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El desafío de la inteligencia artificial según Éric Sadin

Antropomorfia algorítmica

Cada vez confiamos más en la inteligencia artificial, en la verdades algorítmicas de datos automatizados, mientras se difuminan, por oposición, las capacidades humanas. Santiago Cardozo nos introduce en las tesis del filósofo francés Éric Sadin, a partir de su último libro La inteligencia artificial o el desafío del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical.

Éric Sadin

Lo humano está animado por una pasión perturbadora: engendrar dobles artificiales de sí mismo.

Éric Sadin

El hombre parece haber llegado a un punto en el que la inteligencia artificial, su producto creativo intangiblemente más acabado, puede concebirse como la negación misma, en el sentido de un rechazo, de lo humano. El control de los múltiples factores que hacen imperfectos al mundo y a la vida (en) común encuentra en el mito de la inteligencia artificial el epítome capaz de sintetizar el deseo de que la algoritmia pueda regular cada recodo de la cotidianeidad y predecir lo esencialmente impredecible. Sin embargo, este deseo no es más que la anulación del deseo propiamente humano, movido por la imposibilidad de conocer, decir y poseer, enteramente, el mundo y al otro, el prójimo, el semejante, por la propia incompletud humana.

Aletheia algorítimica: esta es la cuestión central de la que trata el libro de Éric Sadin: La inteligencia artificial o el desafío del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical (Buenos Aires, Caja Negra, 2020), la verdad de los algoritmos, el papel que desempeña, en las vida globalizada actual, la inteligencia artificial. Llegado el caso, es la verdad de la Big Data, de la que, a veces tenemos la impresión, nada escapa. ¿Nueva forma de esclavitud o sujeción a la invisibilidad de lo virtual?

La tesis de Sadin plantea que una nueva antropomorfia se ha ido dibujando con toda claridad: la vida humana está siendo velozmente reducida a la aletheia algorítmica, hecho que va contra la propia irreductibilidad de lo humano: la conciencia, el lenguaje, la historia, las formas de percibir, la existencia de un cuerpo que, de alguna forma, funciona como la mediación carnal o encarnada de la conciencia, el lenguaje, la historia y, sin duda, la política. La capacidad de juicio está severamente comprometida, señala Sadin, entregada, por una especie de exceso irremontable de confianza en la neutralidad y objetividad de la técnica, a la lógica de los algoritmos, capaces de funcionar por encima de todas las imperfecciones argumentativas de los criterios fabricados por el hombre para determinar la forma misma de la vida en común. Así, a mayor espacio ocupado por la inteligencia artificial, menor lugar para la ética (Sadin habla de «estrechez ética» como consecuencia de este irrevocable avance de la «algoritmización» de la vida).

En este marco, Sadin entiende que la metáfora de la inteligencia artificial (cada vez menos percibida como metáfora, cada vez más incorporada a las formas literales del lenguaje) es un exceso que ha tenido como consecuencia el borramiento de las dimensiones humanas que no pueden ser transcriptas a la codificación de la verdad algorítmica. A la inteligencia artificial le faltan el cuerpo, las emociones, las múltiples formas de percibir el mundo, las complejas relaciones con los otros (la experiencia del lenguaje sobre el que no nos ponemos de acuerdo, una «semántica enriquecida» que no puede incorporar la indefinición de los contextos comunicativos y su carácter cambiante):

De ningún modo nos enfrentamos con una réplica de nuestra inteligencia, ni siquiera parcial, sino que estamos ante un abuso del lenguaje que nos hace creer que esta inteligencia estaría naturalmente habilitada para sustituir a la nuestra con la finalidad de asegurar una mejor conducción de nuestros asuntos.

Así, teniendo presente este exceso, Sadin plantea la necesidad de desmitificar y «destotemizar» la inteligencia artificial, a fin de colocarla en su justo lugar, sin depositar en ella el «sueño poshumanista» de un mundo al margen de los errores humanos. Una lógica económica, administrativa y gestionaria motiva el desarrollo de la inteligencia artificial en cualquiera de sus dominios; un principio de eficacia y de eficiencia sostiene dicho desarrollo:

Se corporeiza un nuevo modelo: se asigna a los sistemas computacionales una posición de superioridad para la evaluación de las cosas. 

El primer exponente sobresaliente de la inteligencia artificial, que desemboca en la Big Data y que proviene, en el fondo, de una lógica bélica (la Segunda Guerra Mundial es el telón de fondo central de la cuestión tratada por Sadin), es la «minería de datos», tendiente a buscar correlaciones entre diversas informaciones a fin de establecer perfiles de consumidores (de productos de supermercados, de lugares de citas, pero también de «elementos díscolos» en términos de lo que al mercado le resulta perjudicial, incluida la identificación anticipada de «células subversivas»). Esta «actividad minera» nos convierte a todos en «sujetos de la mercancía». Así, la vida misma comienza a ser mapeada, cuadriculada, observada al detalle, buscando, al mismo tiempo, no solo la posibilidad de controlar el movimiento de sus átomos, sino también de poder predecirlo y, como consecuencia, poder inducirlo. El modelo actual que ha servido como signo de prestigio se fundamenta en las llamadas neurociencias, de donde se obtiene el prefijo de oro: «neuroeconomía», «neuroeducación», «neuropolítica», «neuromanagement», en fin, movimiento publicitario que reinscribe las cosas en la propia lógica de la economía. Una organización más «adecuada» (¿a qué o a quiénes?, ¿para qué y para quiénes?) de la sociedad subyace al principio según el cual la arquitectura de la inteligencia artificial es capaz de proveer de una forma semejante a la del cerebro humano, mediante el juego de inputs y outputs, cuya relación pone en funcionamiento la lógica de las sinapsis, la circulación y lectura de datos (recordemos que la gramática, tradicional e indiscutidamente pensada como parte de las ciencias humanas, encontró, en su versión generativa, la explicitación de una serie de principios claramente «cibernéticos»; así, por poner un único ejemplo, por lo demás nada menor, la sintaxis pasó a entenderse como un complejo sistema computacional que regula la correcta formación de las oraciones, sobre la base de la figura teórica ficcional del hablante-oyente ideal).

En este marco, Sadin es elocuente y directo cuando señala:

la inteligencia artificial no representa solamente una tecnología, sino que encarna con más exactitud una tecno-ideología, que permite que se confundan los procesos cerebrales y las lógicas económicas y sociales que tienen como base común su impulso vitalista y su estructura conexionista altamente dinámica.

De este modo, lejos de la idea de una asepsia ideológica de la que pudieran estar impregnadas la tecnología y la técnica, Sadin pone claramente de relieve que tanto una como la otra son en sí mismas «productos ideológicos» de una época marcada por el amplísimo dominio de la lógica económica que demanda la eficacia como principio máximo en las diversas esferas de la vida humana. Sin embargo, el discurso de y sobre la tecnología y la técnica parece querer borrar las condiciones históricas que las han hecho posibles y que han permitido su desarrollo en un sentido o en otro, como si todo se diera por la inspiración divina de los genios de las matemáticas, de la física, de la informática, de la biología, de la medicina, etc., completamente al margen de las condiciones materiales de existencia que determinan el producto creado.

Así pues, el problema tiene que ver con el lugar y las funciones que, en la vida diaria y en el futuro, le daremos a la inteligencia artificial:

Lo que es propio de los sistemas de divulgación de la verdad es que están ineluctablemente consagrados a adquirir la forma de tecnologías de la perfección y a imponer con cada vez mayor firmeza su autoridad a la comunidad de los seres vivos.

Afirmación contundente y, en cierto sentido, escalofriante, que, de alguna forma, propone pensar el porvenir de algo que, a los mortales ordinarios como cualquiera de nosotros, nos resulta impensable, tal vez, acaso, intuible.   

La inteligencia artificial o el desafío del siglo es un libro que sacude el sentido común, la percepción corriente y dominante de hogaño; un libro escrito con la fuerza de alguien que tiene algo importante, fundamental, para decir, y que lo hace construyendo un tejido argumentativo destacable, fino, trazando la geografía de una encrucijada para el ser humano. La escritura de Sadin, en este libro y en otros, tiene la extraña virtud de conducir al lector por los difíciles meandros de la historia de la cibernética y de la inteligencia artificial, desde una posición enunciativa crítica, que no rehúsa el llamado a adoptar diferentes conductas de resistencia sobre el problema en discusión, en primer lugar, la conducta de sospecha sobre la nueva antropomorfia que se busca imponer.

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