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Foucault: sexualidad, penitencia y control

«Aphrodisia»: hacer hablar a la carne

Michel Foucault dedica su atención y pensamiento a las prácticas de control y regulación que subyacen en los diferntes sistemas de poder y al adoctrinamiento específico de la sexualidad y el placer a través de instituciones como la Iglesia, el matrimonio, la penitencia o la virginidad. Santiago Cardozo reseña Historia de la sexualidad 4. Las confesiones de la carne, publicación póstuma del filósofo francés.

«Aphrodisia»: hacer hablar a la carne

1.

Los placeres de la carne son objeto de antigua reflexión. El cristianismo recoge aspectos centrales del pensamiento pagano que hace suyos y, conforme al concepto de Logos como Ley, para el caso asociada al vínculo con la palabra de Dios, elabora una doctrina que, antes que enmudecer lo que el cuerpo tiene para decir, produce un discurso –«obliga a hablar», señalaba Foucault en el primer tomo de la Historia de la sexualidad. La voluntad de saber– controlado, clasificado, vigilado y distribuido y fabrica prácticas sociales e institucionales acordes que dibujan un suelo perpetuado hasta el día de hoy.

En este contexto, Clemente de Alejandría sería un punto de articulación crucial: su El Pedagogo (libro sobre las cuestiones del placer, sobre el lugar del cuerpo en la vida social y las conductas a adoptar en ella y, particularmente, sobre el objetivo del matrimonio y sus modos de desarrollo) constituye el cimiento fundamental de la doctrina cristiana, de la concepción del pecado, constituida por una moral rigurosa que, en el inicio, instala la familia como el orden de la procreación (carne que engendra carne, órganos que producen órganos, sobre los que se proyecta un alma, una psyqué que debe dejarse gobernar, aunque también puede resistirse a ser gobernada – «la actitud crítica», dirá Foucault).

El «último Foucault», como suele decirse de este Foucault de Historia de la sexualidad 4. Las confesiones de la carne («el Foucault de los estudios sobre la política y la ética en y desde la Antigüedad», como señala Edgardo Castro en la presentación de Discurso y verdad. Conferencias sobre el coraje de decirlo todo y es de gusto y de rigor identificar para cierta crítica) es una manera de etiquetar un pensamiento vivo, el de un hombre oscilante, como todos, que hizo de la escritura la mejor expresión del pensamiento filosófico de ayer y de hoy. Este Foucault (vigoroso, voluminoso, botánicamente voluble) se interroga sobre la lógica institucional de la penitencia a partir de una hermenéutica de sí que se rige por la lógica confesional de lo que se ha pensado como efectos de los deseos de la carne y de lo que se ha hecho con ellos, sus prácticas. Esta es una de las cuestiones medulares de Foucault: pensar las prácticas y sus discursos, el nudo que las articula y la red que forma la malla misma del decir y de sus límites, de la aparición de objetos asediados desde diversos ángulos, por ejemplo, el discurso teológico, político, médico, jurídico.

En esta hermosa Historia de la sexualidad 4, proyecto pendiente que Foucault no llegara a releer para su publicación antes de su muerte, la pregunta es sobre la confesión como una técnica de gobierno de las almas y como una práctica que, una vez hecha carne, hubo de extenderse hasta el día de hoy, bajo diversas formas que ya no percibimos como originadas en aquellas lejanas vidas grecorromanas. Estamos, simplificando mucho las cosas, ante una obra sobre la «pastoralidad» y su «civilidad». Y entonces leemos sobre uno de los asuntos centrales de la cuestión, las conductas sexuales y el matrimonio: «Si bien no es la primera vez que se procura determinar qué tipo de conducta sexual deben tener los esposos, sí es, al parecer, la primera vez que se desarrolla un régimen completo de los actos sexuales, establecido no tanto en función de la sabiduría y la salud individual, sino, en especial, desde el punto de vista de las reglas intrínsecas al matrimonio. […] Lo que pasa entre los esposos […] está convirtiéndose en objeto de preocupación, intervención y análisis».

En este contexto, Foucault pone de relieve que el texto de Clemente de Alejandría plantea que «El acto de procreación debe realizarse “a causa” de Dios, ya que Dios es quien la prescribe al decir “multiplicaos”, pero también porque, al procrear, el hombre es “imagen de Dios” y “colabora”, por su parte, “en el nacimiento del hombre”». En este sentido, el acto sexual y la intención procreadora deben coincidir. Esta es, pues, la tesis central planteada por Clemente.

2.

            Otra práctica fundamental que Foucault saca a la luz es el bautismo, que «lava, borra, purifica: la inmersión quita las manchas». Esta práctica, asimismo, constituye un nuevo nacimiento. Pero ¿por qué le interesa al filósofo francés? Porque el bautismo es un mecanismo de acceso a la verdad, relativa a la purificación (borra la suciedad que mancha el alma impidiendo la llegada de la luz), al sello (en el sentido de un compromiso con y una pertenencia a Cristo, y una grabación de su nombre) y a la regeneración (se obtiene una vida sin el mal, una «verdadera» vida en la que se vive la verdad). Práctica performativa, el bautismo, en la época de los Padres apostólicos y los apologistas, funciona como el nexo entre la reparación de las faltas y el acceso a la verdad de esa nueva vida auténtica. Pero aquí el conocimiento (la conciencia) de las faltas es esencial: «aquel que recibe el bautismo, quien se convierte en hijo de la elección y la ciencia y cuyas faltas quedan redimidas, es aquel que no sólo ha recibido la enseñanza y desea la regeneración, sino que también se arrepiente. Metanoia y paenitentia son centrales en el bautismo».

3.

Avanzado el libro, se plantea un asunto vertebral: la virginidad. Con diversa intensidad y recurrencia y bajo formas distintas, la virginidad y la abstención total y definitiva en las relaciones sexuales han estado presentes desde los primeros siglos cristianos, señala Foucault. Sin embargo, con el paso del tiempo fue ganando el debate sobre el papel de la virginidad y de la abstinencia en la salvación (papeles desparejos, ciertamente), porque la carne, cárcel del alma, no puede corromperse en la vida cotidiana como la respuesta campante al llamado de aphrodisia. Una consecuencia de este problema se advierte en el siglo IV, cuando emergen con vigor diversos tratados sobre la virginidad, en los que es separada de la continencia, asumiendo aquella un estatuto particular. Este hecho crea el espacio para el desarrollo de la ascesis, la organización del monacato y la implementación de técnicas del gobierno de uno mismo y de los otros: «comienza a introducirse», sostiene Foucault, «un verdadero régimen de la verdad de las almas». Se elabora así un arte (una técnica, téchne) de la virginidad.

Y volvemos así al asunto de las relaciones sexuales, la energía que las mueve (contra las cuales van la virginidad y la continencia) y el matrimonio como dispositivo de control de los placeres carnales: «La conjunción de los sexos, cuando se produce en el matrimonio y con la procreación como fin, está entonces exenta de culpa», explica Foucault. Y ocurre un entrecruzamiento de vital importancia para la historia de Occidente: el cruce del Imperio romano y del cristianismo institucionalizado en la Iglesia. Así, la Iglesia comienza a asumir funciones en la organización, la administración, el control y la reglamentación de la vida social. Una progresiva «religionización» de la vida cotidiana (una auténtica «pastoral de la vida cotidiana») se ve favorecida por el trabajo del Estado en el gobierno de las gentes, lo que permite darle otra dimensión a la ascesis. San Juan Crisóstomo llega a plantear que la diferencia entre un monje y un hombre es que el primero no está casado, de modo que el matrimonio se vuelve el espacio del ejercicio legítimo de las relaciones sexuales: «entre la intensificación del ascetismo y la ampliación de las estructuras estatales, la célula familiar, las relaciones entre esposos, la vida cotidiana de la pareja y hasta su actividad sexual se convierten en objetivos importantes», luego de haberse convertido en objeto de preocupación y discurso.

            Y, obviamente, buena parte de esta doctrina de la virginidad y del matrimonio descansa en la elaboración de San Agustín, quien no concibe al segundo como un mal sino como un bien menor que encuentra en la castidad el bien supremo. El pasaje de Agustín que cita Foucault, además de ser elocuente sobre este punto, está hecho de la poesía propia del discurso metafórico de los mejores enunciados de los mejores referentes del cristianismo, Cristo incluido: «quienes se oponen al matrimonio no huyan de él como de un antro de pecado, y supérenlo en cambio como una colina buena pero inferior, para descansar en la montaña mucho más alta de la castidad».

4.

Libro notablemente escrito, de lectura ágil (lo que puede resultar engañoso, dada la profundidad del tratamiento de los temas), con pasajes en los que la filosofía y la literatura borran decididamente sus fronteras y se confunden (algunos piensan que son la misma cosa), Historia de la sexualidad 4 es una obra imprescindible en cualquier biblioteca, que ofrece una historia de cómo se constituyeron las confesiones de la carne.

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