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Crónicas

Hebe Uhart y Conchillas: la paseandera crónica

Espía de la cotidianidad y cronista de los pequeños detalles, Hebe Uhart fue tan viajera como escritora. En sus Crónicas viajeras recorre Argentina, Uruguay, Brasil y Perú a través de pueblos tan recónditos como «accidentados». Entre estos, Rosario Lázaro Igoa elige Conchillas, una población en el Departamento de Colonia hasta la que nos invita a pasear.

Hebe Uhart y Conchillas: la paseandera crónica. Foto: Fundación la Fuente.

Felices los que conocen el desparpajo, pues saben provocar la risa. Existe ese impulso al leer Viajera crónica, de Hebe Uhart. No son las crónicas de lugares distantes, naturalezas asombrosas, aventuras de sacar el aliento. Tampoco el artificio de la lengua por sí mismo (aunque haya un oído atento a lo que habla la gente, a las acrobacias de las palabras). En ese conjunto de crónicas lo que se respira es una cotidianeidad asombrosa sea donde sea que Uhart sitúe los textos. Está también la capacidad envidiable para el diálogo y el descubrimiento paisano. Sí, «paisano», a pesar de que ella se decía «suburbana», porque no se me ocurre otro adjetivo más certero para el intercambio que va estableciendo con el mundo a medida que viaja o, mejor dicho, pasea. Y acá se podría reprochar un poco el título del libro, que sería más apropiado si fuera el más naif Paseandera crónica, por ejemplo. Si de paseo hablamos, en un primer momento es dentro de Argentina, y después, en la segunda parte del libro, por Uruguay, y sigue por Brasil, Paraguay, Perú, y también cruza el océano hacia Italia.

Para nosotros, los orientales, parecería no haber novedad en las crónicas que Uhart sitúa en nuestro país. Me hicieron acordar a los viajes en ómnibus y a la monotonía eterna de las esperas. Así, rebrotan de la memoria los paisajes del litoral a través de vidrios siempre empañados en los ómnibus, con el sol aburrido de las tardes invernales. Pero es precisamente cuando no esperamos mucho de estas crónicas, que más sorprenden. Historias simples, anécdotas graciosas. Recorre los alrededores de Montevideo y los pueblos con nombre de santo. O va de Colonia a Conchillas porque le dicen que «es un pueblo digno de verse» (p. 115). Es gracioso que titule esa crónica «Un viaje accidentado», porque en ese viaje no pasa absolutamente nada, como no pasa nada casi nunca en el Interior de nuestro país. Primero se pregunta qué será la «radial», sustantivo usual para los pajueranos si los hay. Desde Colonia hasta la radial, una hora. De la radial a Conchillas, media más. No faltan anotaciones sobre otros aventureros de ese viaje muy poco accidentado, como el australiano que por casualidad termina viajando con ella, el mismísimo prototipo del turista modelo. El tipo no habla español. Los empleados de la empresa de ómnibus se esfuerzan por entablar el diálogo. La cronista observa y no pierde detalle. «Además hablaba en inglés australiano, él seguía firme, al pie del cañón, esperando que se hiciera la luz» (p. 115), pincela.

Para la cronista, habría dos tipos de crónicas en el libro. Las que tienen un afán de presentación de los lugares, con datos, con descripciones más pormenorizadas; y aquellas en las que ella aparece más. La de Colonia es de este último tipo. Uhart se mueve con soltura por los espacios, prefiere pueblos chicos y nada de grandes ciudades. Es inquieta, curiosa, y capaz de revelar así detalles desopilantes de la existencia. Por si fuera poco, las notas sobre esos viajes por el Uruguay, en apariencia tan banales, tienen otro gusto cuando se escriben en porteño. Hay un «colectivero» y no un «conductor de ómnibus», «a la factura le dicen bizcochos» (p. 162). Desiste de leer las Confesiones, de San Agustín, porque no es lo adecuado en una parada, al tiempo que se maravilla con una colección de botellitas en una pulpería, como si esa colección perteneciera «al acervo cultural de la radial o como se llamara ese caserío» (p. 117). Al llegar a Conchillas, busca sin éxito a alguien que le cuente la historia del lugar. Por la única calle asfaltada, «circulaban coches nuevos, con gente adentro que tenía cara de comer y de beber a menudo» (p. 118), remata. En una entrevista publicada en Página 12 en 2004, Uhart decía: «El humor siempre es una forma de distancia. Si uno escribiera en carne viva o pusiera toda la carne en el asador, plantearía todos los problemas de la vida», a lo que agregaba: «En las provincias hay más humor, pero nosotros, que estamos pasados por el psicoanálisis, creemos que la vida es como una confidencia perpetua de dramas».


UHART, Hebe. Viajera crónica. 4a edición. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2018 

 

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