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sobre géneros literarios y energía atencional

Apuntes Fuera de lugar VI

En tiempos donde el requerimiento energético-psicológico es muchísimo más demandante de lo que era antaño, parecería ser que la literatura tiende a la metonimia, en donde la cadena de conexiones de la experiencia vivida a asociar es más simple, y se aleja así de mecanismos más complejos, como el que exige la metáfora, que le requiere una inversión de energía psíquica mucho mayor por parte del lector.

«Relativiteit», M. C. Escher

La idea de que distintos tipos de géneros discursivos (por ejemplo, narrativo, descriptivo y argumentativo) requieren distintos niveles de atención y de energía atencional puede explicar en parte por qué la literatura se iría dirigiendo a un uso distinto en la sociedad de las TIC (teorías de la información y comunicación). Los niveles de requerimiento energético-psicológico del presente son mayores y más demandantes que en el pasado. La proliferación de géneros teóricos (argumentativos o descriptivos) trabajosos de entender, en los que la demanda no es a retroceder (como ocurre en la narración) a un estado de revivir, o reconstruir estructuras de experiencia vivida ya procesadas, sino que se trata de crear otras nuevas, es difícilmente compatible con los requerimientos generales de energía psicológica (cuesta más energía vivir ahora, los sentidos reciben muchísimo más bombardeo y deben responder a una miríada de cosas que incluso en 1950 o 1970 no existían). Las narrativas del tipo Simmel, y especialmente y antes Baudelaire, que trataron de notar esto y reflexionar sobre ello (recordar en Herrera y Reissig las observaciones sobre la «tromba febriscitante de la actividad porteña») sirven como anticipo de una narrativa que se podría crear ahora para dar cuenta de la miríada de estímulos del presente urbano y virtual (una fenomenología de la webpage y la navegación por Internet es un buen comienzo).

A su vez, otro elemento es el paso de una civilización metafórica a una metonímica. La metonimia es por naturaleza más subconsciente que la metáfora, no llama la atención sobre sí misma, porque lo único que reclama es que salteemos algunos pasos en la cadena de conexiones de la experiencia vivida, mientras que la metáfora nos pide que invirtamos energía psíquica en reunir lo distante, aun lo insólito. Una cultura de la metáfora es una cultura del autor-genio, una cultura romántica. En cambio, una cultura de la metonimia es una cultura de la narración por imágenes, de la síntesis en base a lo consabido, de la alusión y el sobreentendido, del salto elegante. La forma contemporánea de la inteligencia es la elipsis, mientras que la forma antigua de la inteligencia, propia de la épica del individuo en tanto autor, del romanticismo al estructuralismo, es la de la genialidad de la imagen.

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