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picado fino

Partícula II

Seguimos la ficción de la Banda Oriental y de lo literario que hubo o hay en ella con Aldo Mazzucchelli en esta Partícula II.
Foto: Mauro Martella

Volví sobre mi idea principal, el leit-motiv de mi catarsis bolivariana: el error estuvo en 1900, cuando nos creímos espiritualmente más que los sajones. ¡Por Dios! ¡Qué cagada de dimensiones continentales!
Y es acá, justamente, donde los lomos historiados de estos libros de mesa en que me integro permiten que la letra se alargue en el tiempo—qué imagen más tarada—hacia atrás, menos de un mes después de la muerte del Maestro de las Juventudes Americanas—los uruguayos han tenido una desagradable inclinación a todas las formas de retórica: llenaron lo que no tienen de tierra y población, con las letras mayúsculas. Rodó, ¿qué fue? ¿Poeta, filósofo, un artista? ¿Un brillante bien pulimentado de múltiples facetas?» Bueno, sobre todo, un crítico literario, un don nadie, un bueno para nada. Colmo se dio cuenta de que Rodó tenía la enfermedad uruguaya por excelencia: el equilibrio. En un debate en el Parlamento del país, un diputado, para descalificar a otro, le dijo «usted es de extrema izquierda». El otro, sin moverse mucho del asiento le replicó: «Yo seré de extrema izquierda, pero usted es peor: usted es de extremo centro». En eso, los colombianos deberían, como deber moral, abrir universidades para uruguayos, y el Estado uruguayo debiera elegir a un ciudadano de cada dos (de cada dos, el menos estúpido; la elección es fácil siempre, un método casi perfecto) y mandarlo a Colombia por dos o tres años, a vivir una vida real, es decir, una vida de excesos. Ese viaje diagonal ayudaría mucho al Uruguay.

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