reflexión sobre las inadvertidas modalidades de dominación que el siglo XXI viene ensayando.

 

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