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reseña

Alain Badiou y un antimanual de la felicidad

Santiago Cardozo reflexiona acerca de la idea de felicidad, a partir de la lectura de Metafísica de la felicidad real, del filósofo francés Alain Badiou. ¿Es realmente felicidad lo que sentimos cuando alcanzamos ciertas metas que nos proponen los sistemas políticos, económicos y culturales? Tal vez sea hora de diferenciar la satisfacción de la felicidad, y de entender que, como seres de lenguaje, nuestra existencia es mucho más que cubrir necesidades biológicas.

Alain Badiou y un antimanual de la felicidad

600 CC DE FELICIDAD

¿Se puede ser feliz en un mundo como el actual? ¿Se puede ser feliz en un mundo cuya lógica mercantil ha hecho que la idea misma de felicidad se haya vuelto una mercancía? Esto es lo que reza uno de los más propagados avisos de Coca-Cola: «Destapá la felicidad», primero, y, después, ajustando un poco las cosas con cierta «sinceridad», «Destapá felicidad». Del nivel del relato, de entender la felicidad como un significante político (elemento alrededor del cual se organiza la vida social e individual, cuyo significado está siempre haciéndose como una trama discursiva compleja), hemos pasado al nivel fisiológico, de las reacciones químicas en el organismo; del deseo (lo propiamente humano, que encuentra una articulación en el lenguaje) hemos pasado al goce (lo animal, inscripto en el cuerpo).

En Metafísica de la felicidad real (Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2017), el filósofo francés nacido en Marruecos, Alain Badiou, se interroga acerca de la tarea fundamental de la filosofía: pensar la felicidad como un significante de la emancipación, como una herida al mundo contemporáneo, dominado por lo real de la economía, de la circulación de mercancías. 

LA METAFÍSICA VIVE Y LUCHA

Después de pasar revista muy brevemente a tres corrientes filosóficas contemporáneas dominantes (con sendas derivaciones lingüísticas), que se han planteado el problema de la relación entre la verdad y el sentido (la hermenéutica, la filosofía analítica y la deconstrucción posmoderna), Badiou advierte dos cosas en común entre dichas corrientes: 1) «la metafísica de la verdad se ha vuelto imposible» y 2) «el lenguaje es el lugar crucial del pensamiento porque es allí donde está en juego la cuestión del sentido».  

Enseguida, Badiou se propone mostrar cómo ninguna de estas vías puede ser adecuada para reflexionar sobre la felicidad, para plantear y sostener una Idea de verdad capaz de hacerle frente al mundo, porque en la hermenéutica, la filosofía analítica y la deconstrucción hay algo «demasiado adaptado al mundo tal cual es».

En este escenario, la Idea de verdad tiene que vencer un primer obstáculo nada fácil de sortear: la comunicación, territorio en el cual circulan las mercancías, entre las que deben contarse las palabras. Así, la filosofía debe sustraerse a este espacio comunicativo, que suele ser un espacio consensual (esta es una de las ideas que maneja Badiou en Segundo manifiesto por la filosofía a propósito del término opinión). De esto la relevancia de la interrogación: «¿Qué sentido tendría apostar a la existencia, sustraerla al imperativo de un cálculo de la seguridad personal, lanzar los dados contra las rutinas, exponerse a cualquier azar, si ello no es mínimamente en nombre de un punto fijo, de una verdad, de una Idea o de un valor que nos prescribe ese riesgo?». Esta pregunta, muestra Badiou, es esencialmente política, porque da cuenta de un acontecimiento, instancia que, siempre después, «hacia atrás», advertimos como articuladora de un pliegue en nuestras vidas en función del cual ya no vivimos igual (esto es lo que expone, con brillante elocuencia, el propio Badiou en su opúsculo Elogio del amor).

Y he aquí una de las tesis fundamentales de Metafísica de la felicidad real: «En sus tendencias contemporáneas, la filosofía se esfuerza por seguir el curso del mundo. Está cautiva de los tiempos modernos, tiempos que son a la vez entrecortados, segmentados y rápidos. La vocación de la filosofía, en la medida de sus posibilidades, es establecer un tiempo que se dé tiempo, es decir, un pensamiento que se dé el tiempo de la lentitud de la investigación y de lo arquitectónico». Y, luego, Badiou avanza con la idea de que la felicidad de las personas está intrínsecamente ligada al tiempo, específicamente a la recuperación del tiempo continuo que la fragmentariedad de los tiempos actuales les ha arrebatado, porque, dice el filósofo francés, ser dueño del tiempo propio es lo que siempre ha estado en el centro de la lucha política —la disputa por cuestionar el tiempo meramente destinado a la producción mercantil impuesto como un orden económico—: «Toda felicidad real pasa por la liberación del tiempo», concluye Badiou.

Otra de las tesis: la filosofía padece de una enfermedad, la del deseo de filosofía, que encuentra tres «virus» implacables: el sistema general de la circulación (de mercancías), el sistema general de la comunicación y el sistema general de la seguridad, dominados asimismo por la «lógica de las estadísticas». Y este padecimiento, parece decir Badiou, tiene que ver con la enfermedad de la que es objeto el logos aristotélico: ya no parece haber lugar para un lenguaje que distinga lo que está bien de lo que está mal, lo que es justo de lo que es injusto; ya no parece haber ningún punto de solidez que nos permita trazar una línea de pertinencia entre las cosas, puesto que hoy se procede en nombre de la multiplicidad de los sentidos, de las interpretaciones, de la fluidez o liquidez de las opiniones. En un mundo que se nos muestra y propone como el mejor de los mundos posibles, su arquitectura, paradójicamente, es en extremo precaria, frágil, vulnerable.

POTENCIA DEL ACONTECIMIENTO      

En este contexto, Badiou sostiene que lo que se le pide a la filosofía es la posibilidad de pensar el acontecimiento mismo, ya no la estructura del mundo o sus leyes; la posibilidad de acoger lo impensado, lo sorpresivo, pese a que el acontecimiento, definicionalmente, es lo que adviene sin previo aviso, lo que irrumpe y solo es reconocido como tal a posteriori: «Lo que se le pide [a la filosofía], pues, es que proponga como abrigo o envoltura del deseo de filosofía, lo que podríamos denominar un nudo racional de la singularidad, del acontecimiento y de la verdad», nudo él mismo paradójico, único capaz de hacer que la filosofía mantenga su deseo de filosofía. De este nudo, enuncia Badiou, debe salir un nuevo sujeto para la filosofía, que pueda hacerse cargo de la lucha política, y con él, que cada individuo, cada persona, rompiendo la democracia del consenso, de la pacífica convivencia de las opiniones, devenga sujeto a partir de una decisión absoluta: vivir la contingencia de la felicidad, puesto que «la felicidad no se da sino para un sujeto» y puesto que solo puede haber felicidad si nos arrojamos a lo absoluto de la vida, por ejemplo, la amistad, el amor, la militancia, y, se puede agregar, la educación, todas formas del encuentro que van contra «El “realismo” económico y político» como «una gran escuela de sumisión».

Entonces, se lee: «La fuerza de un acontecimiento reside en el hecho de que expone algo del mundo que estaba oculto, o invisible, por estar enmascarado por las leyes de ese mundo». El acontecimiento, así, se relaciona con la felicidad en cuanto que aquel hace emerger una posibilidad de algo que era imposible y esta, como la define Badiou, es un goce de lo imposible, a partir del cual las personas reconocen en sí mismas una potencia de acción y de pensamiento que antes permanecía oculta bajo las leyes de la división del mundo, por ejemplo, entre quienes tienen el tiempo para pensar y quienes usan el tiempo para trabajar, para reproducir la lógica de la producción. Llegados a este punto, explica Badiou: «Es menester introducir aquí una distinción tajante entre “felicidad” y “satisfacción”. Estoy satisfecho cuando veo que mis intereses de individuo se hallan en conformidad con lo que el mundo me ofrece. La satisfacción entonces está determinada por las leyes del mundo y por la armonía entre mi yo y esas leyes. En última instancia, estoy satisfecho cuando puedo asegurarme de que estoy bien integrado al mundo». La felicidad, en cambio, es una negación de la satisfacción, su superación (Aufhebung).

El acontecimiento, de esta manera, nos recuerda siempre que, ante todo, somos seres de lenguaje, que podemos torcer nuestro destino animal haciendo de nuestras vidas algo distinto que se desvíe de la satisfacción de las necesidades biológicas. Por ello, «la existencia es capaz de algo más que su perpetuación. Es capaz, en el elemento de la verdad, de algún efecto de sujeto. Y el afecto de este efecto, ya sea este el entusiasmo político, la beatitud científica, el placer estético o la alegría amorosa, es el que siempre merece, más allá de toda satisfacción de las necesidades, el nombre de felicidad».   

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