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Difusión

Leé un fragmento de «Papeles falsos» de Valeria Luiselli

Compartimos un fragmento de «Mancha de agua», uno de los diez ensayos reunidos en Papeles falsos, el primer libro de la mexicana Valeria Luiselli (Sexto Piso, 2010): ensayos en los que convergen la experiencia personal, la crítica cultural y la resignificación de la experiencia cotidiana.

Leé un fragmento de «Papeles falsos» de Valeria Luiselli

Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) es autora de las novelas Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2013) y de los ensayos Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016), todos ellos publicados en Sexto Piso. Su obra ha sido galardonada dos veces con el Los Angeles Times Book Prize y con el American Book Award, y ha sido traducida a más de veinte lenguas.


Río Churubusco

No existe, para una persona impaciente, tortura más despiadada que la que hace tiempo se puso de moda en los vuelos transatlánticos, en donde proyectan el mapa de una enorme porción del mundo sobre una pantalla donde un avioncito blanco avanza un milímetro cada sesenta segundos. Pasa media hora, una, dos, tres, y la figura se sigue arrastrando sobre el mismo plano azul, lejos ya de las dos costas continentales. Lo mejor sería dormirse o ponerse a leer algo, volver a mirar la pantalla una vez que se hayan conquistado otros dos centímetros del mapamundi. Pero los que carecemos de paciencia estamos condenados a seguir fijamente el avioncito, como si deseándolo con suficiente intensidad pudiéramos hacerlo avanzar un poco más.

Ningún invento ha sido tan adverso al espíritu de los mapas como éste en donde se impone una trayectoria y no se pueden trazar rutas alternativas ni volver atrás. Un mapa es una abstracción espacial; imponerle una dimensión temporal —tenga la forma de un cronómetro o de un avión en miniatura— contradice su propósito mismo. Los planos son por naturaleza inmóviles, atemporales; y es por esta razón que no imponen nada a la facultad imaginativa de quienes los estudian. Antes bien, el espacio que un plano cartográfico despliega ante nosotros —silencio y quietud del territorio abstracto—, espolea a la imaginación. Sólo sobre una superficie estática y sin tiempo puede andar la mente a sus anchas.

Es sabido que nuestra capacidad de abstracción rebasa la habilidad que tenemos para imaginar lo concreto en su constitución detallada. Resulta imposible para el hombre común sostener la imagen de algo ilimitado; concebir, como Funes el memorioso, un objeto con infinitos detalles o uno que sufre transformaciones constantes. Pero a pocos les parece difícil trazar una gráfica y a muchos menos esbozar de memoria el croquis de una casa. Necesitamos del plano abstracto, de la bondad de las dos dimensiones, para deslizarnos a nuestra conveniencia, para tejer y destejer recorridos posibles, planificar itinerarios, desdibujar rutas. Un mapa, como un juguete, es una analogía de una porción del mundo hecha a la medida del ojo y de la mano. Los mapas, superposiciones fijas a un mundo en perpetuo movimiento, están hechos a la escala de la imaginación: 1 cm=1 km.

 

Río Hondo

La mapoteca de la ciudad de México está albergada, desde hace varios años, en el edificio del Servicio Meteorológico Nacional. Uno pensaría que un lugar que atesora los mapas, o al menos los clasifica y restaura, tendría una distribución del espacio más o menos ordenada. Pero no es así. Resulta difícil ubicarse adentro de la mapoteca y, aunque el lugar es pequeño, es imposible no perder la noción de dónde se está con respecto a la entrada o, si lo hubiera, respecto de algún centro determinado. Si uno entra al cuarto donde antiguamente se llevaba a cabo la restauración, ya no sabe dónde quedó el pasillo de instrumentos cartográficos; si se encuentra en la pequeña unidad de mapas del Porfiriato, pierde por completo la ubicación de los planos de Norteamérica.

En una serie de pasillos largos y estrechos, cuelgan mapas como sábanas perennemente húmedas, a la sombra de los siglos y al amparo relativo de años de burocracia. Para verlos hay que colocarse un tapabocas y guantes de cirujano. Los asistentes —alumnos de historia o geografía, ansiosos por terminar su servicio social— ayudan al visitante a descolgarlos cuidadosamente y luego a extenderlos sobre una de las amplias mesas cerca de la entrada. Se necesitan cuatro manos para pasar las grandes hojas: pesan los años sobre el papel.

El polvo atrae al polvo. Seguro existe una explicación científica para esto, pero la desconozco. En la mapoteca se acumula todo el polvo del valle de México como si ése fuera su destino, su lugar natural. Si es cierto lo que dice Brodsky, «el polvo es la carne del tiempo», la mapoteca es el gran congelador donde se guarda y restaura el tiempo de esta ciudad.

Los pasillos de la mapoteca desembocan en cuartos pequeños donde se agrupan mapas de acuerdo a regiones geográficas o épocas históricas. La sección del Porfiriato (1876-1910) es, naturalmente, la más ordenada y mejor clasificada: acaso algo nos legó el positivismo. El director me mostró ahí dos libros de proporciones gulliverianas —al menos un metro y medio de largo por uno de ancho—, donde se registra el trazado de la frontera México-Guatemala en minucioso detalle. Al principio manifesté una emoción proporcional al tamaño de los libros cuando el director los sacó de las pesadas cajas, sarcófagos de caoba donde usualmente están guardados, a salvo del polvo y de la luz. Pero los dos volúmenes que atestiguan la delimitación de la frontera México-Guatemala resultan, tras un breve repaso, tristemente repetitivos: hojas y hojas en blanco, atravesadas por una franja azul, ya representando el río Suchiate, ya el Usumacinta, con algunas anotaciones incomprensibles que seguramente equivalen al número de pasos que uno de los miembros de la Comisión Mexicana de Límites (mejor nombre para una comisión no existe) daba a lo largo de la ribera. Este gran vacío es, pues, el testimonio de la línea que divide un país de otro, y que el Tratado de Límites llevó al papel por primera vez en 1882.

Más que los dibujos, llaman la atención las fotos de los integrantes de la Comisión Mexicana de Límites, pegadas sobre la portadilla del primer tomo. En los retratos individuales, todos parecen una versión de Porfirio Díaz, unos más chatos y otros menos aliñados, pero todos, serios, bigotones, conscientes de la gravedad de su asignatura: la definición de los límites de un país.

Sólo una fotografía delata el espíritu que uno imaginaría en los cartógrafos. En la imagen, ocho miembros de la Comisión Mexicana de Límites, como los ocho médicos de La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, se inclinan sobre un mapa con instrumentos de disección cartográfica alrededor de una gran mesa, no muy distinta de las mesas que ahora están frente a la entrada de la mapoteca o de aquellas donde los patólogos efectúan los cortes de un cadáver. La foto es casi una calca del cuadro de Rembrandt: el médico catedrático, con la autoridad que le da el bisturí, reclinado sobre el paciente; el paciente, muerto, irremediablemente pasivo, a merced del diagnóstico del especialista; los aprendices, que miran dispersos hacia cualquier otra dirección menos hacia el paciente y escuchan —algunos estupefactos, otros consternados y otros distraídos— lo que dicta el maestro. Así también los cartógrafos de la Comisión inclinados sobre el mapa de México; el país, como un cadáver a la espera de un diagnóstico.

En el fondo, un anatomista y un cartógrafo hacen lo mismo: trazar fronteras ligeramente arbitrarias en un cuerpo cuya naturaleza se resiste a los bordes determinados, a las definiciones y límites precisos —¿o cómo sabe el médico dónde termina la lengua y dónde empieza en realidad la faringe?—. Dos de los miembros de la Comisión están acostados sobre la mesa. Uno de ellos sonríe a medias, cómplice de un descubrimiento o de una arbitrariedad: aquí México, allá Guatemala.

Cuando le pregunté al director por los mapas de planeación de la ciudad de México se disculpó y me dijo que no existían. La leyenda cuenta que un tal Alonso García Bravo trazó la ciudad directamente sobre el terreno. Existen mapas de la ciudad del siglo XVI, por supuesto, pero ninguno precedió la planeación de la cuadrícula del centro histórico. El modesto soldado español García Bravo, «auxiliado por el ingenio, la experiencia y la sabiduría de los aztecas» —como reza la placa en su honor, enterrada entre lonas de puestos ambulantes en una plaza de La Merced—, hizo algunos surcos sobre la tierra húmeda del valle por ahí de 1522 y se convirtió en el primer urbanista de la gran capital de la Nueva España. No sorprende que así sea. Todos los habitantes de la ciudad de México intuyen que si alguna vez hubo un trazo para ella fue, acaso, una insinuación, y que lo que ahora llaman los urbanistas «planificación urbana» es pura nostalgia del futuro. En todo caso, la ciudad de México fue su propio plano. Habitamos, como los descendientes de aquel imperio que describía Borges, las «ruinas de un mapa desmesurado».

 

Río Magdalena (Buena Vista)

Aterrizar en la ciudad de México siempre me ha producido una especie de vértigo al revés. A medida que el avión se acerca a la pista y los asientos comienzan a temblar un poco, cuando los ateos se persignan y la azafata hace su última ronda por la pasarela ingrávida, empiezo a sentir una fuerza que me tira hacia arriba, como si el centro de gravedad se hubiera desplazado hacia otra parte o mi cuerpo y esa pista fueran polos idénticos de un imán. Algo en mí se resiste.

En un avión, pocas personas pueden ser conscientes del hecho físico y concretísimo del vuelo. Los aviones comerciales, con sus diminutas ventanas e irreclinables asientos donde se postran los gordos, los insomnes, los niños con déficit de atención, las histéricas, todos, contradicen la naturaleza misma que el hombre vislumbró en el vuelo del pájaro. Tampoco se suele estar atento al inmenso paisaje que rodea la nave: empieza la película y la aeromoza pide que se bajen las persianas plásticas. Sólo si abrimos la persiana en un acto de rebeldía contra la dictadura de las azafatas, vemos allá abajo el mundo y por un instante comprendemos dónde estamos. Desde arriba, el mundo es inmenso pero asequible, como si fuera un mapa de sí mismo, una analogía más liviana y más fácil de aprehender.

 

Río Chico de los Remedios

Escribir sobre la ciudad de México es una empresa destinada al fracaso. Ignorante de esto, durante mucho tiempo pensé que para escribir sobre el DF debía imitar la tradición: convertirme, a lo Walter Benjamin, en una connaisseuse de las banquetas, botánica de la flora urbana, arqueóloga amateur de las fachadas del centro y los anuncios espectaculares del Peri- férico. He intentado caminar como una petite Baudelaire por Copilco: imposible extraer una sola línea sobre el Eje 10. ¿Será culpa de Copilco? Oí a alguien decir alguna vez que Copilco venía del náhuatl «lugar de las copias». Tras repetidas caminatas por aquella zona, puedo concluir sin temor a equivocarme que con eso queda dicho lo único que se puede decir sobre esa feísima porción de ciudad, apéndice enfermizo de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se reproducen masivamente los libros de sus bibliotecas a diez centavos por página. Quizá sí sea culpa de Copilco.

Pero tampoco la libresca calle de Donceles, en el centro histórico, sugiere algo más que algún recuerdo preparatoriano de la primera lectura de Aura o de algún vagabundeo real visceralista. Explican y acompañan, pero no reconfortan, los versos de Quevedo:

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!

Y en Roma misma a Roma no la hallas.


Luiselli, Valeria. Papeles Falsos. México DF: Sexto Piso, 2010, pp. 25-30.

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