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Difusión

Leé un fragmento de «El optimismo cruel», de Lauren Berlant

Compartimos el primer capítulo de El optimismo cruel, de Lauren Berlant (2011; Caja Negra, 2020), un texto crítico sobre el apego y los deseos afectivos proyectados como posibilidad, que sin embargo resultan imposibles; un optimismo cruel que se produce cuando el sostenimiento de un apego resulta un obstáculo, una situación incapacitante.

Leé un fragmento de «El optimismo cruel», de Lauren Berlant

Lauren Berlant es una académica y crítica cultural estadounidense. Es profesora en las áreas de Género y Literatura en la Universidad de Chicago desde 1984. Analiza las esferas públicas como mundos de afectos, en los que el afecto y la emoción guían el camino hacia la pertenencia más que los modos de pensamiento racional o deliberativo. En 2002 formó junto a otros académicos, artistas y activistas Public Feelings, un colectivo feminista queer autodefinido como feel tank, con el que realizaban intervenciones en Chicago, Nueva York y Austin. Es autora de los libros Desire/Love (2012), The Female Complaint: The Unfinished Business of Sentimentality in American Culture (2008), entre otros, y coautora de The Hundreds (2019) con Kathleen Stewart y Sex, or the Unbearable (2013) con Lee Edelman. También editó Intimacy (2000) y Compassion: The Culture and Politics of an Emotion (2004).


1. EL OPTIMISMO Y SUS OBJETOS

Todo apego es optimista. Cuando hablamos de un objeto de deseo, en realidad hablamos de un manojo de promesas que queremos que alguien o algo nos formule o haga posible para nosotros. Este manojo de promesas puede presentarse bajo la forma de una persona, una cosa, una institución, un texto, una norma, un conjunto de células, olores, una buena idea… cualquier cosa. La reformulación del “objeto de deseo” como manojo de promesas nos permite salir al encuentro de aquello que nuestros apegos tienen de incoherente o enigmático, no como una mera confirmación de nuestra irracionalidad, sino como una posible explicación para nuestra persistencia en el objeto, en la medida en que la proximidad a él implica la proximidad al manojo de cosas que el objeto promete, algunas de las cuales pueden resultar claras y benéficas para nosotros, mientras que otras, no tanto. De esta forma, no todo apego produce una sensación optimista: se puede temer, por ejemplo, el retorno de una escena de hambre, de nostalgia o incluso la escena cómica de la reiteración de las predecibles distorsiones de un padre o un amante. Pero el modo de funcionamiento del optimismo como forma afectiva consiste en arrastrarnos al retorno de esa escena en la que el objeto acumula sus posibilidades. En el optimismo, el sujeto se inclina hacia unas promesas que están contenidas en el momento presente del encuentro con su objeto.[1]

En la introducción, describí el “optimismo cruel” como una relación de apego a condiciones de posibilidad comprometidas, cuya concreción resulta imposible, pura fantasía, o bien demasiado posible, tóxica. Lo que hace que estos aspectos sean crueles, y no meramente inconvenientes o trágicos, es que los sujetos que cuentan con x en su vida, aun cuando su presencia constituya una amenaza para su bienestar, podrían no sobrellevar bien la pérdida de su objeto/escena de deseo, porque sin importar el contenido de dicho apego, la continuidad de su forma aporta algo a la continuidad de la sensación que el sujeto tiene respecto de lo que significa seguir viviendo y proyectar hacia el futuro su estar en el mundo. A diferencia de la melancolía, que está determinada por el deseo del sujeto de temporizar la experiencia de pérdida de un objeto o una escena en los que supo investir la continuidad de su ego, el optimismo cruel es aquella condición en la que se sostiene el apego a un objeto significativamente problemático. Y algo más: en ocasiones, la crueldad de un determinado apego resulta más fácilmente perceptible para un analista externo que observa el costo que el apego a x tiene para una determinada persona o grupo, en la medida en que las personas y comunidades tienden a prestar atención a ciertos aspectos de su relación con un determinado objeto/mundo y a ignorar otros.[2] Pero cuando una persona o grupo, siquiera de manera sutil, experimenta la crueldad de un apego, su gran temor es que la pérdida del propio objeto o escena de promesa frustre su capacidad de albergar cualquier forma de esperanza respecto de todas las cosas.

A menudo, como habremos de ver a lo largo de este libro, dicho temor a la pérdida de la escena de optimismo en sí no llega a ser explícito, y solo se lo experimenta bajo la forma de una súbita incapacidad de manejarse en situaciones alarmantes.

Se podría señalar que todos los objetos/escenas de deseo resultan problemáticos, en la medida en que nuestras investiduras en ellos y todo lo que sobre ellos proyectamos tiene menos que ver con los objetos/escenas en sí que con el manojo de afectos y deseos que consigamos mantener imantados a ellos. Esto me ha llevado a preguntarme, de hecho, si acaso no todo optimismo es cruel, dado lo impactantemente perniciosa que puede ser la pérdida de las condiciones de su reproducción, a tal punto que la amenaza de la eventual pérdida de x en el espectro de nuestras pulsiones de apego puede experimentarse como una amenaza a la vida misma. Sin embargo, es preciso reconocer que algunas escenas de optimismo son claramente más crueles que otras: el optimismo cruel funciona allí donde la misma potencia vitalizante o movilizadora de un objeto o escena de deseo contribuye al padecimiento de la misma prosperidad que supuestamente vendría a hacer posible el trabajo del apego. Esto puede apuntar a algo tan banal como un amor desafortunado, pero también se abre a los apetitos obsesivos, la necesidad de trabajar para vivir, el patriotismo y toda clase de cosas. Todos entablamos negociaciones afectivas, a menudo inconscientes, con los altos costos que nos imponen nuestros apegos, la mayoría de las cuales nos mantienen en proximidad a la escena de deseo/padecimiento.

Esto significa que toda poética del apego supone cierta disociación entre la historia que puedo contar acerca de mi deseo de estar cerca de x (como si x tuviera cualidades autónomas) y la actividad del habitus emocional que, en función de tener a x en mi vida, he construido para poder proyectar mi persistencia en la proximidad al complejo de todo aquello que x parece ofrecer y proponer. Por ende, para entender el optimismo cruel es preciso emprender un análisis de lo indirecto que nos permita pensar las extrañas temporalidades de la proyección sobre un objeto capacitante que resulta al mismo tiempo incapacitante.

Aprendí a hacerlo leyendo el trabajo de Barbara Johnson a propósito del apóstrofe y el discurso indirecto libre. En su poética del discurso indirecto, estos dos modos retóricos son el producto de las formas en que una subjetividad escrituraria conjura a otras de manera tal que, por medio de una performance de intersubjetividad fantasmática, el escritor adquiere una autoridad observacional suprahumana, lo que a su vez permite una performance del ser que resulta posible por la proximidad a un objeto. Debido a las similitudes entre este proceso estético y mi caracterización del optimismo del apego, me veo conminada a describir con algo de detalle la forma de mi vínculo transferencial con el pensamiento de Johnson.

En “Apostrophe, Animation, and Abortion” [Apóstrofe, animación y aborto], mi obra de referencia en este punto, Johnson rastrea las consecuencias políticas del apóstrofe para aquello que ha llegado a ser considerado la persona fetal: a un interlocutor silencioso, presente en términos afectivos pero desplazado físicamente (un amante, un feto), se lo anima por medio de un discurso que es lo suficientemente distante como para constituir una conversación y al mismo tiempo lo suficientemente cercano como para ser imaginable por el hablante, dentro de cuya cabeza sucede toda la escena.[3] Pero la condición de la posibilidad proyectada, la de una escucha que no puede tener lugar en los términos de su enunciación (“tú” no estás aquí, “tú” estás en una demora eterna respecto de esta conversación que imagino contigo), crea un falso momento presente de intersubjetividad en el cual, sin embargo, puede tener lugar una performance de interlocución.

La fantasía que me hago de ti, cargada de las cualidades x que puedo proyectar sobre ti, dada tu conveniente ausencia, hacen posible este presente. El apóstrofe, por consiguiente, parece dirigirse a un “tú”, como si fuera un movimiento directo de un lugar x a un lugar y, pero en realidad es un rodeo, una animación de ese receptor hecha en nombre del deseo de hacer que ahora suceda una determinada cosa que produzca algo en el hablante, que lo haga más posible o posible de un modo distinto, porque en cierto sentido ha admitido la importancia de hablar por, como y entre dos (pero solo bajo la condición, y la ilusión, de que los dos son realmente uno y están en uno).

El apóstrofe resulta entonces un movimiento de animación retórica indirecto, inestable, físicamente imposible pero fenomenológicamente vitalizante que permite a los sujetos permanecer suspendidos en el optimismo de una potencial ocupación del mismo espacio psíquico de otros, esos objetos de deseo que nos hacen posibles (en virtud de que tienen ciertas cualidades promisorias, pero también de que no están aquí).[4] En trabajos posteriores, como “Muteness Envy” [Envidia de la mudez], Johnson elabora una caracterización de la influencia del género en las políticas retóricas de esta proyección de intersubjetividad voluble.[5] En uno y otro caso, se sostiene la paradoja de que esta exuberante inmersión de la propia conciencia en otra requiere de una doble negación: de los límites de quien habla, de manera tal que él/ella pueda hacerse más grande en la proximidad retórica al objeto de deseo, y también de quien se habla, que es un subrogado mudo más o menos potente, que brinda a la imaginación del hablante la oportunidad para la prosperidad de él, de ella o de ambos.

Desde luego, en términos existenciales y psicoanalíticos, la intersubjetividad es un imposible. Es un anhelo, un deseo y una demanda de la sensación duradera de estar con y en x, que guarda relación con el gran nudo que signa la relación indeterminada entre la sensación de reconocimiento y el reconocimiento erróneo. Como sostengo con mayor detenimiento en el capítulo cuatro, el reconocimiento es aquel reconocimiento erróneo que podemos soportar, un intercambio que nos afirma sin necesariamente hacernos sentir bien ni ser preciso (puede idealizarnos, puede afirmar nuestra monstruosidad, puede reflejar nuestro deseo de ser lo suficientemente mínimos como para pasar desapercibidos, puede sencillamente sentirse bien y así).[6] Con el propósito de elaborar la tragicomedia del reconocimiento erróneo intersubjetivo bajo una especie de realismo, el trabajo de Johnson sobre la proyección explora los espacios proyectivos y difusos del apego al objeto de interlocución, necesariamente ausente para que el sujeto deseante de la intersubjetividad pueda ganar terreno y estabilizar su proximidad al objeto o escena de promesas.

Cuando Johnson se ocupa del discurso indirecto libre, con su circulación de subjetividad observacional combinada y solapada, la proyección del deseo de intersubjetividad tiene resultados aun menos perniciosos.[7] En lo que constituye, podríamos decir, una combinación parcial del narrador con la conciencia de un personaje, el discurso indirecto libre performa la imposibilidad de ubicar una inteligencia observacional en un cuerpo o en cualquier cuerpo, y por consiguiente obliga al lector a negociar una relación distinta, más abierta, de despliegue de lo que está leyendo, juzgando, siendo y creyendo que entiende.

En la obra de Johnson, esta negociación transformadora, que se produce por medio de la lectura o el habla, supone un buen “despliegue” del sujeto, sin importar cualquier deseo que pudiera tener de no volverse significativamente distinto.[8] En este punto, su obra se anticipa a la estética de interpenetración subjetiva que ha sido luego propuesta por el optimismo levinasiano de Tim Dean y el optimismo psicoanalítico de Leo Bersani respecto de la decisión ético-cognitiva de dejarse transformar por un proyecto de intersubjetividad limitada, que consistiría en permitir el ingreso del Otro sin sostener que se tenga ningún conocimiento acerca de cómo sea ese Otro íntimo.[9] Al igual que el trabajo de Johnson sobre la proyección, estas teorías dirigen su atención hacia el optimismo del apego, y a menudo son ellas mismas optimistas a propósito de las negaciones y extensiones de la persona que estas formas de intersubjetividad suspendida exigen del amante o lector.

Lo que sigue no es tan alegre; el presente capítulo elabora y politiza la observación que hiciera Freud de que “el hombre no abandona de buen grado una posición libidinal, ni aun cuando su sustituto ya asoma”.[10] Eve Sedgwick caracteriza la posición depresiva de Melanie Klein como una orientación que busca inducir un circuito de reparación en una relación con el mundo que se ha roto.[11] La posición políticamente deprimida exacerba la postura clásica, en la medida en que plantea un problema respecto del estilo del apego en relación con un conflicto entre propósitos. El deprimido político puede mostrarse calmo, cínico, desapegado, agudamente racional u hostil, y aun así, tras haber adoptado un modo que podríamos denominar de desapego, no estar en realidad para nada desapegado, sino en medio de una relación sostenida y en curso con la escena y el circuito del optimismo y la decepción. (El desapego aparente de la racionalidad, por ejemplo, no es en absoluto un desapego, sino un estilo emocional normativamente asociado a una práctica retórica.)

Luego, queda en pie la pregunta por el sentido que ha de adoptar la reparación, que puede ir en favor o en contra del restablecimiento de la relación con el objeto o escena política que hasta ese punto ha estructurado nuestra relación con los extraños, el poder y las infraestructuras de pertenencia. También queda en pie el problema de quiénes son los que pueden soportar perder el mundo (la “posición libidinal”), qué sucede cuando la pérdida de aquello que no funciona es más intolerable que seguir teniéndolo, y viceversa. El optimismo cruel presta atención a distintas prácticas de interrupción, suspensión y aplazamiento de sí, que dan cuenta del modo en que las personas luchan para cambiar, pero no de manera traumática, los términos de valor en los que han formulado su actividad vital.[12]

El optimismo cruel es, entonces, al igual que todas las frases, un deíctico: una frase que apunta hacia una ubicación próxima. Como herramienta analítica, nos incita a habitar y rastrear el apego afectivo a aquello que denominamos “la buena vida”; para muchos, en realidad, una mala vida que desgasta a sujetos que, a pesar de esto y al mismo tiempo, encuentran dentro de ella sus propias condiciones de personalidad. No se trata solo de un estado psicológico. Las condiciones de la vida corriente en el mundo contemporáneo, incluso en lugares de relativa riqueza, como los Estados Unidos, producen el padecimiento o el desgaste de los sujetos, y la ironía de que el trabajo de reproducir la vida en el mundo contemporáneo sea también la actividad de ser desgastados por él tiene sus implicancias específicas para el pensamiento acerca del carácter corriente del sufrimiento, la violencia de la normatividad y las “tecnologías de la paciencia” que permiten que una idea del después postergue los cuestionamientos respecto de la crueldad del ahora.[13] En este sentido, el optimismo cruel es un concepto que apunta a un modo de inmanencia vivida, nacido de una determinada percepción en torno a los motivos por los cuales la generalidad de las personas no es como el Bartleby de Melville, y prefiere no interponer distintas variantes del empobrecimiento, sino montar la ola del sistema de apego al que ya están acostumbradas, marchar a contratiempo o sostenerse en una relación de reciprocidad, reconciliación o resignación que no implica derrota. O tal vez se inclinen hacia la forma normativa para adormecerse con la promesa del consenso, erróneamente interpretada como un logro. A partir del análisis de obras de John Ashbery, Charles Johnson y Geoff Ryman, el presente capítulo atraviesa tres episodios en los que aquello que constituye los vínculos crueles del optimismo cruel resulta sorpresivo y provoca distintos dramas de adaptación a una existencia posgénero, posnormativa y en la que no se sabe del todo cómo vivir. Entre todas ellas, descubriremos en el impasse un ritmo que las personas pueden transitar mientras dudan, vacilan, negocian, prueban o se ven sometidas al desgaste por las promesas a las que han desarrollado un apego en este mundo.

 

[1]La contribución de Emmanuel Ghent a esta idea se resume en la palabra “rendirse”, a su juicio de una valencia relevantemente distinta a la de “someterse”, que ha tenido grandes consecuencias para los modos en que este ensayo pondera la diferencia entre estar absorto y estar dominado por algo. La frase de Daniel Stern “el momento presente” introduce aquí una conceptualización respecto de “el presente” como una duración que no siempre es algo perdido y fugaz, sino aquello que las personas consiguen desacelerar proyectándolo o moviéndolo en el espacio. Ver Emmanuel Ghent, “Masochism, Submission, Surrender: Masochism as a Perversion of Surrender”, Contemporary Psychoanalysis 26, n. 1, 1990, pp. 108-36 y Daniel Stern, The Present Moment in Psychotherapy and Everyday Life, Nueva York, W.W. Norton, 2004.

[2]Para distintos ejemplos de estudios de caso de optimismo cruel, ver Thomas Frank, What’s the Matter with Kansas? How Conservatives Won the Heart of America, Nueva York, Metropolitan, 2004 y Michael Warner, The Trouble with Normal: Sex, Politics, and the Ethics of a Queer Life, Nueva York, Free Press, 1999.

[3]Barbara Johnson, “Apostrophe, Animation, and Abortion”, Diacritics 16, n. 1, 1986, pp. 26-47.

[4]Uno siente que en esta escena Johnson conjura esa presencia ausente que es característica del objet petit a lacaniano; sin embargo, en muchos sentidos su trabajo acerca de la intersubjetividad retórica está mucho más cerca de la construcción de la proyección que plantea Mikkel Borch-Jacobsen en el apego mimético. Ver The Freudian Subject, Stanford, Stanford University Press, 1988.

[5]Barbara Johnson, “Muteness Envy”, The Feminist Difference: Literature, Psychoanalysis, Race and Gender, Cambridge, Harvard University Press, 1998.

[6]Para una mayor elaboración de la perduración de la relación transferencial con el objeto, ver Jessica Benjamin, “‘What Angel Would Hear Me?’: The Erotics of Transference”, Psychoanalityc Inquiry 14, 1994, pp. 535-57.

[7]Barbara Johnson, “Metaphor, Metonym, Voice in Their Eyes Were Watching God” y “Thresholds of Difference: Structures of Address in Zora Neale Hurston”, A World of Difference, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1987.

[8]Barbara Johnson, “Bringing Out D. A. Miller”, Narrative 10, n. 1, 2002, pp. 3-8.

[9]Ver Leo Bersani y Adam Phillips, Intimacies, Chicago, University of Chicago Press, 2008, y Tim Dean, Unlimited Intimacy: Reflections on the Subculture of Barebacking, Chicago, University of Chicago Press, 2009. 

[10]Freud, Sigmund, “Duelo y melancolía”, en Obras completas IV, Buenos Aires, Amorrortu, 1976, p. 242.

[11]La frase “depresión política” proviene de las discusiones dentro de un grupo de trabajo sobre sentimientos públicos; vaya mi especial agradecimiento a Ann Svetkovich, Katie Steward, Debbie Gould, Rebecca Zorach y Mary Pattern.

[12]Eve Kosofsky Sedgwick, “Teaching/Depression”, en The Scholar and the Feminist Online 4, n. 2, 2006.

[13]Lauren Berlant, The Queen of America Goes to Washington City: Essays on Sex and Citizenship, Durham, Duke University Press, 1997.


Berlant, Lauren. El optimismo cruel. Buenos Aires: Caja Negra, 2020, pp.57-65.

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