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Difusión

Leé unos fragmentos de «El colimador fallido. Lenguaje y política (de Lacan a Rancière)», de Santiago Cardozo

Adelantamos algunas páginas del libro El colimador fallido. Lenguaje y política (de Lacan a Rancière), de Santiago Cardozo González (Azafrán, 2021), en el que se plantea la tesis de la coextensividad entre el lenguaje y la política a partir de la articulación entre la obra de Jacques Rancière, Jacques Lacan, Roman Jakobson, Giorgio Agamben y Slavoj Žižek, entre otros pensadores.

Leé unos fragmentos de «El colimador fallido. Lenguaje y política (de Lacan a Rancière)», de Santiago Cardozo

Santiago Cardozo es maestro de Educación Común, profesor de Idioma Español egresado del Instituto de Profesores Artigas. Es Magíster en Ciencias Humanas, opción Lenguaje, cultura y sociedad y Doctor en Lingüística por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República. Profesor de Teoría Gramatical en el Instituto de Profesores Artigas, de Español I en la carrera de Traductorado Público en la Facultad de Derecho, Universidad de la República y de Análisis del Discurso en Fhuce, en el Departamento de Teoría del Lenguaje y Lingüística General, ha publicado artículos en Prohibido Pensar. Revista de ensayos, en H enciclopedia y es corresponsable del blog Ágora o nunca.


1. El desacoplamiento

Supongamos por un momento que pudiéramos desacoplarnos del lenguaje y que, en consecuencia, pudiéramos experimentar la no humanidad, es decir, el hecho de que, cuando logramos el desacople, nos sustraemos completamente al orden significante, por lo que todo lo que nos rodea sería, básicamente, nada o ruido. Este momento, verdaderamente único y difícil de prolongar por un cierto tiempo (más bien breve), verifica la hipótesis que gobierna el funcionamiento del lenguaje y del sujeto hablante: que siempre ya somos seres de palabra que demandan sentido, que piden que haya representación, esto es, que, cuando alguien habla, eso sea un hablar (no solo una mecánica, un cuerpo que se mueve, que acciona músculos, que abre la boca, etc.), que posea sentido y que el sentido pueda ser unívocamente reconocido.

Dicho lo cual, entendemos inmediatamente que esta posibilidad de desacoplamiento, de suspensión del lenguaje, es parte constitutiva del ser de palabra que somos; es, si se quiere, nuestra parte “animal”, que se manifiesta en la voz (phoné) aristotélica, la instancia más “pura” de la vida como mera ocurrencia, como simple acontecer, lo que Agamben llama “nuda vida” o “vida desnuda”. Esta vida es, siempre con Agamben, eterna, puesto que carece por completo de historicidad y, por ende, no está provista de una estructuración a partir de un hoy (un presente), un ayer (un pasado, una tradición) y un mañana (un porvenir, un deseo, un proyecto, una esperanza), estructuración propia del lenguaje. Así, los animales que pertenecen únicamente a la vida desnuda no mueren, sino que cesan de existir. En efecto, morir es un concepto que se opone a vida en tanto que organización del tiempo a partir del hoy, el ayer y el mañana; morir es, pues, la conciencia de la muerte, el significante propio del Dasein heideggeriano. Por lo tanto, la muerte es un significante que se razona, que se piensa, cuyo papel en lo social es, precisamente, constituirlo como social y como logos, con arreglo al cual se pueden distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo conveniente de lo inconveniente para la vida en el espacio público (la polis). De este modo, tiene lugar la política. (pp. 27-28)

 

2. La política entre dos vidas

Me interesa destacar, pues, el hecho de que la vida calificada políticamente (que no es la vida desnuda, pero que la presupone y la supera) no puede despojarse sin más de la dimensión animal del hombre: en tanto que seres de palabra, hay un “costado” en el que no somos seres de palabra sino animales que le pertenecemos al mero funcionamiento vital, a la simple ocurrencia orgánica. Esta es la distinción que los griegos establecían entre zōé y bíos y la que aparece amalgamada en el oxímoron aristotélico que define al hombre: zoon politikón. Es más: precisamente porque no podemos despojarnos de la dimensión animal de la mera existencia (de la vida desnuda) es por lo que la dimensión política está dañada en su interior por una imposibilidad inherente que la hace política: la imposibilidad de que las palabras y los cuerpos, los signos y los objetos del mundo hagan Uno entre sí, se acoplen perfectamente sin resto, sin exceso o déficit. Diríamos entonces que hay política porque somos, también, y de manera irreductible, animales que transcurren: la naturaleza de politikón está determinada por la naturaleza de zoon, que funciona como la condición de posibilidad de aquella y, al mismo tiempo, la daña.

De esta forma, la política, como acontecimiento de lenguaje, se caracteriza por tratarse de una actividad que no puede cerrar el sentido de lo que se dice (siempre parece haber demasiados significados para los significantes disponibles; siempre hay phoné en el logos, es decir, la voz se nos aparece como el lugar no político del lenguaje), sino que, por el contrario, abre permanentemente el sentido a nuevas interpretaciones, a sentidos inéditos, impredecibles, no anticipables, con relación a los cuales todos los hombres son iguales, puesto que todos se constituyen como hombres en la operación interpretativa suscitada. La política cuestiona la división social según la cual hay hombres de palabra (de logos) y hombres de voz o ruido (de phoné), propugnando que todos los hombres se definen como tales porque son seres de palabra (logos), esto es, rechazando esa “división natural” para la que hay hombres de primera categoría y hombres de segunda categoría, hombres cuya palabra es pertinente y hombres cuya palabra es impertinente (en todos los sentidos de la pertinencia y la impertinencia). (pp.28-29)

 

3. Entrecomillar

El sujeto que habla, cuando entrecomilla, produce un excedente de sentido porque su decir se apoya necesariamente en una equivocidad, que puede concebirse indistintamente como falta, como sospecha, como impropiedad, o también como exceso: se trata, pues, de un decir que no se aboca a la literalidad y que, distanciándose de ella, introduce un recurso crítico que perfora la correspondencia transparente y biunívoca entre significante y significado y/o entre signo y referente. Las comillas colocadas sobre un elemento lingüístico inscriben la inestabilidad y la desposesión en el discurrir discursivo, que juega a ser semánticamente estable y a estar en posesión del hablante como fuente y garantía última del sentido de lo dicho. 

Que todo esté entre comillas quiere decir que el lenguaje mismo está atravesado por la distancia que lo separa irremediablemente del orden de la realidad, de ese “otro lado” no lingüístico que llamamos mundo. Así pues, situar el entrecomillado en este nivel implica otorgarle un estatuto ontológico, que no suele ser visto ni considerado en los estudios sobre el lenguaje, incluso en algunos de aquellos que han abrevado en el concepto de enunciación. Las comillas siempre nos recuerdan que la lógica del pacto semántico es, en la misma medida, tan ilusoria como necesaria, una lógica que hace olvidar la escisión originaria sobre la que se apoya el funcionamiento del lenguaje. (p. 52)


Cardozo, Santiago (2021). El colimador fallido. Lenguaje y política (de Lacan a Rancière), Montevideo: Azafrán.

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