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crónicas

El reino de la naranja: Marosa, la luz y un pavo tornasolado

Entre el olor frutal de los naranjos e imágenes a contraluz, Rosario Lázaro Igoa nos invita a viajar al interior de nuestro país y nos lleva hacia Salto, el lugar que vio crecer a la gran Marosa di Giorgio, quien acompaña literariamente esta crónica tornasolada.

El reino de la naranja: Marosa, la luz y un pavo tornasolado

Es una pena que las fotos con destellos a contraluz se hayan vuelto tan banales. Que esos rayos dignos de un lugar en la eternidad contra los rebordes del encuadre ya sean comunes, perdida para siempre la unicidad de su luz. No por eso la obra de Marosa de Giorgio ha dejado de ser epifánica. Sus evocaciones del suelo salteño estarán siempre teñidas de esa precisa luz sobre los naranjales, siluetas de ángeles volando entre los árboles cargados de fruta, candidez infantil disuelta sin vergüenza en voluptuosas fantasías. Luz excesiva. Luz anaranjada, como una manta sobre la extensión de árboles en hilera, el espejo ondulante del río, un vapor dulce de flores saliendo por entre los muros. Luz cálida, tan distinta a la de mi pueblo de Rocha.

De niña, siempre pasé las vacaciones de julio en el reino de la naranja (y de las frutillas tempranas). Había que tomar un ómnibus desde La Paloma a Montevideo, y luego otro justo a medianoche rumbo a Salto. Se llegaba de madrugada a una terminal de la Onda que tal vez quedara cerca del zoológico, o justo enfrente a la casa de una amiga cuya madre coleccionaba frascos de perfume vacíos: «Aquellas botellitas de perfume, aquellas botellitas color oro, color limón de oro, color perfume, aquellos porroncitos diminutos». Hace años que no vuelvo. Es probable que la terminal estuviera primero en un lugar y después en otro. Tal vez, claro, como siempre.

Por aquel entonces, Marosa ya se había ido de Salto y habitaba los cafés montevideanos. Yo no la leí hasta mucho después, en la adolescencia. Pero una de las veces que llegamos a la terminal de madrugada, había sí devorado el libro sobre los hongos del Uruguay de Tálice. Era un manual de hongos comestibles y hongos a evitar, primorosamente dibujados en sus páginas. Tanto lo leí, que andaba con un miedo loco de la Amanita muscaria. El hongo rojo con pintas blancas, el mismo de los cuentos infantiles y tan tóxico según las descripciones, aparecía por todos lados. Era pavor verdadero. Mientras esperábamos que nos vinieran a buscar, creo que fui al baño. No sé si es verdad lo que pasó o un sueño durante el viaje en ómnibus, o hasta una invención tardía por ósmosis marosiana, pero hasta hoy me parece ver ese ser rojo moteado, orondo al costado del inodoro de loza, como si nada: «Los hongos nacen en silencio; algunos nacen en silencio; otros, con un breve alarido, un leve trueno».

Siempre habrá seres inusuales en el reino de la naranja. Les gustan las madrugadas heladas y los mediodías invernales típicos de primavera. Y habrá también colores increíbles. Para Marosa, hasta las noches están llenas de variaciones cromáticas. En aquellas idas a Salto, supe quedarme varias veces en la chacra de los abuelos de mis primas, que era el lugar más lindo del mundo. Desde la portera, los naranjales impregnaban el aire de olor casi descompuesto. Por el camino de acceso, había un tanque de agua, una plantación de frutillas, luego los perros del cuidador, que salían a ladrarle al auto, y, más adelante, la casa. El suelo era de piedras redondas, toneladas de piedras que a veces se quebraban y dejaban ver un interior de cristales. Empezaba así la fiesta. Comíamos frutillas en julio. Jugábamos entre los naranjos. Las tardes se iban lentas y felices, hasta que el último rayo de sol se desprendía de las plantaciones. De noche, cuando la luna recortaba la silueta de los árboles contra el cielo, el abuelo de mis primas asaba pollo a las brasas. Esperábamos que estuviera pronto haciendo palabras cruzadas. La abuela preparaba mousse de frutillas: «Recuerdo bien el ambiente, la cena espumosa y florida». Cuando nos sentábamos a la mesa, estoy segura de que un pavo de loza tornasolada, azul, esmeralda, que vivía sobre el aparador, sacudía entonces las alas y nos miraba cenar con deleite. 


«Historial de las violetas». En: Los papeles salvajes. Adriana Hidalgo: 2000, p.97.

«Historial de las violetas». En: Los papeles salvajes. Adriana Hidalgo: 2000, p.98.

«Magnolia». En: Los papeles salvajes. Adriana Hidalgo: 2000, p.122.

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