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Cuerpo y sociedad IV

Cuerpos regulados en el espacio

El espacio, ya sea público o privado, es político y nuestra forma movemos y actuar en el mismo, así como nuestras formas de relacionamiento con otros cuerpos, dependen de estructuras sociales definidas. Teresa Porzecanski, antropóloga y colaboradora de Escaramuza, analiza algunas situaciones en las que distintos cuerpos y un mismo espacio responden de forma diferente. 

Cuerpos regulados en el espacio

En su libro, Las políticas del cuerpo, Nancy Henley analiza la relación entre los cuerpos y el espacio. ¿De qué manera los hombres, las mujeres, niños y adultos, occidentales y africanos, usan el espacio? ¿Existen diferencias culturales en las modalidades de movimiento de los cuerpos en el espacio? Una observación cuidadosa marca estos estudios que antes hubieran parecido irrelevantes para intentar desentrañar ciertas claves de las relaciones humanas. Hoy se sabe que, como en el caso de los animales, la demarcación de un territorio personal, sus dimensiones y particularidades, ya sea en el hogar o en el trabajo, están en directa relación con la posición social y los sistemas de rango. Sentarse o no a la cabecera de la mesa, disponer de una oficina solo para uno, o compartirla con otros, contar o no con privacidad, son maneras reveladoras de señalar un status social, el que se traduce por cierto tipo de interacción social.

La libertad en el uso del espacio para moverse o desplazarse y para mantener la integridad del cuerpo, refleja aspectos de la organización social. En el reino animal, en múltiples especies, los animales dominantes, que ejercen el liderazgo circunstancial del grupo, disponen de distancias personales mayores que los subordinados y estos últimos ceden su espacio a los dominantes.

Un relevante estudio de E. Goffman ilustra que en la disposición del espacio de los hogares de la cultura occidental, a los niños se les concede menor espacio que a los adultos, a las esposas menor espacio que a los esposos, y a los ancianos menor espacio que a los adultos. Sumado a ello, las observaciones en la calle arrojan como resultado que las mujeres, en general, ceden el espacio a los hombres. Los hombres pasan al lado de otros hombres a una distancia mucho más pequeña que cuando pasan al lado de las mujeres.

En nuestra sociedad se observa asimismo en líneas generales que las mujeres en sus lugares de trabajo  tienen control de menor territorio que los hombres, y menor control de territorio privilegiado que los hombres (por ejemplo, respecto de una ventana a la calle o de un respiradero), aun cuando su posición profesional dentro de la empresa sea igual a la de sus colegas masculinos.

En los hogares, las mujeres aparecen con menos probabilidades de disponer de un cuarto propio que los hombres, y cuando lo poseen, éste es «invadido» más frecuentemente que el de ellos.

Asimismo, las distancias mínimas que guardan los cuerpos entre sí están modeladas no solo por las variables culturales sino también por las situaciones específicas: la distancia pública y la distancia privada difieren, desde luego, aunque hay situaciones públicas -como por ejemplo viajar en un ómnibus lleno- en que las distancias con otros cuerpos ajenos son mínimas.

Más importante aún, los movimientos corporales en relación al espacio se ven alterados por los criterios culturales de la «femineidad» y de la «masculinidad». Mientras los hombres tienden a desplegarse hacia afuera en el espacio, en las mujeres se advierte un movimiento de «repliegue» o «encogimiento». Sentadas en un ómnibus, las mujeres mantienen los codos pegados al cuerpo intentando tomar lo mínimo posible de espacio, se cruzan de piernas juntando las pantorrillas en paralelo, y su actitud general, según los estudios de Henley, es evitar un contacto que pueda ser malinterpretado por los hombres.

En todo sentido, los movimientos de los cuerpos masculinos y femeninos están regulados por las maneras en que el cuerpo es concebido por cada uno de los géneros, contando con los estereotipos culturales vigentes en cada época histórica. De igual manera, categorías étnicas, etarias (ser niño, adulto o anciano), y de rango y poder social, modifican sustancialmente las distancias entre personas, y los espacios que nos rodean y separan de los demás.                                               

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