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Cuerpo y sociedad VIII

Extranjerizar el cuerpo: un viaje hacia lo exótico

El exotismo se construye, necesariamente, a partir de un otro. Es la diferencia, el extrañamiento, la revalorización de la sorpresa y las cualidades consideradas ajenas. ¿Es posible pensar entonces en Uruguay en términos de exotismo? ¿Cómo impacta en la literatura y las artes esta estética de lo diverso? ¿Y en nuestras dinámicas sociales?

«Candombe», de Pedro Figari, c.1925

En términos generales, el pensamiento de lo exótico en América Latina habría aparecido ligado a una cierta geografía percibida por los colonizadores como «diferente». Es el caso del tropicalismo de las regiones cálidas del norte, término con el que los europeos describieron sus colonias caribeñas: un modelo definido por el contraste entre climas y ecosistemas que también se nutrió de las diferencias entre poblaciones y culturas.

Pero las planicies casi inmóviles, regadas por ríos tranquilos del sur de América Latina, planteaban como desafío un paisaje opuesto. En el caso del territorio uruguayo, desde la antigua Banda Oriental, la descripción que ha hecho tradicionalmente la geografía es la que refiere a una tierra «suavemente ondulada», sin accidentes geográficos radicales o cataclismos (volcanes, terremotos, etc). Aquí el exotismo no habría podido desarrollarse, debido a la carencia de drásticas topografías de contraste, climáticas y paisajisticas.

Sin embargo, sí pudo surgir, aunque tímidamente, un exotismo incipiente, como una interpretación de quiénes y cómo fueron los considerados «otros». Indios, negros, inmigrantes extranjeros pobres o perseguidos, han sido siempre objeto de curiosidad, y no solo de prejuicio. Su descripción e interpretación por parte de artistas, escritores y músicos, ha sido la de la «otredad exótica», o sea, aquello que sorprende, contrasta y eventualmente choca con nuestra propia manera de ser y parecer. Al estilo de los «gordos y gordas» de Bottero, los «negros» de Figari, los «gauchos e indios» en José Hernández y otros escritores, «la inglesita» en José Pedro Bellán, y «el gringo» en las letras de tango, las categorías nuestras de «otros» han interesado sistemáticamente a los creadores.

¿Qué significa esto? En términos de dinámica social, lo exótico, definido como «todo aquello que es otro» o como «la noción de diferente, la percepción de lo diverso, el conocimiento de que alguna cosa no es uno mismo», deviene una idea energizadora de las fuerzas sociales y políticas de una nación, porque se constituye un elemento dinámico que estimula la sorpresa y provoca, indirectamente, el quiebre de los estereotipos estatuidos y ya naturalizados por la repetitividad y la aparente homogeneidad social. Deviene, entonces, un concepto impulsor de variedad estética, originalidad y de posibilidades de recombinación de rasgos culturales.

Sumado a lo ya dicho, es interesante notar que la investigación antropológica en torno a la idea del disfraz como mecanismo para esconder la apariencia (y por lo tanto, la identidad individual), apunta, en algún sentido, a la ruptura con el aburrimiento de lo previsible y repetitivo. En el antiguo carnaval romano, así como en otras versiones del carnaval celebradas a lo largo de siglos, esconder el reconocimiento (del cuerpo y especialmente del rostro) sería una manera de interrumpir la homogeneidad social para dar lugar a la sorpresa, experiencia vinculada singularmente al tema de lo exótico. En efecto, detectaríamos una necesidad social básica de experimentar sorpresa, en tanto irrupción de lo desconocido o inesperado en nuestras vidas.

Para el arqueólo, etnólogo y escritor Víctor Segalen, lo exótico implica la revitalización de los sentidos: «el exotismo es [...] una ley fundamental de la intensidad de la sensación, de la exaltación del sentir; y por ende, del vivir».

¿Por qué, entonces, no habría de querer el ser humano vivir con intensidad?

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