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crónicas

Australia: un tren por las llanuras de Murnane

Por Rosario Lázaro Igoa / Miércoles 01 de agosto de 2018
Foto: ABC Open Wimmera

Entre aviones evitados y trenes por llanuras australianas, Rosario Lázaro Igoa pasea por la tierra natal de Gerald Murnane, con el deseo de reconocer su obra en la geografía que le da la bienvenida a un mundo desconocido, que parece haber salido de un western anacrónico.

Las once horas de duración, que terminaron siendo trece, fueron el esfuerzo necesario para contrastar la ficción con la realidad en su sentido más cartográfico. Buscaba un paisaje mental propio que emulara las precisas coordenadas espaciales (y no tanto geográficas), que Gerald Murnane se esfuerza por trazar en Las llanuras (Minúscula, 2015). Como siempre, el resultado terminó siendo otra ficción, más incompleta, más tergiversada, de las llanuras australianas que el demorado itinerario iba a permitir conocer. Al preparar el viaje, y preferirlo a la hora que duraría en avión, llegué a imaginar, además, que la mole de metal se desviaría del trillo que va de Melbourne a Sydney y que, de un momento a otro, enfilaría hacia Goroke, al noroeste del estado de Victoria. Quise creer así que vería el pueblo en el que Murnane pasa la vida entre una máquina de escribir a la que teclea con el índice de la mano derecha, caballos de carrera (muchos caballos) y el oficio de barman en el club de golf.

Dice Murnane que Las llanuras era en realidad el proyecto de algo más extenso. La novela, que terminó siendo breve, coloca a un cineasta en un pueblo de las famosas llanuras australianas, las que yo quería conocer. El paisaje creado suscita inquietudes: batalla la idea de que cuando se vive en función del océano, el interior se desdibuja como algo innecesario. El interior es el mundo acá. Y, por cierto, en tales llanuras el protagonista no encuentra hombres rudos, sino seres sofisticados, lectores ávidos, enfrentados en dos bandos de profundas divergencias estéticas. Son distinguidos y orgullosos de eso:  

El llanero no solo aseguraría ignorar los hábitos de otras regiones, sino que incluso se mostraría adrede como alguien desinformado al respecto. Y, lo que más irritaba a los forasteros, antes fingiría no poseer ningún tipo de cultura distintiva que permitir que su tierra y sus costumbres se considerasen parte de una colectividad más grande, de modas o gustos contagiosos. (16)

Para qué pensar en esos espacios interminables si en la costa se encuentra lo importante para vivir es una idea pueril para estos hombres. A la larga, el cineasta se consigue un mecenas, pero, por una razón u otra, termina por no realizar su obra. Murnane, eso andaba leyendo durante aquel viaje a Melbourne. Murnane, que reconoce nunca haber subido a un avión. Ni entrado a ningún cauce de agua por voluntad propia, lo que lo distancia de la mayor parte de sus compatriotas, pobladores de la costa, impregnados de la euforia que propicia la playa, mientras que el territorio hacia adentro les es indiferente.

La cuestión es que en Melbourne hacía frío y el tren llegó atrasado. Imaginé que viniera de Adelaide, demasiado lejos. En la plataforma, una pareja de viejos contó que iban a visitar a su hija, recién operada, en una ciudad a mitad de camino. Llevaban ese aire extraño de casi ingleses trasplantados al inhóspito nuevo mundo y una torta en una caja con moña. Entonces salimos tarde. El tren tenía los vidrios sucios, nunca se desvió del camino, tuvo olor cada vez más rancio, a humano, fue escenario de un arresto por borracheras, y llegó de noche cerrada a Sydney. Lo gracioso es que nada de eso puedo evocar con tanta nitidez como el tapizado raído de los asientos iluminado por el sol de la tarde, cuando pasábamos por un pueblo de tierra polvorienta y pasto blancuzco. El gran tanque de agua junto a la vía. El momento en que sirvieron el almuerzo. Espaguetis a la boloñesa, albóndigas con arroz o curry de vegetales. Albóndigas, por favor, tráigamelas con té negro y una nube de leche, pidió la señora de al lado.

Ese recuadro, el tapizado azul desgastado por el mismo sol que lo iluminaba ahora, y en la otra mitad del rectángulo, la llanura amarilla, a punto de resquebrajarse. Para Murnane, todo esto se podría transformar en centro de la indagación obstinada del pasado. A sus cuentos, casi ensayos (reunidos en Collected Short Fiction, Giramondo, 2018), los guía una voluntad obsesiva de desmenuzar los mecanismos para acceder a algo siempre esquivo. Sistemas minuciosos de palabras. Paisajes de set cinematográfico. En el mismo texto que reconoce la intención original de Las llanuras, también escribe sobre su hermano, muerto a los cuarenta y poco. Lo recuerda por su retardo, la vergüenza que le provocaba en la escuela, los esfuerzos para evitarlo. Dice que nunca fueron amigos. Al parecer, alguien le dio fotos del estado de Victoria que su hermano sacaba desde el aire. Viajaba en aeroplanos. El amarillo de las llanuras, el azul claro del cielo que, escribe Murnane despistando, es el de América. En una esquina de la imagen, tal vez un tren avance en dirección al norte. Adentro, una señora deglutirá albóndigas a base de té negro, con una nube de leche, por favor.

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