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«Latinoamérica» / individuo / suplemento

Apuntes fuera de lugar VII

La idea de «Latinoamérica» para el de afuera y para el de adentro, para el que pertenece a este signo, cargado de significados y significantes que varían según dónde nos paremos como individuos, pensada y presentada por Aldo Mazzucchelli, que nos invita a reflexionar acerca de una América Latina que parece conducirse hacia un camino empinado, que lejos está del ideal de revolución.

Mural de Diego Rivera

«Latinoamérica» ocupa el lugar de lo deseado para el que no es de allí. Los signos que del continente salen y son aceptados para consumo son signos de placer, de goce sin fin, o, contradictoriamente, promesas de solución a problemas eternos. La revolución que finalmente advendrá; el hombre nuevo; la alternativa a la opresión de lo real. América Latina ha ocupado, desde mucho antes de ser bautizada con ese equívoco nombre, el lugar del suplemento a Occidente, el lugar de aquella «Maman» de la que Rousseau habla en sus Confesiones y a la que nunca pudo llegar. Esa condición continental es, sobre todo, una maldición. La palabra es explícita en castellano: hay un daño producido en el acto de decir, un daño perdurable, quizá irrevocable. ¿Cómo es que el proyecto del individuo prendió y creció en esa tierra de maldición? ¿Cómo es posible realizar el propio potencial e investigarse hasta los límites en un espacio discursivo condicionado desde fuera y desde siempre? El castellano (la lengua castellana) llegó a América a sustituir todos los espacios discursivos comunes posibles, y luego el francés y el inglés fueron ocupando ese lugar de lingua franca. El problema con ello es, entre otros, que el acceso directo a la realidad resulta mediado por un discurso ajeno. El realismo «ingenuo» y Latinoamérica como experiencia son constitutivamente alejados por la vicariedad del lenguaje del otro.

Un realismo ingenuo se esconde tras los más esplendorosos fragmentos de Derrida, por ejemplo, autor viejísimo ya y que ha sintetizado como nadie la experiencia nostálgica de la modernidad de Europa que, desde 1492 y sobre todo desde el Iluminismo, ha medrado en las visiones latinoamericanas en muchos sentidos distintos. Escribiendo sobre el suplemento y sobre Rousseau, autor que tanto tiene que ver con esa visión europea de lo ajeno, dice Derrida «ahí surge una ley: la de una serie infinitamente conectada, multiplicando ineluctablemente las meditaciones suplementarias que producen el sentido de, precisamente, la cosa que difieren: la impresión de la cosa en sí, de la presencia no mediada, de la percepción originaria. La inmediatez es derivada. Todo comienza con el intermediario». En ese pasaje está todo el programa de Derrida, que es el programa de la nostalgia del Ser. De una crisis de la metafísica aceptada como resultado no impugnable surge una especie de rebeldía por no poder llegar a algo que «realmente» exista. El problema con este pasaje, la ilusión o, mejor dicho, el equívoco que le sirve de combustible puede ser fácilmente apuntado al pensar en cosas muy viejas y muy sabidas que, por ejemplo, Peirce, precisamente un filósofo americano, ha delineado con claridad. No hay tal diferencia entre la realidad y el signo, siempre que el cuerpo ya está hecho de percepciones que llegan a la conciencia hechas signos. No hay realidad sin signo, salvo en el más allá o en el antes del cuerpo. Si tenemos memoria de ese antes o ese más allá no es cuestión que la filosofía debiera desdeñar. Es quizá la única cuestión a la que vale la pena dedicar tiempo en el cuerpo. Sea como sea, la naturaleza americana y su llegar mediado o no mediado a la conciencia está en la raíz del problema de Latinoamérica. Latinoamérica es la condición de posibilidad del realismo y el nominalismo. Vista de afuera, si se arriba a ella desde fuera, queda siempre más allá, entorpecida por signos que no saben decirla con naturalidad. Vista de dentro, si ella es el cero desde el que se arriba a todo signo y toda experiencia, es inexpresable salvo como traducción a signos de otro. (Continuará.)

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