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Crónicas

Los humanos desde el tren: «De vidas ajenas»

Las casas desde el tren y desde la ventana los viajeros: Rosario Lázaro Igoa colecciona recuerdos, pasajeros e imágenes que la transportan entre Bélgica y Francia hasta la estación De vidas ajenas, un libro de Emmanuel Carrère en el que se cuela, a través de la ventanilla, entre sus personajes y ausencias.

Los humanos desde el tren: «De vidas ajenas»

Cuando los trenes se acercan a las estaciones, se pueden ver de cerca las casas, los livings, las cocinas, un visillo tapando intimidades que no termina de ocultar, y hasta el rastro de un humano, a medida que la velocidad lo permite. Nosotros vivíamos a menos de una cuadra de las vías y a cuatrocientos metros de la estación central. Pasaban los trenes. Algunos iban despacio; llegaban a la ciudad. Era Bélgica, lo que equivale a decir que estábamos cerca de varios países extranjeros, por lo reducido del territorio. Disminuían la velocidad desde que entraban por el costado izquierdo del ventanal, se demoraban en nuestro living y cuando salían del cuadro, por el costado derecho, desaparecían casi quietos e imponentes rumbo a la estación. En ese intervalo, tal vez alguien nos mirara cenar, despatarrarnos en el sillón, o me encontrara escribiendo en la computadora junto a la pila de libros que traía pedaleando de la biblioteca. Pero la vida en aquel apartamento se desarrollaba al margen de la potencial inspección de otros pasajeros. Claro, era probable que a nadie le interesara lo que hacíamos.

Yo sí miraba las casas desde el tren. Teníamos un pase con el que viajábamos los fines de semana. La intención era llegar al mar de Francia, los mares, pero en realidad pasábamos casi todo el tiempo en aquellos trenes junto a perros con cara de humanos e inspectores malhumorados. Al llegar a destino, ya casi teníamos que volver, por lo que terminábamos conociendo los alrededores de la estación y poco más. En contadas ocasiones, estuvimos dentro de casas, algunas ínfimas, por cierto, otras llenas de bibliotecas y de ausencias. Para el viaje, ponía libros en la mochila, aunque me distraía todo el tiempo mirando por la ventana y chusmeando las casas de las personas desde el vagón en movimiento. Libros, una muda de ropa y sándwiches en tápers de Ikea. Nunca pasamos por Vienne, ni por Rosier, pero creo haber coleccionado suficientes escenarios para De vidas ajenas, recordando la minucia monótona y fascinante en la narración de dos existencias de Emmanuel Carrère.

Me acuerdo de llegar a Lille Flandres desmayada de cansancio los domingos de noche, cuando todavía quedaban dos trenes más hasta casa. Estaba de nuevo el frío y el gris endémico de Bélgica, y yo tenía una colección de humanos in situ vistos desde el tren que, como Étienne, podrían haber dicho «hemos sido grandes oficinistas», o «hemos sido grandes albañiles», para que alguien les dedicara una novela. Pero eso no hubiera sido suficiente. Faltaba la ausencia (y muchas otras cosas). En Carrére el centro es la reconstrucción a partir de la muerte, del lugar vacío e irreparable que abre la desaparición física. Y del impacto de la tragedia en el plano doméstico. Dos tsunamis barren con todo en la vida alrededor: uno es la ola en sí, el otro la enfermedad terminal, que arrastra las vidas ajenas contra el acantilado de la ausencia. 

Por eso, los viajes en tren a través Francia se transformaron en una cosecha de detalles para vidas ajenas. Ahora, sinvergüenzas, encajan con la narración de aquella novela. Volver a leerla es un racimo de imágenes desde el tren, pero las mías. Sorprende recordar cada momento de la narración, cada instante de las entrevistas con Étienne, el juez sin una pierna, cuando le describe la vida de Lucille al narrador. Curiosamente, se nos advierte: «tengo el gusto y hasta la obsesión de la cronología. La elipsis sólo me conviene como procedimiento retórico, debidamente catalogado y controlado por mí: de lo contrario me espanta. Quizá porque hay en mi vida una desgarradura, y porque espero repararla tejiendo la trama lo más apretada posible, necesito tomar puntos de referencia como: el martes anterior, la noche siguiente, tres semanas atrás […]». Deliberado, el ir y volver de Étienne al hilvanar el recuerdo es organizado, puesto en etapas sucesivas por Carrère, que sin embargo termina por juntar todo en una novela.

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