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mochila al hombro

Allá arriba. Rumbo a la Cordillera Blanca

Un camino en subida hacia el cielo. Tania de Tomas agarra la mochila y se encamina hacia el pico más alto de la Cordillera Blanca, una cadena montañosa ubicada en Perú, que forma parte de la Cordillera de los Andes. Entre pisadas resbaladizas, falta de aire y paradas a descansar, la naturaleza se descubre a la luz de las alturas.

Allá arriba. Rumbo a la Cordillera Blanca

Estaba abombada entre la coca y la altura. Sentía mi cuerpo romperse en medio de la Cordillera Blanca, la cordillera tropical más alta del Planeta. Había llegado al límite, mis piernas casi no podían moverse. Me senté en las rocas cubiertas de nieve y cerré los ojos. Respiré como nos habían enseñado: profundo y lento. Inhalo, exhalo. «Está todo en tu cabeza», me repetía cada vez que me daba cuenta de que el aire no estaba entrando en mi cuerpo y que me venía la paranoia de «me voy a morir, sola en la montaña». Pero el aire seguía sin pasar, el soroche (mal de altura) era un hecho y no podía hacer nada más que relajarme y esperar. Hacía varias horas que habíamos dejado el campamento de Taullipampa, en Santa Cruz, Perú, a 4250 mt sobre el nivel del mar (msnm), por lo que no era una buena opción descender. En el grupo éramos seis. Dos franceses, una chica y un chico, que siempre iban adelante, lookeados a la perfección para subir una montaña; un belga muy alegre que se la pasaba cantando, metimos algunos hits de Robbie Williams mientras bajábamos uno de los picos más altos del recorrido; una israelí, que deseaba aprender español, por lo que me convertí en su profe por tres días, y el guía, un peruano muy simpático que era la segunda vez en la semana que hacía este mismo trekking.

Salimos todos juntos del campamento, pero a la media hora estaba sola. Mi paso no era el más deportivo ni rítmico. Pero no fue solo por mi entrenamiento físico —estaba francamente mejor que muchas veces en mi vida—, las botas que llevaba eran realmente malas para un camino resbaladizo y cubierto de nieve. Creo que, si hubiese hojeado El manual del aventurero de Rüdiger Nehberg, todo hubiese sido más sencillo.

La barrita de cereal y el té que había tomado al amanecer estaban subiendo por mi garganta. Tenía ganas de vomitar.

Levanté la cabeza, y empecé a mover la nariz de un lado al otro intentando que el aire oxigenara al menos una parte de mi cuerpo. Me tiré al suelo boca arriba. Desde ahí casi no se veía el cielo, apenas unas nubes espesas que acariciaban los picos de las montañas. El resto del paisaje estaba formado por kilómetros y kilómetros de paredes rugosas con nieve.

El suelo estaba frío pero igual me quité los guantes. Las manos me hormigueaban y el corazón latía en mi garganta. Tenía los ojos vidriosos y el reflejo de la luz rebotaba entre lo blanco de aquel paisaje.

Era el momento de poner en práctica la terapia alternativa que predicaba. Empecé: «Oṃ maṇipadme hūṃ», y repetía «oṃ maṇipadme hūṃ». Tal vez así el bendito aire entraba de alguna forma a mis pulmones.

Cuando decidí hacer el trekking de Santa Cruz, ubicado en el Parque Nacional Huascarán, y uno de los más conocidos en los Andes peruanos, sabía que algo de esto podía pasarme. Había estado aclimatándome más de dos días en la ciudad de Huaraz y hacía un día que estaba en la montaña, pero evidentemente para alguien que viene de un territorio suavemente ondulado no era suficiente.

Poco a poco empecé a moverme, «no pares», me había dicho el guía más abajo, «aunque tu cuerpo te lo pida, no pares». Era la segunda vez en mi vida que estaba en una montaña y la primera que iba a superar los 4500 msnm. Escuché la voz del guía que gritaba algo así como: «Vamo’ arriba, uruguaya». Me sonreí sin levantar la cabeza y estiré una mano en señal de «estoy bien». Al tiempo que iba subiendo, la luz se volvía más intensa, algo celestial. Ya no hacía frío. Las lagunas eran de un color turquesa radiactivo, el dramático paisaje se había colado definitivamente en mi piel. La tormenta de la noche anterior aún amenazaba y era necesario que el cielo estuviese despejado para poder llegar al punto más alto del trekking: Punta Unión, a 4750 msnm, donde íbamos a ver la Cordillera Blanca en todo su esplendor. Había caminado por más de siete horas, estaba exhausta. Cada parte de mi cuerpo pesaba una tonelada pero estaba a pocos minutos de ver la cima, no podía detenerme. Con un hilo de aliento apoyé el pie en una roca cuadrada y con las manos me tomé de los paredones húmedos que estaban más arriba. Había repasado muchas veces este momento. Un valle, los nevados Alpamayo, Taulliraju y Artesonraju, el espectáculo estaba ante mí.

El sol ahora calienta. Mis compañeros aplauden, saludo, me siento una heroína. Llegamos, llegué.


 

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