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picado fino

Partícula I

En estos textos que representan lo fragmentado del universo, y del mundo literario que habita en él, Mazzucchelli parte nuestras ideas, mitos y pensamientos en pequeñas partículas de razonamiento que nos hacen reflexionar, en esta oportunidad, acerca de la posibilidad de América Latina como un totalidad literaria que tiene, a su vez, infinidad de submundos que se autorepresentan.
«Grafía antigua» Xul Solar

Errando por cierto conocido conducto del pensamiento, me dijo que América Latina —lo pronunció así, con mayúsculas, pero aun dividiendo— era una sola cosa, o una cosa única. Hay tanto peligro en la mayúscula como en la minúscula; en la mayúscula se nota más. En silencio un momento: lo de Américalatina es cierto, demasiado cierto. Pero es una cosa sola de hecho, una obviedad. Un rombo lleno de pobres, ignorantes, selvas y europeos de viaje, un cuajarón del menstruo de la tierra… un cairel de guano que termina en punta”. Pero ya al empezar a oír lo dicho me había aburrido. Hay en esas formas de letras generaciones de inútiles pomposos, académicos yanquis, intelectuales franceses, mestizos dominicanos, uruguayos o cubanos, presuntuosos y cortos como sus países. ¿Qué tiene que ver un siniestro y hábil chileno con un sacapecho pampeano, un molusco uruguayo con un refinado caballero brasileño, un fino peruano con un valeroso paraguayo, un solar colombiano con un desagradable entusiasmado venezolano, o una maravilla de catagüire venezolano con un narco colombiano armado de pistola automática? Juntar todo es cosa de políticos. Y oír que ellos están del lado bueno —y esa parva retórica sería lo único en que consiste la política «latinoamericana». Tampoco sé si hablar de «Latinoamérica» es parte de la política. Más bien es parte de la subordinación. Lo único que se puede hacer en este continente es emigrar”. Y también, un mes antes de morirse: he arado en el mar”. Creo que, en realidad, al fin de la vida Bolívar entendió que había antepuesto sus lecturas románticas a la realidad de los hombres. Que no se puede ser mejor que su letra. Y que todo en este continente es normal, normalmente atrasado, normalmente mal hecho, previsiblemente equivocado, excepto la idea de que somos diferentes. Y cuando decimos la palabra diferente, y mucho más cuando decimos la palabra original, estamos pensando «mejores», «superiores». El mismo perro darvinista con distinto collar. Hay esperanza, though. Gracias a la violencia desbocada, los colombianos han evolucionado tanto que se han convertido en los seres humanos más lúcidos del continente. Pero incluso así. Un peruano se despierta y piensa en unas formas oscuras que nadie más entiende, y que a su modo (un modo indescubrible) son geniales, últimas. Un argentino se despierta y piensa, todavía y siempre, en la Argentina: únicos «latinoamericanos» que han llegado al artículo. Un uruguayo se despierta y piensa en el chui. ¿Y no estuvieron todos siempre enfermos de espiritualismo barato, compensando su falta real de orden, logros, logos, aspiración y amplitud de miras, con literatura? La chifladura de las letras es lo único que podemos ofrecerle al mundo. Otros creen que los argentinos son soberbios —ah... pero más buenos porque más honestos. Mejores, porque no quieren ser superiores espiritualmente, sino solo superiores a secas. Es decir, tener el mejor asado, el mejor fútbol, los mejores tipos, minas, las mejores ciudades, los mejores caballos, los mejores escritores, y los peores políticos, y aunque sea, a veces, lo han conseguido.

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