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día internacional del libro

Libros, lecturas, literatura

Si bien en Uruguay tenemos nuestro propio Día del Libro, celebrado el 26 de mayo, conmemorando el día en que en 1816 se inauguró la primera biblioteca pública, hoy la literatura está de fiesta alrededor del mundo y le pedimos al escritor Roberto Appratto que nos cuente su relación con los libros, las lecturas y la literatura.
Foto: Mauro Martella

En el principio no fueron los libros, sino la lectura que hacía de ellos mi abuelo en voz alta. Esos libros de Constancio C. Vigil, La familia Conejola, El bosque azul, La hormiguita viajera, Chicharrón, y otros, fueron después leídos directamente, también en voz alta, y me empezaron a dar idea de lo que podía encontrar en ellos y en muchos otros: un mundo de animales que hablaban, un sentido de la aventura, una maravilla que seguiría desplegándose a lo largo de los años con Julio Verne, Emilio Salgari y la colección Robin Hood que heredé de mis hermanos. Por supuesto que, en esos libros, como en los Pequeños Grandes Libros que tenían historias del Pato Donald y del Ratón Mickey, ese mundo, aparte de mantenerse en pie durante el tiempo de la lectura, daba ganas de seguir para ver cómo terminaba, qué pasaba con tal o cual personaje que de pronto desaparecía: tenía una sensación de estar dentro del libro, lo cual me hacía buscar palabras en el diccionario para entender qué le decía un personaje a otro en los Cuentos del Tío Remus. Mi abuelo me siguió leyendo, cuando ya tenía ocho o nueve años, pasajes de libros de Cronin, de De Amicis, de Kipling, de Mark Twain o de Dickens para compartir la identificación con situaciones y sentimientos, de amor, de miedo, de bronca. Lo humano, en toda su extensión, empezaba a aparecer.

Los libros, los autores, las historias, la fantasía que derivaba de ellos, se multiplicaron con los años. Ya no fue mi abuelo, sino yo mismo quien me procuraba esa satisfacción de una lectura tras otra. Entender una imagen en una novela de Agatha Christie, en un cuento de Quiroga leído en el liceo; y cuando empezó, nomás, la materia Literatura, y aparecieron El Cid, Bécquer, Dante y Don Quijote, era un descubrimiento que obligaba a seguir pensando, un toque en la sensibilidad que me hacía ver de otra manera la vida cotidiana. Escribir fue, entonces, una cuestión natural de continuidad con ese mundo. Las páginas, más adelante, cuando empecé a comprar mis propios libros, ya fuera de las exigencias del liceo, tenían un olor, una textura, un volumen, un aspecto. Había que leer eso para entender aquello. Había que agregar otro título a la colección de un autor, porque las sugerencias de ese poema, leído en una colección antigua de versos-para-la-recitación, me quedaban sonando y me impulsaban, como Darío o Julio Herrera, a decir en voz alta los que podía escribir a los quince o dieciséis años. A la pregunta de qué pasaría con ese personaje, cómo seguiría tal o cual episodio, se agregó la necesidad de analizar, cuando quise ser profesor de Literatura y trasmitir, mientras pudiera, todos los sentimientos que un libro podía producir; todo lo que, bien comprendido, un texto hacía para cambiar la cabeza. De modo que la literatura no solo hacía leer, sino que creaba una manera de hablar y de pensar; no solo enriquecía la imaginación, sino que me permitía ver cómo otros entendían la vida, lo que inevitablemente me llevaba a entender la mía.

Los textos que se encuentran por azar —como cuando uno está, por ejempolo, estudiando un idioma y aparece un poema o un cuento que dicen otra cosa que lo que están destinados a enseñar, o alguien dice una frase de un autor desconocido— abren un espacio nuevo, un pliegue en el mundo, que se incorpora y queda en uno. La felicidad que da una lectura, la familiaridad con las páginas y la cubierta de un libro, incluso su olor, se mantiene aun cuando ya no tengamos ese libro: es el lugar donde aprendimos tal o cual cosa, donde escuchamos esa palabra, donde pensamos, por asociación, en otras cosas a las que no habríamos podido llegar de otra manera.

De algún modo, con el tiempo, el contacto con los libros se vuelve imprescindible: es, en realidad, el contacto con maneras de hablar que, además, van cambiando, muestran caras diferentes a medida que uno las encuentra, y, por lo tanto, se convierten en inagotables.

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