El producto fue agregado correctamente
Narrativas magnéticas

«El futuro es baile, goce y derrumbe del cuerpo»: entrevista a Mónica Ojeda

Por Juan Camilo Rincón / Martes 07 de mayo de 2024
Foto: Jairo Vargas.

La escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, reconocida por la revista Granta como una de las 25 mejores narradoras en español y autora de libros extraños e inolvidables, nos regala una nueva novela. Conversamos con ella sobre Chamanes eléctricos en la fiesta del sol  (Penguin Random House, 2024) y sus chamanes, páramos, bailes, truenos y figuras míticas. 

Mónica Ojeda, nacida en Guayaquil, es una de las voces latinoamericanas más contundentes de la actualidad. Fue incluida en 2017 en la lista Bogotá39, una selección de los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años, y fue finalistas del Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero en 2020. Es autora, entre otros libros, de las novelas La desfiguración Silva (2014, Fondo Cultural del Alba y Premio Alba de Narrativa), Nefando (Candaya, 2016, incluida como una de las diez obras representativas del «nuevo boom de la literatura latinoamericana» según El País), Mandíbula (Candaya, 2018), y del libro de cuentos Las voladoras (Páginas de Espuma, 2020).

Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Penguin Random House, 2024) es una novela colmada de cantos, estruendos, galopes y truenos, tan protagonistas como Noa y Nicole y como los danzantes, los ritos y los mitos, las montañas y los volcanes que son la roca sobre la que se erige esta historia que transcurre en el año 5540 del calendario andino.

En su nuevo libro Ojeda nos lleva al festival retrofuturista Ruido Solar, escenario y primera parada del recorrido que emprende Noa, la joven que decide huir de una violenta Guayaquil en busca de su padre. «Una catástrofe natural, por más cruel que sea, trae consigo la resurrección», dice su amiga Nicole. Una catástrofe humana como el abandono también trae el resurgimiento, y en ese andar todos los asistentes al festejo descubren que «el infinito está en el accidente y en el error», que cada quien se mueve con el peso de lo suyo, y que para saber cómo domar a los diablos propios hay que preguntarle al volcán «cómo es que duerme con ese fuego». 

Entre páramos de voces antiguas, soñares viejos, llamados a los muertos y cantos que unen lo presente con lo ausente, «la fiesta siempre se hace sobre el duelo» y se convierte en puerta para celebrar la vida y el futuro. Así lo cuenta Mónica Ojeda para Intervalo


En Chamanes eléctricos en la fiesta del sol usted nos muestra otros modos de medir el tiempo (por ejemplo, por los terremotos que se han vivido, o los volcanes en erupción de los que se ha sido testigo). ¿Dónde nació esa concepción del tiempo?

El tiempo es geológico. Se mide en los pálpitos de la tierra, en sus respiraciones y en sus momentos de crisis. La tierra nos trae esa medida del tiempo cíclica que es la que encarnan los cuerpos originarios: la que nos habla de una repetición con variaciones, de la muerte y la resurrección. Lo que importa en la escritura es la recreación de esa experiencia del tiempo que es siempre física y psicológica y que incluso se conecta con la idea del ángel de la historia de Benjamín: una especie de presagio sobre el futuro que buscamos, como si fuéramos arqueólogos y espeleólogos, en la tierra.


Nicole habla de aquellos que creían que «tener un poco de cielo los haría más andinos». ¿Cómo ve usted el resurgimiento y la recuperación, a veces como moda o pose, de tradiciones milenarias o centenarias de los pueblos originarios?

Creo que a todo lo que nos acercamos sin respeto, solo con afán extractivista y de apropiación, es moda. En cambio, a todo lo que nos acercamos con respecto, con ganas de escuchar y desapropiarnos, es pensamiento.


Nicole también dice que «Júpiter suena a pájaros». Usualmente consideramos las aves y los planetas como dos entidades lejanas, una perteneciente exclusivamente al terreno de la vida cotidiana y terrena, y la otra casi al de una ciencia ficción inalcanzable. ¿Cómo puso en diálogo unos y otros elementos en esta novela?

Kepler escribió sobre la armonía de las esferas, que es una teoría antigua y medieval bastante conocida en la que se le asignaron notas a los planetas. Muy pronto ya pensamos el universo en clave musical. Los pájaros no solo cantan, sino que sus cantos están influenciados por la luz de las estrellas. Literalmente: la luz del sol determina el organismo y brújula de un pájaro cantor. No es cosa mía lo de vincular la música con los planetas y con los seres vivos: está ampliamente estudiado y comentado. Me parece, eso sí, fascinante. Nos hace pensar en eso que dice Suely Rolnik de que somos «cuerpos vibrátiles». 


Usted también hibrida lo ancestral, la naturaleza, lo místico, con todo aquello que tradicionalmente hemos relacionado con el «futuro» que en esta novela, claramente, se hace más difuso. ¿Cómo concibe el futuro?

El futuro es el pasado con variaciones. El futuro es el baile, es el goce y el derrumbe del cuerpo. El futuro es el presagio que nuestros padres ponen en nuestras manos. El futuro es la vida levantándose sobre la muerte y con la muerte. Concibo el futuro como el movimiento que hace que la vida sea posible: un movimiento de la imaginación.


¿Qué tanto debió investigar para crear esta historia?, ¿Esos referentes (el Diabluma, la geografía, las aves, los rituales, las danzas, los dioses, los personajes, etc.) ya estaban en su bagaje? De hecho, ya encontrábamos algo en los cuentos de Las voladoras.

Gran parte de lo que aparece en la novela ya lo conocía por haber vivido toda mi vida en Ecuador: el Diabluma, el Inti Raymi, los volcanes, los rituales, las danzas, los dioses, etc. Sí tuve que investigar mucho sobre música y sobre poesía relacionada a la música y al baile. También algún que otro mito sobre sirenas andinas.


Nicole habla de la escucha como un acto religioso (porque «el oído es una puerta a lo que no es de este mundo»). ¿Qué representan para usted el oído y el escuchar, y por qué son esenciales para esta historia?

Nietzsche dice que el oído es el órgano del miedo. Thomas Merton, que la poesía inventa el oído del paraíso. Cuando escribo, siento que la escritura es en gran parte un intento de inventar un nuevo oído y un nuevo tacto. Aprender a escribir es aprender a escuchar mejor, con más sensibilidad e intensidad, como más valentía. Tu cuerpo se abre a la posibilidad de que le ocurran cosas inesperadas: eso es la escucha. Implica un goce y un riesgo: puedes acabar en éxtasis escuchando música o un poema, pero también en los abismos más complicados de tu propia conciencia, porque los sonidos, la música, la poesía, el canto y la voz son evocadores, disparadores de la imaginación interior. Lo que uno lleva dentro puede ser sueño y puede ser pesadilla. Tenemos de las dos cosas dentro. Como dije antes: no hay goce sin derrumbe, y viceversa… y el oído lo sabe. 

[Portada de Chamanes eléctricos en la fiesta del sol. Random, 2023]. 


¿La escritura de este libro transformó o incidió de alguna manera en su concepción del tiempo y de la muerte? 

Mientras escribía estuve leyendo mucho a Elías Canetti y su Libro contra la muerte. Llegaban noticias de asesinados en mi ciudad natal, y yo abría ese libro y leía sus fragmentos como si fuera la biblia. Recuerdo un aforismo de Canetti en el que decía algo así como que no existen palabras con la fuerza suficiente para resucitar a un muerto. Entonces recordé un ensayo maravilloso de Zurita, «Los poemas muertos», en el que habla de cómo cada vez que alguien escribe un poema lo hace con la lengua de los muertos, es decir, la de aquellos que lo marcaron afectivamente, y enseguida pensé: claro que las palabras no pueden resucitar a un muerto y, sin embargo, lo hacen todo el tiempo. Escribir es un acto colectivo porque no solo se escribe con los vivos, sino con los muertos. Nuestras voces invocan a los que ya no están, seamos o no conscientes de ello.


En Las voladoras usted ya había explorado algunos de estos temas (brujas, seres y figuras de otro orden, páramos, sangre, sacrificios, música experimental, chamanes...) que acá tienen una connotación menos «oscura». ¿Cómo fue dar ese salto para narrar desde otra mirada?

La escritura es puro movimiento, pura exploración de la fascinación. Yo no escribo atada a ninguna atmósfera ni a ningún género, sino permitiendo que la escritura viva y pruebe posibilidades nuevas. Si no hay asombro en el momento de escribir es que no se está escribiendo, o al menos no literariamente. No decidí dar un salto cuando empecé a escribir esta novela, sino que ocurrió de forma natural, mientras probaba caminos que no hubiera transitado antes. Supongo que tiene que ver con eso: tiene que haber un riesgo, un desafío. Hay que refundar la mirada en la escritura propia una y otra vez.


Mario quiere ser Diabluma, asiste a los rituales, se viste, danza, baila, asume el personaje. ¿Por qué cree usted que nos atraen tanto los mitos y las leyendas?

Por la misma razón que nos atrae la literatura. Los mitos y las leyendas son formas poéticas del pensamiento: piensan la vida, la muerte, el deseo, los conflictos geográficos, lo político, lo racial, el tiempo. Son fuente de filosofía. Esa manera que tiene Occidente de separar el mythos del logos es absurda: no el mythos es logos y no hemos salido de él, simplemente vamos forjando nuevos mitos que, al estar vivos, son asumidos como realidades para nosotros. Para mí hay pura poesía, pura música y puro baile en el mito, es decir, hay literatura.


En algún momento nos dice que «Noa estaba instalada en el mito». ¿En cuáles mitos cree usted que estamos instalados hoy?

Noa está instalada en el mito porque vive y respira una razón poética. Busca un pensamiento bailable y cantable que encarnar. Nosotros encarnamos mitos todo el tiempo, el problema es que no es fácil hablar de ellos porque están vivos y los tomamos como realidades indiscutibles. Por ejemplo, para hablar de mitos contemporáneos: el mito del amor romántico, el mito de la heterosexualidad como una realidad biológica, el mito del capitalismo no extractivista, etc. El mito de un Dios está muy vivo para algunas personas. Hay muchos y variados.


¿Cómo «lee» usted la ciencia ficción latinoamericana que se está escribiendo hoy? ¿Cree que puede hablarse de una ciencia ficción de nuestra región?

No soy una entendida en ciencia ficción, pero me encanta La infancia del mundo de Michel Nieva y algunos de los cuentos de Liliana Colanzi que trabajan con elementos de la ciencia ficción. Lo que sí puedo decir es que la ciencia ficción también se alimenta, como todo género, de los imaginarios sociales de determinadas regiones, así que solo la ciencia ficción latinoamericana nos puede traer al niño dengue, por ejemplo. Abracemos eso. 

Productos Relacionados

También podría interesarte

×
Aceptar
×
Seguir comprando
Finalizar compra
0 item(s) agregado tu carrito
MUTMA
Continuar
CHECKOUT
×
Se va a agregar 1 ítem a tu carrito
¿Es para un colectivo?
No
Aceptar