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MOCHILA AL HOMBRO

Mi primera vez

Hace diez años que Tania de Tomás emprendió su primer gran viaje. La mochilera de Escaramuza nos regala sus primeras impresiones recorriendo el Véneto italiano, sus errores de principiante, sus inquietudes y emociones, siempre con la mirada atenta y expectante de quien sabe que será la primera de muchas más aventuras.

Panorámica de Venecia desde Il Campanile de San Marcos

Es 8 de marzo de 2009, camino bajo los techos abovedados de la Galería Vittorio Emanuele II, en Milán. Me impactan las lujosas tiendas que tiene el lugar, y los techos de vidrio por los que se cuela la luz y el espacio octogonal que hay en el centro resultan majestuosos. El guía explica que el arco de vidrio y el techo de hierro fundido eran un diseño popular para arcadas del siglo XIX y que había sido el prototipo para las grandes galerías comerciales de cristal, a partir de la Galería de Saint-Hubert en Bruselas y la Passazh en San Petersburgo. En un momento me ausento, me aparto del grupo y me detengo a ver lo que está pasando del otro lado de la plaza. Ahí, aún algo dispersas, hay un grupo de mujeres que llevan pancartas y aplauden. Claro, es ocho de marzo. El viento despeina un poco así que mientras atravieso la plaza del Duomo buscando una tarjeta de teléfono, enrollo el pañuelo violeta en mi cuello. Hace tres días que no hablo con mamá por lo que voy en busca de la cabina telefónica de techo rojo antes de subirme al próximo tren.

Cuando llego a la Estación Central de Milán me tomo unos minutos para observarla. Otra vez se repite la imagen sofisticada de la galería pero esta vez se ensambla con el movimiento de los trenes, de la gente que corre detrás de ellos y de los altavoces que anuncian su pronta salida. Me acerco al mostrador y presento confiada mi Eurail Pass, una cuponera de boletos que en aquel momento servía para viajes largos en tren por diferentes países pero que, para viajar por Italia, era bastante más cara que un boleto convencional. Errores de principiante.

Galleria Vittorio Emanuele II, Milán

El Frecciarossa, una línea de tren italiana, está a punto de partir del andén. 9:34, ese es el horario estipulado para llegar a Venecia, mi próximo destino, en poco menos de tres horas. Con el placer de quien lee al comisario Montalbano por primera vez, en un tren de alta velocidad mientras escucha de fondo a Vasco Rossi, respiro hondo. Haber delineado muchas veces un momento como ese en mi imaginación, creo que lo hizo aún más especial.

Signorina, mi scusa. Me giro sobre mis talones. Un señor elegante y delgado me ofrece alojamiento. Con pena y mordiéndome el labio digo que no, que ya tengo dónde quedarme y con una mochila, una cámara colgada al cuello, el termo y el mate camino por la diagonal que va hacia una iglesia que hay al final de la calle. Me subo al vaporetto, este tradicional medio de transporte público veneciano, y navego sobre el Gran Canal.

El mejor punto para comenzar la visita es la plaza de San Marcos. Hoy hay recuerdos que se hacen difusos pero la postal de la ciudad desde arriba, desde el Campanile de San Marcos, es tal vez una de las imágenes que conservo casi intactas de este viaje, plenas de poesía. Los canales y los puentes que atraviesan a la ciudad; la estela de espuma que dejan los barcos al pasar; el gondoliero con su remera a rayas y su sombrero, remando de pie mientras transporta a parejas de enamorados. Venecia es una ciudad para perderse de a dos.

Góndolas venecianas

Tengo en mi mano La forma dell'acqua, la primera novela de Andrea Camilleri. La hago un rollito y la sostengo en la mano mientras camino sola, con paso saltarín, a comerme un pannini en el barcito que hay a unas cuadras de la plaza.

Paso por el Puente de los Suspiros sabiendo que quienes suspiraban eran los presos que tras ser interrogados se paraban a contemplar por última vez el canal. Melancolía. Eso. La ciudad me provoca en más de una oportunidad ese sentimiento. Voy a Cannaregio, uno de los barrios más populosos y el elegido por clásicos artistas como Tiziano o Tintoretto. Pruebo surcar sus recovecos y llego a lo que se conoce como Il Ghetto, el barrio judío más antiguo del mundo. Una chica hermosa de sombrero rojo y pollera larga me habla en dialecto y aunque no puedo tener una conversación con ella, porque no le entiendo una sola palabra, sus ojos, color ámbar se me quedan en la retina, danzarines,  bajo el cielo de aquella ciudad. Vuelve el deseo de escribir así que camino poco menos de una cuadra por los adoquines algo humedecidos y me siento en una de las escaleritas frente a un café. Y escribo. Escribo sin saber que el pulso de mi vida en los próximos diez años estará marcado por el armado de esa misma mochila que tengo colgada sobre la espalda.


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