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Fuera de juego

«Damas en bicicleta»: la imagen de la libertad

Publicado en 1897, Damas en bicicleta de F. J. Erskin es un manual de época victoriana escrito «para mujeres ciclistas por una mujer ciclista». En una época en la que todavía se cuestionaba si era adecuado el uso de la bicicleta por mujeres, nace esta guía con consejos y recomendaciones para las amazonas del pedal.

«Damas en bicicleta»: la imagen de la libertad

«Dejad que os diga lo que pienso de la bicicleta. Creo que ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo. Esa enorme sensación de independencia y de confianza… Siempre que veo a una mujer pasar a mi lado en bicicleta, me detengo y me quedo mirándola llena de regocijo. Es la imagen de la libertad, de la mujer sin límites». Corría la última década del siglo XIX y esas fueron las palabras de Susan B. Anthony —feminista y líder del movimiento estadounidense por los derechos civiles— para referirse a La Nueva Mujer que ya no quería solo mantener casas limpias o vivir bajo subordinación del hombre, sino que luchaba por el derecho al sufragio, a poseer bienes propios, a tener una vida digna. ¿Y qué tiene que ver esto con la bicicleta? Mucho: las mujeres encontraron movilidad por cuenta propia y ampliaron sus horizontes, con todo lo que eso significó.

Pero nada fue fácil. La mujer necesitó abandonar sus atuendos de corsés y polleras y encontrar una vestimenta acorde para el pedaleo; también fue necesario descubrir y cambiar los hábitos alimenticios, bien distintos para quien hace ejercicio; debió aprender de reparación y mantenimiento de su vehículo libertario, todo esto entre otros descubrimientos más. Este libro, Damas en bicicleta, se publicó en 1897. Sí, 1897, contemporáneo a la emancipación mencionada. De ahí su carácter fundamental para dos cosas:

  1. saber cómo funcionaron, paso a paso, aquellas acciones libertarias sobre dos ruedas.
  2. tener presente que lo que hoy damos por sabido antes necesitó romper reglas establecidas.

 

Así como Susan B. Anthony se refirió a la acción revolucionaria que, de alguna forma, se permitieron las mujeres en bicicleta, también existieron discursos contrarios: trataron a las ciclistas como poseedoras de una dudosa moral, las consideraron una especie de depravadas, las insultaron y agredieron constantemente, incluso hasta el apedreo, prácticas que llevaron adelante hombres y mujeres. La mayoría de todos estos casos fueron fundamentados por la siempre rigurosa (?) verdad científica: que las mujeres no podían andar en bici porque su organismo era más débil que el de los hombres, que podían tener trastornos nerviosos y hasta que perderían fertilidad. Por muy cómico (e idiota) que parezca, no fueron pocas las mujeres que padecieron todo esto.

Más allá de la traducción del inglés al español, el lenguaje de época es un componente muy fuerte de este libro. El trato de F.J. Erskine, la escritora, es de cercanía, siempre en tono de consejo, y con mucha fluidez en el manejo del lenguaje: es como si hablara aquella abuela rebelde que, sin perder la ternura, sentenciaba conceptos categóricos sobre cómo desenvolverse en el mundo que toca vivir, en su caso allá por el mil ochocientos noventa y tantos. «Puede que, aunque las instrucciones que acompañan al aparato sean excelentes, su dueña no las haya leído; ¡y ya pueden ser buenas las esperanzas, si le entran por un oído y le salen por el otro!», sugiere, inteligente, abuela Erskine.

La otra gran característica notoria de Damas en bicicleta es que no cuenta, no dice lo que pasó, no es la historia con el diario del lunes. Si bien, visto ahora, en ocasiones lo escrito peca de cierta condescendencia o ingenuidad, el libro crece en importancia como activo antropológico, sociológico y sociolingüístico, por citar algunas ramas de las ciencias humanas. Damas en bicicleta es una de las voces del presente, una forma de decir de aquel presente, que significó tantos cambios en el orden social y que, por sobre todo, marcó uno de los grandes cambios en la percepción de la feminidad.

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