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Leé el prólogo de «La risa caníbal», de Andrés Barba (España)

Les presentamos el prólogo al último ensayo escrito por el multifacético escritor español Andrés Barba: «La risa caníbal. Humor, pensamiento cínico y poder», publicado en 2017 por la editorial Fiordo.
Leé el prólogo de «La risa caníbal», de Andrés Barba (España)

Andrés Barba nació en Madrid en 1975. Es novelista, ensayista, traductor, guionista y fotógrafo. Se dio a conocer en 2001 con la novela La hermana de Katia, y ha escrito varios libros de distintos géneros como Ha dejado de llover (Premio Nord-Sud); Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester); Las manos pequeñas; Agosto, octubre y Muerte de un caballo (Premio Juan March). Su obra ha sido traducida a dieciocho idiomas y está considerado uno de los escritores más importantes de la nueva narrativa española. La editorial argentina Fiordo nos acerca su último ensayo, La risa caníbal. Humor, pensamiento cínico y poder.


Cada vez que un hombre abre la boca para reír está devorando a otro hombre. Es una verdad tan antigua como la humanidad misma, como la primera vez que en la prehistoria dos personas señalaron a una tercera que se acababa de tropezar en el camino y se rieron de ella porque les parecía idiota, conformando así la primera comunidad. Unos cuantos milenios después de ese fatídico tropezón inaugural, en 1651, Thomas Hobbes elaboró la primera teoría de esa sensación de superioridad en su Leviatán: «Un hombre del que se ríe es un hombre sobre el que se triunfa». La risa ha estado desde siempre encajada en ese cruce de coordenadas entre la razón y la moral. «En un mundo de inteligencias puras puede que no se llorara, pero desde luego se reiría», profetizó otro de los grandes intelectuales de la risa, Henri Bergson, a finales del siglo XIX. Pero un par de inesperadas guerras mundiales nos dejaron ya en la segunda mitad del siglo XX un mundo que, lejos de parecerse a una utopía futurista de inteligencias puras, había mutado en un mundo sentimental. El descrédito de la razón (y de las ideas en última instancia) creó un estado de facto en el que quien aspira al poder no lo hace esgrimiendo argumentos, sino exhibiendo sentimientos. Y a diferencia de las razones, los sentimientos tienen la poderosa virtud de resultar inexpugnables. Una idea puede discutirse. Un sentimiento sólo puede respetarse. Y en esa dialéctica la respuesta es sencilla: la risa es siempre una amenaza, una agresión tan perversa como el canibalismo.

Lo urgente, ya se sabe, es el peor enemigo de lo importante, por eso las estrategias de la política son siempre las estrategias de la urgencia. Lo urgente funciona como una cortina de humo tras la que se esconde el verdadero interés, por eso todas las campañas globales en contra de la legitimidad del humor como instrumento dialéctico, político o filosófico se hacen esgrimiendo como bandera «argumentos» totalmente puritanos, biempensantes y razonables: el respeto a los más débiles, a los desprotegidos, la abolición de los prejuicios, el derecho a la elección de la religión propia, la lucha contra el racismo, la homofobia, el sexismo… principios ante los que no se enfrentaría nadie mínimamente sensato pero que esconden un miedo tan elemental como la realidad que intentan abolir: el miedo a enfrentarse al humor de los demás no como a un insulto, sino como a una idea, prejuiciada o no, falsa o verdadera, agresiva o inocua, estúpida o inteligente, pero siempre compleja.

Otra de las estrategias de la política: la de confundir lo contemporáneo con lo ahistórico. Es como si un espíritu perverso y juguetón parecido al que trataba de engañar al racionalista Descartes quisiera hacernos creer que todos los dilemas políticos a los que nos vemos obligados a enfrentarnos son dilemas que suceden por primera vez, para los que la humanidad no ha hecho jamás aprendizaje alguno. El escándalo (teatralizado, como no podía ser de otro modo) con el que se alzan los defensores de la llama sagrada del puritanismo genera inevitablemente la súplica de perdón (teatralizada, como tampoco podía ser de otro modo) de quienes han sido lo bastante audaces como para hacer un chiste pero temen de pronto el tsunami social y viralizado de sus consecuencias. Tanto el escándalo del puritano como la petición de perdón estrictamente pragmática del bromista han generado una performance que cada vez nos resulta más familiar y menos creíble. Hemos creado —o lo que es lo mismo: hemos permitido que se creara— una estrategia estéril en la que hemos quedado atrapados en gestos. ¿Éramos, cuando reíamos, de verdad tan insensibles, homófobos, sexistas, racistas? Tal vez sí, tal vez no tanto. ¿Hasta qué punto nos delataba entonces nuestra risa o nos delata hoy nuestro miedo a reír? ¿Somos verdaderamente mejores ahora que tememos reír, hemos ganado algo, hemos crecido como sociedad democrática y como individuos al alistarnos colectivamente a la policía del buen gusto, del sentido común, del decoro?

La primera pregunta ante la risa debería ser la misma que ante una idea: la de si es o no legítima. En ese sentido la risa solo puede ser juzgada por su contenido y por su poder «reformador», es decir por la experiencia que resume y por el método que inaugura. Y eso es lo que se propone este breve tratado de la risa caníbal. Sería una tarea sobrehumana resumir aquí más de dos milenios de historia de las ideas sobre el asunto. Ya existen para eso buenos y eficientes textos académicos. Baste decir que no ha pisado la tierra un solo filósofo que no se haya sentido obligado en algún momento a dar cuenta del fenómeno de la risa para hacerse cargo de la abrumadora cantidad de bibliografía que es necesario leer antes de decir algo mínimamente razonable. La vocación de este libro es más modesta por una parte, y por otro lado más audaz. Si bien no todas las ideas que se han esgrimido a lo largo de la historia pueden ayudarnos a entender lo que nos sucede hoy, hay muchas de ellas que han pasado a un inexplicable segundo o tercer plano que sí describen a la perfección las mismas estrategias a las que nos enfrentamos. A veces, para entender el lugar en el que uno se encuentra, basta con recorrer mentalmente el camino a casa. Y en ocasiones ese camino no es tan largo. En muchas de las cuestiones que hoy nos parecen callejones sin salida la humanidad ha hecho ya, y no pocas veces a precio de sangre, un valioso aprendizaje que puede ser revisado: los hombres llevan enfrentándose a las contradicciones propias de reírse de los dioses ajenos desde la época de Luciano de Samósata; por cada Sócrates que ha tratado de describir la experiencia humana desde el idealismo ha habido un Diógenes de Sinope que ha cagado en la plaza pública para demostrar desde el materialismo sarcástico que no podía ser tan malo lo que sucedía a diario en cada casa; cada uno de los gestos de Hitler han quedado ya para siempre vinculados a la gloriosa parodia de Chaplin en El gran dictador, y Gerard Damiano con su celebérrima Garganta profunda no hizo en realidad más que revisar el modelo que ya había creado Aristófanes dos mil años antes.

Todas las anécdotas y consideraciones aquí tratadas buscan siempre en primera instancia un centro de gravedad, un episodio histórico. Sobre la risa no hay nada más descorazonador que una especulación en abstracto, por eso se han utilizado aquí desde las vanguardias hasta la ventriloquía, desde el 11-S hasta la desgraciada vida de los cómicos, desde el punk hasta la proverbial estupidez de George W. Bush. Todos esos episodios tienen, en relación con el humor y su legitimidad, el fascinante sabor de la carne humana y la innegable ventaja de estar lo bastante frescos en nuestro imaginario cultural como para obligarnos a revisar, desde su posición, nuestra propia experiencia.


La risa caníbal
Barba, Andrés
Fiordo (2017)
Páginas: 153
UYU 580

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