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Estampas de un mundo inconsciente

Los sueños de la razón (2): «82 sueños durante la guerra (1939-1945)», de Emil Szittya

Sueños abstractos, sueños que son pesadillas o sueños para refugiarse de la realidad, pero todos ellos, sueños de guerra. Francisco Álvez Francese recupera, desde Francia, 82 sueños durante la guerra (1939-1945), de Emil Szittya, una muestra del inconsciente en tiempos de conflicto bélico.

«Asamblea de personajes», de Emil Szittya (1886 - 1964)

La vida de Emil Szittya, nacido Adolf Schenk en 1886 en Budapest (en ese momento parte del Imperio austrohúngaro), podría ser en sí misma material de una novela, por decir algo, del narrador y ensayista Emmanuel Carrère, que no por casualidad firma el prefacio a la segunda edición de 82 rêves pendant la guerre 1939-1945 (1963), publicada en 2018 en Francia por la editorial Allary. De familia judía, Szittya llevó una auténtica vida bohemia y pasó sus años de juventud viajando entre Francia, Suiza y Alemania, países en los que se vinculó con los artistas del cabaret Voltaire, se hizo amigo de poetas como Blaise Cendrars (con quien fundará la revista Neue Menschen en 1910) o los pintores rusos Marc Chagall y Chaïm Soutine (de quienes fue su primer crítico) y comenzó sus propias experimentaciones artísticas, vinculadas sobre todo al mundo de las artes visuales.

A partir de su regreso a Hungría en 1918, llevado por la Revolución, los datos sobre la vida de Szittya se hacen todavía más confusos, hasta 1940, año en el que se sabe que se encuentra en la ciudad francesa de Limoges con su esposa Erika, donde los encuentra o adonde los lleva la invasión nazi. Desde esa ciudad es que, un 15 de julio, comienza a gestarse este libro, que recién publicará una veintena de años después, apenas unos meses antes de morir. Con títulos generalmente denotativos («El sueño de un poeta», «El hambre» o «Una prostituta cuenta», por ejemplo), Szittya reúne el arbitrario número que aparece en el título de sueños de personas diversas (obreros, peluqueros, artistas, soldados alemanes, etc.) durante los años de la Ocupación.

De filiación dadaísta en su juventud, el autor se aleja de toda interpretación, no establece taxonomías, no ordena estos fragmentos oníricos, sino que se limita a recolectarlos, dar un breve contexto (datos someros sobre la biografía del soñador y su condición al momento de narrar sus experiencias) y crear una suerte, en sus palabras, de «novela de guerra» o una serie de cuadros (la metáfora pictórica no es inocente, ya que el libro original venía acompañado por ilustraciones del autor) en el que las imágenes impactantes producto de las descripciones que dan las personas interrogadas durante los años y de las que crea el autor de los soñadores tienen la misma fuerza expresiva. Desde sueños más literales en los que el centro es la comida o persecuciones (o una combinación de ambas cosas, como en el caso de una niña que sueña que una rata la sigue para quitarle su pan) hasta otros más abstractos y caóticos, como el de un prisionero al que un alemán obliga a montar una obra de teatro para celebrar al Führer, uno pasa por estas páginas con un sentimiento de constante incertidumbre y casi parece admitir las palabras de un hombre que cita el autor en su «advertencia», que sostiene, tras explicar que tiene miedo de dormir, que «Los sueños no siempre son poesías», sino que «A veces son sapos que nos conducen al abismo».

Sin embargo, no siempre estamos ante pesadillas. En uno de los capítulos más memorables del libro, de hecho, Szittya cuenta la historia de un pintor «muy modesto» que había estado en el campo de concentración de Drancy. Consultado por sus noches ahí, el hombre cuenta que, mientras por el día tenía siempre dolor de estómago, todas las noches soñó lo mismo: que comía un plato delicioso con placer. Su único consuelo, en su tiempo en el campo, fueron entonces las noches, aunque (y así cierra el capítulo) lo que comía en sueños siempre le había dado asco en la vigilia.

En la sucesión de sus breves capítulos, de algunas páginas, el libro de Szittya (que Carrère ubica en una tradición que va desde Sigmund Freud a Georges Perec y a la que se podrían agregar los sueños de Theodor Adorno o los que recogió Charlotte Beradt), se revela como una obra de un poder inusual que, a través de sus estampas del mundo inconsciente de un pueblo en estado de ocupación y con una prosa trabajada y amena —de esas que hacen sentir al narrador un amigo— logra captar el revés de la vida cotidiana, por momentos bestial pero también, por momentos, espacio de serena libertad, refugio en medio del desconcierto. 

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