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Luces y desvíos

El proyecto ilustrado: espíritu y cuerpo de la Ilustración

El legado de los grandes teóricos de la Ilustración como Diderot, Voltaire o Rousseau, entre otros, emerge junto a las nociones de autonomía, soberanía, laicidad y universalidad recogidas por Tzvetan Todorov en El espíritu de la Ilustración. Santiago Cardozo nos acerca al texto del filósofo con una mirada actualizada.

«Lectura de la tragedia "El huérfano de la China" de Voltaire en el salón de madame Geoffrin», Anicet Charles Gabriel Lemonnier, 1812

Una de las tareas de la Ilustración era multiplicar los poderes políticos de la razón

Michel Foucault, ¿Qué es la Ilustración?

El espíritu es un hueso: cuando se habla del espíritu de algo, no resulta difícil pensar en Hegel y su fenomenología. En el caso del libro de Tzvetan Todorov (El espíritu de la Ilustración, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014), el espíritu como equivalente a una esencia (curiosa antítesis provocada por la metáfora espiritual) aparece dividido en una serie de nociones, cada una de las cuales es tratada en capítulos propios. Así, en un primer capítulo introductorio Todorov plantea las cuestiones generales que hacen a la Ilustración como acontecimiento y, luego, los diferentes conceptos forjados, como herencia espiritual (histórica, social, cultura y política), en su seno, a saber: autonomía, laicismo, verdad, humanidad, universalidad, a los que se les añade un capítulo final: «La Ilustración y Europa».

Todorov es claro cuando señala que la Ilustración no es sino lo que se hizo de nuevo con material viejo: fenómeno que afectó a la filosofía, la política, las ciencias y las artes, el proyecto de la Ilustración puso al hombre y su autonomía en el centro de las cuestiones: «Lo que se rechaza es la supuesta sumisión de la sociedad o del individuo a preceptos cuya única legitimidad procede del hecho de que la tradición los atribuye a los dioses o a los ancestros». Esta es la base, entonces, del proyecto ilustrado: el hombre toma las riendas de su presente y, con ello, revisa críticamente su pasado y fabrica su porvenir, confiando (aunque no ciegamente, como suele esgrimirse negativamente en ciertos discursos críticos) en el papel de la razón, en la determinación social del pacto colectivo que habrá de regular la vida en conjunto (el contrato social).

Nociones como autonomía, soberanía, laicidad y universalidad son los ladrillos con los que se edifica el proyecto ilustrado: el individuo crea su propio gobierno de manera intersubjetiva y, por lo tanto, el origen de todo poder está en el pueblo. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano es una derivación directa de estos conceptos y significa un mojón que no deja de producir toda clase de efectos en la vida de las personas, ya sea individual o colectivamente.

Escritores y filósofos como Diderot, Kant, Rousseau, Montesquieu, Voltaire representan el legado intelectual más sobresaliente de la Ilustración. Según estos, el hombre ya no debe depender ni de un poder divino ni del peso de la tradición para tomar sus decisiones y considerar críticamente el mundo en el que vive, incluyendo las opiniones de los demás; de la misma manera, la forma republicana de gobierno toma cuerpo y se vuelve central en el planteo ilustrado: la idea de representación y de poder soberano resultan cruciales para la vida de la sociedad fundada en la razón. Como dice poéticamente Todorov: «Todo ser humano adolece de insuficiencia congénita, de una incompletud que intenta colmar uniéndose a los seres que lo rodean y solicitando que se unan a él».

Nada de esto significa que las cosas marchen perfectamente bien, como si todo este conjunto de ideas no fuera sino la encarnación de deseos ingenuos irrealizables. Así, al tiempo que formulaban sus ideas sobre lo que debería ser la «nueva forma de vida», los escritores y filósofos del «proyecto ilustrado» llamaban la atención sobre los peligros que siempre acechan la vida en común. De la misma forma, surgían contrapesos a las opiniones ilustradas, como la de Sade, para quien el hombre estaba radicalmente solo y, en consecuencia, debía aceptar su esencia y hacerse cargo de ella, buscando en el proceso la consecución del placer individual.

Otros aspectos contra los que la Ilustración tenía y tiene que enfrentarse, tanto en el plano individual como en el colectivo, se hallan en la conformación de la opinión pública y en el desarrollo de la economía. En efecto, no existe una libertad absoluta para la formación autónoma de los juicios, porque siempre estamos influenciados por el sesgo de la información disponible y, llegado el caso, sometidos a la particular alienación que, en general, generan los medios de comunicación, siempre, razonablemente, bajo la picota. De manera semejante, dice Todorov, no podemos tener control sobre el devenir de la economía y sus impactos en los países, sobre todo desde que la globalización se radicalizó, volviendo inútiles las fronteras estatales. Sabemos, entonces, que la Ilustración no lo puede todo.

Paralelamente a la autonomía, la Ilustración creo la noción de laicismo. Si antes del proyecto ilustrado la Iglesia y el Estado pugnaban por el control de la vida espiritual y temporal de las personas, confundiendo sus dominios, la construcción del laicismo implicaba separar convenientemente las cosas y destinar la vida espiritual a la Iglesia y la vida temporal (la de los cuerpos y su vida cotidiana, la de la educación, con excepción hecha de la intimidad de la espiritualidad) al Estado: «Desde los orígenes de la historia europea nos hemos acostumbrado a distinguir entre el poder temporal y el poder espiritual. Si cada uno de ellos dispone de autonomía en su ámbito y está protegido contra las intrusiones del otro, hablamos de una sociedad laica, también llamada secular».   

El laicismo, así, nace con finalidad de mantener al margen la intromisión de la doctrina eclesiástica y, al mismo tiempo, de evitar caer en lo que se dio en llamar «religión política», ciertos excesos del Estado respecto de la manera de conducirse de los individuos. En nuestro país, el laicismo y la laicidad, consagrados constitucionalmente, son dos caras nociones que impregnan la democracia y el republicanismo y que constituyen, también, «objetos» de disputa, particularmente en el ámbito educativo.

A su vez, la conducta laica, digamos, asegura que la verdad se convierta en un valor supremo, ligada a la razón y a la ciencia y, por ende, separada de la religión y de las opiniones dogmáticas o sectarias en general. La ciencia ocupa un lugar fundamental, sobre la base de la separación de dos clases de discursos y de comportamientos: aquel que busca el bien y aquel otro que busca la verdad. Así, el proyecto ilustrado procura la autonomía del individuo en su más amplio sentido, para la cual las contribuciones de la ciencia son centrales, con independencia de que dichas contribuciones también son pasibles de crítica: «El objetivo es la autonomía del individuo, la capacidad de examinar de forma crítica las normas establecidas y de elegir por uno mismo las reglas de conducta y las leyes; el medio, el dominio de las capacidades intelectuales fundamentales y el conocimiento del mundo. En eso consiste pasar de la infancia a la edad adulta», señala Todorov. De esto se seguirá un tipo de educación particular, que Condorcet, figura medular de la Ilustración, denomina «instrucción pública», basada, de ahora en adelante, en la verdad que provee la ciencia. Y concluye Todorov: «Defender la libertad del individuo implica distinguir entre hecho e interpretación, ciencia y opinión, verdad e ideología», cosa que, como sabemos, no siempre es sencilla, cuando resulta posible.

Ahora bien: autonomía, laicismo y verdad deben estar puestos al servicio del hombre (el nuevo centro del mundo), cuya felicidad constituye el motivo de los desvelos del proyecto Ilustrado. Todorov lo dice así: «El bienestar humano en la tierra se designa con una palabra: felicidad». Sin ambages: de ahora en adelante no se entiende más la salvación del alma como el objetivo de las personas; por el contrario, el hombre es una finalidad en sí misma. El cariño y el amor por el otro son las claves de esta felicidad. No obstante, agrega Todorov, no se puede garantizar la permanencia del amor en la relación entre las personas, de modo que hay lugar para una fragilidad que nos hace vulnerables: «En esto consiste la naturaleza humana, y no existe manera de garantizarla»; y, en el camino, ha ocurrido toda clase de «desvíos», especialmente cuando la felicidad individual queda en manos del Estado, explica Todorov, y cuando queda supeditada, como hoy, al imperativo del consumo, a la ecuación ser es igual a tener.

Por fin, nada de estos principios tendría sentido si no se partiera del axioma universal de que todas las personas son iguales entre sí y ante lo que ellas mismas construyen socialmente, legado fundamental de la Ilustración, incluso sabiendo que no todas las personas son iguales (ante la ley, ante la economía, ante la cultura, ante la historia, etc.). La sola formulación del universal ilustrado legitima las luchas por la igualdad, particularmente aquellas que reafirman identidades particulares y/o minoritarias: la mera existencia del axioma universal no deja de producir un excedente de sentido del que pueden apropiarse aquellos que están en condiciones de inferioridad ante sus congéneres en términos del derecho, la política o de sus condiciones de vida, por ejemplo, de modo que pueden emprender la lucha por la igualdad, sostenida en el reclamo igualitario. Aquí, Todorov cita con especial énfasis las palabras de Rousseau en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres: «Va manifiestamente contra la ley de la naturaleza que un puñado de gentes rebose de superfluidades mientras la multitud hambrienta carece de lo necesario».

La universalidad como legado ilustrado ha sido ampliamente criticada como eurocentrista, colonizadora, utilizada para «exportar» las formas de dominio a otras regiones bajo diferentes ropajes. Curiosamente, quienes así critican la universalidad como principio central de la Ilustración están haciendo uso precisamente del legado ilustrado de que todo es criticable y, con ello, lo confirman en su interés, su fuerza y su verdad. Al mismo tiempo, la crítica, no exenta de realidad, parece ciega frente al hecho de que la universalidad produce su propio excedente, su propio doblez o su «herida mortal» (la universalidad es, en última instancia, un lugar vacío de enunciación crítica), a partir de los cuales los reclamos críticos se hacen posibles en nombre de la universalidad criticada, aunque estos reclamos se realicen en nombre de las particularidades o las singularidades de los pueblos o los grupos sociales.

El libro de Todorov ofrece una visión general de la Ilustración, de los conflictos que la atravesaron y de su derrotero a través del tiempo y el espacio. Ejemplos actuales ilustran, valga el obvio juego de palabras, la actualidad del proyecto ilustrado, a pesar de que son ejemplos de los «desvíos» de la Ilustración o de los problemas a los que tuvo que enfrentarse, en particular en el siglo XX. Ameno, bien escrito, el panorama que describe Todorov constituye una primera aproximación a un fenómeno que, ciertamente, es inagotable.

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