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Crónicas

Minas Gerais: Guimarães Rosa y los mil tipos de feijão

La aridez de la tierra se enfrenta al copioso feijão tropeiro y la soledad de gauchos y vaqueros se encuentra con las lecturas de Rosario Lázaro Igoa. Acompañamos a la escritora uruguaya hasta la región brasileña de Minas Gerais con la guía de Guimarães Rosa y su novela Grande Sertão: Veredas: el Sertón es del tamaño del mundo.

Minas Gerais: Guimarães Rosa y los mil tipos de feijão

Compré una edición de tapa violeta con letras amarillas y blancas. A contraluz, dibujos de jagunços a caballo, palmeras y cabezas de ganado. Me habían dicho que era cuidada y que además tenía el signo del infinito, que ciertas ediciones omitían. Era noviembre de 2012. El libro estaba un poco caro para mis finanzas de becaria, pero aquello era Minas Gerais y ¿qué mejor entorno para saldar la deuda con el Grande Sertão: Veredas (por más lineal que parezca la motivación)? Hasta entonces había dado vueltas alrededor de ese libro de Guimarães Rosa. Mucho antes, en Uruguay, había leído Con el vaquero Mariano, la traducción de los poetas Washington Benavides y Eduardo Milán, con gusto a frontera y sobre «el alma del ganado». Luego algunos otros volúmenes de cuentos y uno de poesía. Faltaba hincarle el diente a la gran novela.

Un ejército haragán de gatos poblaba el patio interno al que daba la librería. Entre las plantas frondosas, dormitaban y se desperezaban. Atravesé ese territorio ocupado hasta donde estaba la cantina de la universidad. Pedí un caldinho de feijão. El olor a porotos, chicharrones y panceta era despampanante. Volví a sentarme con los gatos y empecé a leer. La extrañeza de la prosa daba cachetazos. En ese primer momento, las palabras se me enredaban en la lengua. Leía, releía: el ir y venir de la prosa tenía un ritmo no apto para la lectura en silencio. Terminé el caldo. Debo de haber regresado a la biblioteca a estudiar, porque en aquel momento era todo Octavio Paz y Haroldo de Campos y métrica y poesía en mis días.

No tardé en empezar a leer en voz alta, o al menos a balbucear lo que Riobaldo va enhebrando a ritmo de habla. Caminaba con el libro por el borde de la Lagoa da Pampulha, en las idas y vueltas a la universidad. Parábamos durante horas en los árboles cargados de jabuticaba cerca de la piscina del campus. O lo llevaba de paseo al Centro, a la coquetería de la Praça da Liberdade, donde me gustaba robar jazmines de manera sistemática. Que guerras, que pactos, que campañas voraginosas a través del Sertón... Pero también jagunços que llegan a pasar hambre y cometen un crimen obsceno. En ciertos momentos, ya no sabía lo que estaba leyendo, pero seguía pronunciando en voz alta, única forma de dar cuenta de la magnitud de ese Sertón «del tamaño de mundo», como se cita hasta el hartazgo.

Siempre había comida y cafés en mis recorridos, como es debido en territorio mineiro. Pão de queijo, el mejor sin lugar a duda. El feijão en todas sus manifestaciones. A propósito, a una amiga de Minas Gerais le gustaba repetir que la mejor comida del universo era el feijão tropeiro, un revoltijo soberbio de porotos negros, chorizo, panceta, huevos y harina de mandioca. Al llegar a Minas, alcancé a vislumbrar la verdad de su declaración. [Sí, engordé unos buenos kilos durante la estadía en esa ciudad]. También había galinha ao molho pardo, plato en el que el ave nada en su propia sangre, cocida; o pollo con quiabo, un pariente curioso de las chauchas; o carne de sol y mandioca frita, con cerveza, claro. O dulce de buriti o la perfección de la goiabada cascão, que le saca cabezas a la guayabada terrenal que se vende en la frontera.

Me llevó semanas terminar el libro. En el medio, conocí un poco el interior de Minas Gerais, la caatinga, que no es sinónimo de mal olor como podría parecer, sino esa vegetación achaparrada, retorcida, que casi se camufla con los paisajes resquebrajados. Supe nadar en pozos salidos de la nada, entre las rocas rojas y anaranjadas, agua fría e imposible de tan transparente. Aquel noviembre veía el comienzo de la temporada de lluvias. No hubo inundaciones como ahora muestran las noticias. Venía el agua de tarde, poca, y la ropa igual se secaba. Siempre había olor a comida en aquel lugar, y la puntada dulce de gotas cayendo sobre tierra reseca.

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