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La esperanza secuestrada

La alternativa es el trauma

«There is no alternative» decía Margaret Tatcher en los años ochenta mientras aplicaba políticas que flexibilizaban el mercado laboral y privatizaban las empresas públicas como única solución para garantizar la continuidad de la sociedad. Santiago Cardozo recupera Realismo capitalista, de Mark Fisher, un libro que analiza el bloqueo e incapacidad sociales para imaginar un cambio. Sin embargo, ¿hay alternativa?

«Zirkusfiguren», 2005. Sigmar Polke.

Un libro ante todo bien escrito, ameno, que no rehúsa tratar temas álgidos objeto de larga preocupación; un libro que apela al pensamiento de renombrados filósofos como Gilles Deleuze, Fredric Jameson y Slavoj Žižek, con relación a los cuales adopta una actitud de admiración, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? (Caja Negra, 2016) plantea reconocer los traumas del capitalismo tardío –aquellos elementos que no puede simbolizar y que obtura como problemas– para poder construir una imaginación alternativa, para mostrar que el capitalismo no es lo único que hay y puede haber.

El realismo capitalista no es, para Fisher, un nombre diferente para el viejo posmodernismo a la Jameson. El propio Fisher se encarga de aclararlo y sostiene que su aclaración no es ociosa, no es una «cuestión terminológica»: se trata de una fenómeno que bloquea ya la posibilidad misma de pensar, porque borra la tradición, el pasado como cultura con la que se dialoga y a partir de la cual se crea lo nuevo, la crítica como relectura de lo heredado (que es siempre una ajenidad). En tanto lógica cultural del capitalismo tardío, el realismo capitalista no establece ningún vínculo con el modernismo (como sí lo hace el posmodernismo), una de cuyas consecuencias más sobresalientes radica en la conversión espectacular de esa tradición crítica llamada modernidad, la transformación mercantil de un pasado que retorna sin problemas ni restos en su simbolización, sin traumas que conjurar.

El realismo capitalista es la desideologización de la ideología, el fin de la historia a la Fukuyama, pero que, como sabemos, es otra ideología que se dice «aideológica». Así pues, de la cultura pasamos al espectáculo; de la fe y la creencia en proyectos y compromisos (es decir, de la construcción del compromiso, de la esperanza), pasamos al fetiche de la tecnología y a la vida «farmacologizada». La lógica de las profecías autocumplidas y de lo posapocalítpico, donde «lo alternativo» y «lo independiente», en cualquier esfera de la vida, son dos categorías de objetos mercantiles (en el cine, nos dice Fisher, «lo alternativo» y «lo independiente» son categorías de consumo del mainstream) constituyen la marca de agua de una actitud que se entrega a la indiferencia y, por ende, renuncia a la crítica.

De esta forma, toda actitud y toda conducta anticapitalistas han sido engullidas por el capitalismo, en cuyo seno aquella actitud y conducta se revisten de una estética a la «hippie-chic», reabsorbida paralelamente por la corrección política y, en consecuencia, por el estado de consenso predominante que no molesta, no daña y no oficia como auténtico pensamiento, sino como una verificación del orden de cosas establecido y del conformismo o la indiferencia que dominan nuestra vida con relación a él.

Como «atmósfera general» que regula la cultura, el realismo capitalista, decíamos, impide el pensamiento y, por ello, cala hondo en la médula misma de la educación (las perspectivas que vinculan la educación con el mercado laboral, con el emprendedurismo, con la lógica gestionaría empresarial, que procuran una territorialización y «comunitarización» de lo educativo, son las figuras actuales, policiales, para decirlo a la Rancière, del consenso realista del capitalismo tardío, donde lo humano –las humanidades, definidas por la relación dialéctica entre lo propio y lo ajeno, entre «lo cercano» y «lo lejano»– se circunscribe a brutales lógicas domésticas, económicas (el oikos, es decir, la casa, el barrio, la vuelta de la cortita, la oikonomia).

Signos de este estado de situación es, para Fisher, la «impotencia reflexiva» que se advierte en los jóvenes (sus estudiantes, para el caso): «La impotencia reflexiva conlleva una visión de las cosas tácita, muy común entre los jóvenes británicos [y no solo entre ellos] y a la vez correlacionada con las patologías más difundidas», con relación a las cuales, explica Fisher, predomina un enfoque médico, biologicista, que obtura la naturaleza social, política, de dichas patologías, que impide ver que el capitalismo tardío es inherentemente disfuncional, a pesar de que se vende como lo único posible, como algo sin alternativa (es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo).

Consecuencia de las patologías dominantes (y digo bien, dominantes), los jóvenes, sostiene Fisher, han caído en una «hedonia depresiva», para la cual «estar aburrido» significa quedar desprovisto circunstancialmente de la conexión a la matriz del entretenimiento (YouTube, Instagram, el PlayStation, etc.). La excesiva medicación contra la galopante depresión que aqueja a los jóvenes es leída por Fisher como una caía de la política, en la medida en que aquella supone cancelar la naturaleza social de la problemática que se pretende solucionar farmacológicamente: lo que es una cuestión de la polis queda remitido a la individualidad psíquica de cada persona.

Asimismo, como una notable intuición (en las que el libro es pródigo), fenómenos como la dislexia son, ante todo, una poslexia, el síntoma más elocuente de un mundo que prescinde de la letra como estrategia para producir consumo y consumidores, es decir, para generar individuos en lugar de sujetos (para decirlo a la inversa de la fórmula althusseriana sobre la ideología), partículas de una maquinaria que responden al mandato del plus-de-goce y que no son capaces de crítica (no son, pues, verdaderos sujetos, aunque el discurso político los plantee como sujetos de esto y de lo otro: sujetos de derecho, sujetos de educación, etc., de donde emerge una particular concepción de ciudadano que, llegado el caso, se opone a la polis para la cual se los construye como ciudadanos, hecho atestiguado por sintagmas como «construir ciudadanía», de sospechosa factura). En este sentido, como señalaban Deleuze y Guattari, según trae a cuento Fisher, el capitalismo es intrínsecamente iletrado (oral), de modo que produce despolitización, una subjetividad sin «sujetidad». En el seno de este problema, el sistema educativo juega el juego del realismo capitalista: se habla de dejar de lado el escrito (que conlleva «lo escrito») como mecanismo de evaluación privilegiado, en beneficio de otras prácticas que ponderan la oralidad, colocándola en igualdad de condiciones que la escritura. Y lo peor del asunto: el sistema educativo no ve el problema causado, mientras cree que está democratizando la educación.

Esta profunda despolitización acarrea la imposibilidad de poder advertir los traumas propios a los que el capitalismo evita enfrentarse, a partir de los cuales, en opinión de Fisher, se lo puede atacar, traumas como, por ejemplo, el ecodesastre, «redigerido» como una mera «situación de paso» que, mediante las propias técnica y tecnología que le extraen la vida al plantea, puede ser recompuesto para seguir con la extracción de vida indefinidamente, sin que exista la menor posibilidad de un colapso en un horizonte medianamente cercano.

Problematizar los traumas, vale decir, politizarlos, es la cuestión. Y lo demás, puro cuento.

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