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CRÓNICAS

Anne Carson y un sueño vidriado en Raglan, Nueva Zelanda

La arena, el volcán Karioi y una casa con vistas al estuário de la ciudad de Raglan en la isla norte de Nueva Zelanda, son el escenario elegido en esta ocasión por Rosario Lázaro Igoa para acercarnos a la obra de la canadiense Anne Carson: un ensayo sobre el sueño que nos transporta a un paisaje poético y nebuloso previo a la vigilia.

Volcán Karioi en Raglan, Nueva Zelada

Tal vez haya una cierta correspondencia entre los lugares y los sueños que se sueñan en cada uno de ellos. Con un poco más de certeza, se podría afirmar que algunos elementos del sueño cambian según los estímulos geográficos. Pero es evidente que nuestros motivos se repiten con variaciones menores, al margen de cualquier localización. Espacios inundables, naufragios precipitados, agua y más agua, mis sueños. Demasiado vívidos y asiduos. Se han sucedido en islas con el mar arriba, como en aquellas pesadillas llenas de Lariam en la diminuta isla indonésica de Nusa (dicen que la pastilla contra la malaria acentúa los sueños horrorosos, y puedo dar fe). También en un cuarto sumergido en la ciudad de Belo Horizonte, en plena aridez continental brasilera. Los vínculos entre una cosa y otra no son unívocos, tiendo a creer. Los bordes, porosos, se revelan alentadores.

Anne Carson, en su ensayo «Toda salida es una entrada (Elogio al sueño)» declara no ser buena para dormir. A diferencia de ella, soy una practicante del sueño ducha (en el sentido del descanso neto, pleno). Pero soñar, todo el mundo sueña. Y es territorio esquivo. La genialidad de Carson está en dosificar el ensayo erudito con la poesía y hasta la ópera. Así lo indica el título de este libro indefinible (que contiene al texto que cité más arriba): Decreación. Poesía, ensayos, ópera, en el que desmenuza, insistente, el soñar en la obra de Virginia Woolf, en la Odisea de Homero, en el Critón de Platón… De a poco, Carson va iluminando esa zona esquiva del sueño que siempre estará conectada a la vigilia.

Antes de todo eso, la canadiense se detiene en su primer recuerdo: un sueño. Tres años debería tener, dice. Sueña que duerme en el altillo. Baja las escaleras y observa su casa dentro del plano onírico. La fuerza con que se sedimenta ese recuerdo, el soñado, se solapa con la vivencia despierta. «Ninguna otra experiencia nos da un sentido tan primario de ser gobernados por leyes externas. Ninguna otra sustancia puede empapar tan hondamente una historia de compulsión, inevitabilidad y temor como el sueño» (p.63), escribe. A lo que Kant llamó «poesía involuntaria en un estado saludable», Carson rastrea en los fragmentos de lo incógnito, y que pasa de la noche al día. Y que pasa como esperanza.

Creo que uno de los períodos más fértiles en sueños lo pasé en la ciudad costera de Raglan, en la isla Norte de Nueva Zelanda. Alquilé durante varios meses un cuarto en una casa vidriada, justo sobre una colina rodeada de un tambo. Mientras que la cocina tenía vista al volcán Karioi, mi cuarto se enfrentaba a una lengua del estuario. El mar estaba más lejos, hacia el Oeste por una ruta sinuosa. En aquel cuarto no había cortinas, y si bien eso no atentó nunca contra la calidad del descanso, sí tuvo efectos sorprendentes sobre los sueños. Los hechos del mundo de la vigilia, que Carson caracteriza como «nadadores dando brazadas en un lago nocturno» (p.51), llegaban a veces hasta el sueño, se regodeaban en él. Paseos por la costa del estuario, de arena negra, visible desde la ventana, se filtraban en el sueño de mi cuarto de cristal, que se venía a pique entre las aguas. Creo que aparecía arena a los pies de la cama. Perturbador, había algo que sobrevolaba la colina y se quedaba en suspenso frente a las ventanas. Sé que hablé mucho, sonámbula, con ese algo fluctuante. Tal vez fui hasta la costa caminando. No lo sé.

No sé qué me dijo. Sí recuerdo la sensación frente a las frases reveladoras que el pasaje a la vigilia dejaba filtrar. Es ahí que Carson explora. Ahí se sumerge, en la precisa capacidad del sueño como acceso a lo incógnito, a lo «desconocido, oculto, no sabido». Pero termina el recorrido del ensayo como la increíble poeta que es. La búsqueda es de aquella frase «la cual sollozas –con súbita alegría– te salvará/ ¡si puedes recordarla/ después! Después» (p.69). Claro, como si fuera posible acordarse, después, después.    

Carson, Anne. Decreación. Poesía, ensayos, ópera. Traducción de Jeannette L. Clariond. México: Vaso Roto, 2014.

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