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La felicidad como deber

Entre Palito Ortega y Sara Ahmed

Todos queremos ser felices. La felicidad actúa como mandato en nuestras vidas y se convierte en motor, pero también en técnica disciplinaria. Santiago Cardozo reseña La promesa de la felicidad. Una crítica cultural al imperativo de la alegría, de Sara Ahmed: un cuestionamiento a la imposición de la felicidad como horizonte normativo.

Entre Palito Ortega y Sara Ahmed

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

La resaca de todo lo sufrido

Se empozara en el alma… Yo no sé!

                                                                                  César Vallejo

 

¿Usted es feliz? ¿Qué pregunta es esa? Eeee, supongo que sí, al menos de a ratos, no siempre siempre. Porque, ¿quién es feliz todo el tiempo?

Estas preguntas son centrales en el libro de Sara Ahmed, La promesa de la felicidad. Una crítica cultural al imperativo de la alegría (Buenos Aires, Caja Negra, 2019), quien busca abordar la orden de ser feliz (casi un mandato bíblico) desde diversos ángulos, en el seno de una sociedad que tiene el consumo como dios todopoderoso, base y marco de referencia. Punto de partida de la autora, la consideración de la felicidad es la consideración de la filosofía en cuanto tal: «En este libro, pienso a la filosofía no solo como un corpus de textos que se describen a sí mismos como herederos de la filosofía y participan de las distintas historias de esta disciplina, sino también como un “archivo de la felicidad”».

La cosa no es sencilla: la felicidad, como concepto, ha sido sin duda una de las mayores preocupaciones filosóficas desde la existencia misma de la filosofía. La conocida frase inscripta en el templo de Apolo en Delfos: Conócete a ti mismo, actualizada banalmente en cursos de filosofía para no filósofos, de yoga new age y de maindfulness, está hoy fuertemente asociada a la idea de felicidad: cuanto mayor sea el conocimiento de nuestro propio ser (cuanto más podamos penetrar en nuestra esencia), mayor serán los niveles de felicidad alcanzados. El coaching ontológico prolifera y la tristeza, la angustia, los bajones del ánimo, la depresión y la melancolía tienen mala prensa. La vida es una sola, se dice; por ende, no hay tiempo para ponerse mal. Pero esta frase está enteramente gobernada por la lógica económica que el libro de Ahmed combate: «no hay tiempo para», es decir, el tiempo es dinero. 

La prescripción médica y espiritual repite: sea feliz. Enormes montos de energía social, cultural y económica están puestas al servicio de la felicidad, dirá Ahmed. Así, la felicidad misma es un bien que se vende y se intercambia (es una mercancía, con todas las letras). Consecuentemente, la oferta de felicidad que proporciona el mercado permea todos los niveles de la vida cotidiana: desde los libros que enseñan a ser feliz (la vieja y clásica autoayuda, revestida de nuevos maquillajes) a los envoltorios de bombones que nos dedican una frase afín: «Pasado mañana encontrarás al amor de tu vida. No lo dejes escapar». Porque el amor de la vida es una oferta, una ganga: funciona según el régimen del mercado, del sale o del «día del centro»; es, además, el bien más preciado, que mueve nuestro deseo a su consecución.

A partir de una crítica meticulosa, que procede sin ansiedades y con un lenguaje claro y seguro, Sara Ahmed lleva adelante una revisión de los diferentes elementos (a veces, no pocas, llamados indicadores) que, según ciertas perspectivas, se relacionan con la felicidad, por ejemplo, el matrimonio: «Uno de los principales indicadores de felicidad es el matrimonio. La unión conyugal vendría a ser así “el mejor de los mundos posibles”, en la medida en que maximiza la felicidad. El argumento es simple: si una persona está casada, es más probable que sea más feliz que si no lo estuviera», comenta críticamente Ahmed.

Ahora bien: la felicidad como una mercancía del mercado general de las cosas que se venden y se compran no es ya un concepto político, que conserve cierta potencia crítica. Por el contrario, reducida a una cuestión de imagen y/u orgánica, fisiológica, la felicidad es algo que, sabemos, puede provocarse (con burbujas azucaradas o verdes préstamos de dinero, por ejemplo). Ya no hay narración, sentido; ahora solo tenemos técnica y mecánica, llegado el caso, un protocolo, o la autorregulación del mercado. Si bien la noción de proyecto de vida sigue estando asociada a la idea de felicidad, ha quedado desprovista del espesor ideológico que la caracterizaba, en la medida en que no parece ser una noción capaz de organizar la vida en común en términos de lo bueno y lo malo, de lo conveniente y lo inconveniente, de lo justo y lo injusto. En este contexto, la reflexión emprendida por Ahmed se presenta como una «crítica cultural», pero es, en realidad, una crítica ideológica, política, aunque la autora parece renegar de estos adjetivos o no asumirlos plenamente.

Como crítica a la ciencia de la felicidad, uno de cuyos campos constitutivos es lo que se denomina psicología positiva, la crítica de Ahmed recorre diversos presupuestos sobre los que se apoyan los distintos discursos que toman la felicidad como objeto de su decir y como lo deseado por las personas. Así, podemos leer: «En la medida en que promocionar aquello que causa felicidad parece ser un deber de todos [en la cúspide de esta promoción vemos a Coca-Cola], la propia felicidad se vuelve un deber». En los «archivos de la felicidad» exhumados por Ahmed, las luchas feministas, obreras, antirracistas, así como las revoluciones, tienen su lugar central. De esta manera, su trabajo aborda también una historia de la infelicidad, palabra que empezó indicando «que causa problemas», para llegar a ser, más tardíamente, «persona miserable en distintas circunstancias».

La felicidad tiene una dimensión metonímica constitutiva, razona Ahmed: procede por contigüidad. Uno es feliz por estar cerca del objeto que produce la felicidad y, en este juego, el propio objeto, ya revestido de valor social de felicidad, lo incrementa, pasando de mano en mano. Los objetos, así, se vuelven felices y, con ellos, las personas. En este marco, Ahmed estudia tres figuras de la infelicidad como una resistencia al imperativo de la felicidad y de la sumisión que le viene asociada: las feministas aguafiestas, los queers infelices y los inmigrantes melancólicos. En todos los casos, hay expectativas de felicidad que piden ciertas conductas de adecuación o acomodamiento: las mujeres pertenecen a la vida doméstica y en ella deben permanecer: ahí está su felicidad; los queers dan forma a los márgenes patológicos de la sexualidad y sus reclamos son impugnados en nombre de Dios, de la ciencia y de la ley: ser un tranquilo heterosexual es el nombre de la felicidad; y los inmigrantes constituyen el peligro de la civilización, la amenaza laboral que, agazapada, siempre está pronta para el arrebato (en todos los sentidos), porque este constituye su esencia: la felicidad se protege del virus del otro inmigrante.

Los pliegues y las aristas de este libro son muchos; la lectura realizada por Ahmed, siempre atenta; y la felicidad, palabra hueca si las hay (en todos los sentidos posibles), adquiere un relieve particular que la sitúa, nuevamente, en el centro de las reflexiones que importan, decisivas para la vida en sociedad, relieve atravesado por conflictos, tensiones y toda clase de obstáculos que conciernen a las personas de carne y hueso que viven y mueren procurando ser felices.  

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