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El folletín filosófico

Imantada IV

Cuarta entrega de «Imantada» en el Folletín Filosófico de Aldo Mazzucchelli.
La danza de las musas por Bertel Thorvaldsen

El asunto es este: la escritura es una inflexión de la materia que no puede ocurrir si no hay una intención que flexione. Es lo más distinto y distante de un «código» que pueda concebirse. La escritura no es código sino necesidad ardiente. Adopta la forma concreta de las intenciones de los hombres o los ángeles que habitan las distintas regiones de la tierra y el cielo, valles y países, estrato-esferas montañosas en donde el aire tan liviano ya casi ni sostiene una palabra, y cenagosos lugares de negocios soporíferos, droga y mosquitos. En el íntimo cielo la escritura consta de numerosas inflexiones y formas circunflejas, y las inflexiones y las formas circunflejas concuerdan con la forma del cielo. A través de ellas, los ángeles expresan los arcanos de su sabiduría y muchas cosas que no pueden manifestar por medio de la palabra hablada». La escritura de los seres nubosos que habitan el vapor de agua es de suaves curvas como algodón, y es húmeda. La escritura de los seres plátidos que habitan las sabanas cerca de los pantanos, infestadas de zancudos en el verano eterno, tienen una forma nerviosa y fina, como un pintoresco broche que estuviese hecho de las patas retorcidas del insecto.
También he tenido oportunidad de observar otro tipo de escritura celestial, compuesta exclusivamente de números ordenados en serie, semejantes a las escrituras de la programación lineal de cualquier clase en la que paulatinamente nos vamos convirtiendo: transcripciones del ADN o escritura de programadores.
Y me fue dado saber que este tipo de escritura procede del íntimo cielo y que esta forma de escritura celestial, al transmitirse por influjo a los cielos inferiores, aparece ante sus habitantes en forma de números». Ya Platón decía que la parte superior del alma está tejida con números, y se basaba en parte en el conocido hecho de que la raíz del logos está hecha del hábito de ordenar, para lo cual contar es la herramienta más básica. Así es que, si ordenamos primero y luego hacemos abstracción de los objetos ordenados, sustituyéndolos por números, tenemos el orden tecnológico en el que estamos entrando. Los demoníacos, que son ángeles como todos los demás, se restriegan las manos y rechinan las alas pensando que pasamos a una edad sin divinidad, pero como siempre se han equivocado por haber dividido todo en dos, ahora se equivocan de la misma forma. Todo es uno, no dos, y como todo es uno, todo es tres, etcétera. No dos. Dos es el número de la imposibilidad, y solo existe para ponerse de manifiesto como tal. Cualquiera que sepa contar sigue de largo en él. Esto se confirma cuando puede leerse que esta escritura numérica encierra asimismo arcanos, algunos de los cuales no pueden ser percibidos por el pensamiento ni expresarse en palabras. Puesto que todos los números tienen su correspondencia, y, al igual que las palabras, su sentido está determinado por las correspondencias: con la sola diferencia de que los números encierran conceptos generales, y las palabras, conceptos particulares; y como un solo concepto general contiene innumerables conceptos particulares —por ejemplo, una guaragua contiene tres bonaldis y un solo trochón— es evidente que la escritura numérica encierra más arcanos que la escritura literal».

Qué fiebre, qué desatino, pero cierto. La idiosincracia se nos presenta, como problema, de nuevo. Abrir un poco más el problema se haría así: nos dice Sócrates que la habilidad de Ion, y de cualquier rapsoda, es no solo cantar como Homero, sino también interpretar a Homero. Pero, aunque Homero y los otros poetas cantan a menudo las mismas cosas, Ion no sabe hablar e interpretar sino a Homero. Y no se avergüenza de ello. Sócrates hace entonces el argumento: quien sabe de un campo, lo sabe como un todo. No sabe los detalles necesariamente. Entender de algo como entiende el escribidor poeta, es entender de aquello que es único y propio de lo que estamos sabiendo. No importa que eso mismo aparezca en otras cosas: de esas cosas no nos estamos ocupando, no estamos sabiendo ni escribiendo sobre ellas. El método de la semejanza, de la metáfora que hace caer aquí cosas que son de allá con el fin de construir por vez única el aquí, es lo que confunde al proverbial tonto que ve el dedo y no ve a Selene. No porque no haya estado claro desde el principio, sino porque lo olvidamos, y escribir es, entre tantas cosas, también aprender una y otra vez a recordar. 

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