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la felicidad en la tragedia

Oscar Wilde: Un escritor feliz

El pasado 16 de octubre, Oscar Wilde, el dandi por excelencia, hubiera cumplido 164 años, un número irrisorio para una vida humana, pero certero para la longevidad de una obra que abarca casi todos los géneros literarios, y que merece ser celebrada de la forma en que Francisco Álvez Francese lo hace: encontrando, al igual que Borges, un aura de felicidad en toda su obra, aún en la más oscura.

Oscar Wilde: Un escritor feliz

Este tipo de preguntas son odiosas, pero si alguien me apurara a responder qué libro me llevaría a una isla desierta yo diría las obras completas de Oscar Wilde. Quienes escriben sobre él destacan siempre su «escandalosa y brillante» vida, como la llama Silvina Ocampo en su ensayo sobre poesía lírica inglesa, que no me canso de recomendar. Nacido en Dublín, jugó a ser el más inglés de los ingleses y logró convertirse en una de las figuras centrales de la literatura en su lengua. Autor de numerosas obras de teatro, poemas, cuentos y ensayos, es conocido sobre todo por El retrato de Dorian Grey, cuyo protagonista trascendió la novela y se convirtió, como su creador, en un ícono.

Junto a esa narración, relatos como «El príncipe feliz», «El ruiseñor y la rosa» o «El gigante egoísta» se volvieron pronto clásicos ineludibles y «El fantasma de Canterville», así como algunas de sus piezas teatrales, siguen siendo adaptados en distintos formatos. Pero hay una parte importante de su producción escrita que creo que habría que revisitar, ya que, con el tiempo, muchas veces ha quedado relegada y a la sombra de la personalidad magnética de su autor. Me refiero a su creación poética y ensayística.

Su poesía, por momentos imperfecta, alcanza momentos de belleza subyugante en poemas como «La esfinge», que tiene estrofas de un inmenso poder sugestivo. En efecto, es tan fuerte el impacto de versos como «Cántame sobre la doncella judía que anduvo perdida / con el Santo Niño, / y cómo los guiaste a través del yermo y / cómo durmieron bajo tu sombra» que la precisión no importa. Si María y Jesús estuvieron por Egipto y recalaron allí, quién lo sabe: todo lo que se ve en ese cuarteto es la perfección de la forma en el original, a la mujer perdida con su hijo que es a la vez Dios, resguardada bajo la sombra majestuosa y antigua, en mitad del desierto. La imagen, que juega con lo inmenso y lo pequeño, con lo épico y lo doméstico, con lo humano y lo divino, es imposible de olvidar.

Porque el mundo de Wilde, en una Inglaterra en expansión colonial, estaba lleno de estos contrastes, como un museo del mundo. Fragmentos de Roma, portales babilónicos, relatos bíblicos, tablillas sumerias y templos egipcios, todo ornamentado, todo recubierto de pedrería y telas finas, un exotismo delicado del que surgía un poder creador que se llamó el renacimiento inglés. Moderno y antimoderno a la vez, Wilde supo maravillarse con un mundo griego idealizado e hiperestilizado, defender el trabajo artesanal (siguiendo de cerca al grupo prerrafaelita y, sobre todo, a William Morris, Walter Pater y John Ruskin), alabar las dulzuras de la naturaleza y resaltar la importancia de las artes decorativas.

En los textos que narran su viaje a Estados Unidos (donde lo pudo ver José Martí, que dijo de él: «No viste como todos vestimos», resumiendo algo de su originalidad militante), Wilde nota la inmensidad del país, su ansia por demostrar su grandeza y su valor, que contrastan con la ausencia de antigüedades (o de antigüedades que a ellos les interesaran, en todo caso), la preferencia por el confort (que ve incluso en la ropa) y alaba su actitud democrática, fuertemente contrastante con la Inglaterra victoriana. En su paseo por las ciudades, en el punto de quiebre de la revolución industrial, pudo ver la esclavitud de los hombres por las máquinas y abogó por un regreso a otras formas de producción o confió al progreso la solución de esa iniquidad.

Porque, además de ser un hombre de epigramas, famoso por sus respuestas ingeniosas, también supo escribir largo, argumentar convincentemente, exponer con claridad. En El alma del hombre bajo el socialismo (un texto al que todavía no se le ha prestado su merecida atención), por ejemplo, denunció la inmoralidad del concepto de propiedad privada y defendió al ocio como espacio para el pensamiento y el crecimiento personal, planteando acaso ingenuamente un mundo maquínico, postrabajo, como la única forma posible de retorno al esplendor del mundo clásico. Inteligente y refinado (aunque olvida que la técnica jamás es «neutra»), el texto aporta una faceta a veces ignorada de Wilde, siempre definido según una versión muy constreñida del dandismo, como un «mero» esteta, alejado de la política. Sus reflexiones dicen lo contrario, en ese y otros muchos textos.

Porque, si el dandismo comporta una pose que esconde, bajo una superficie que se pretende banal, un espíritu atribulado y «profundo» solo para eliminar el binomio esencia-apariencia, Wilde llevó una vida distendida que, al final, se volvió un calvario. El público al que había maravillado como un pavo real lo dejó solo cuando fue condenado por sodomía, y su exilio francés (sus restos están en el cementerio parisino de Père-Lachaise, custodiados por una esfinge) lo vio declinar y morir en casi completa soledad, a los cuarenta y seis años, tras haber escrito uno de sus textos mayores, la «Balada de la cárcel de Reading». No obstante, como recuerda Borges, buena parte de sus obras perduran como piezas que todo lo impregnan, aun cuando a menudo son pequeñas tragedias, de una felicidad íntima y tranquila.

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