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Pesadillas en tiempos de totalitarismo

Los sueños de la razón (1): «El Tercer Reich de los sueños», de Charlotte Beradt

Desde el ascenso de Hitler al poder en 1933, la propaganda nazi, los mecanismos de control y violencia estatales y la presión del sistema totalitario fueron en creciente aumento hasta impactar en la psique de los habitantes en Alemania. Fracisco Álvez Francese analiza El Tercer Reich de los sueños, de Charlotte Beradt, una recopilación de memorias oníricas entre 1933 y 1939.

«La pesadilla», de Henry Fuseli (1781)

Cuando en 1933 Adolf Hitler llegó al poder en Alemania, la periodista comunista Charlotte Beradt (1907-1986) comenzó a reunir los materiales que luego conformarían Das Dritte Reich des Traums (El Tercer Reich de los sueños), un libro extraño y de una belleza peculiar, escrito en un espíritu similar al monumental LTI. La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer (1947). En ese sentido, no obstante, si el filólogo se preocupó por recolectar los cambios en la manera de expresarse durante el auge del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y la importancia que esas alteraciones forzadas tuvieron en el devenir político del país y en la consolidación del nazismo, Beradt se encargó por su parte de recolectar sueños (pesadillas en general) de distintas personas, hombres y mujeres de los más variados contextos socioculturales, durante los años previos al comienzo de la guerra, en 1939.

En efecto, cuando en 1940 Beradt se exilie, llevará en los libros de su biblioteca, ocultos, estos «cuentos atroces» a partir de los que escribirá, ya en Estados Unidos y más de veinte años más tarde, un libro en el que los organiza, los pone en contexto y les da un sentido. En esta organización, en breves capítulos temáticos que siempre preceden un par de epígrafes, la investigadora va creando un catálogo de lo que ella llama «fábulas políticas» y arriesga interpretaciones a la vez que establece vínculos con hechos que o bien buscan explicar los sueños o bien parecen haber sido de algún modo predichos por los soñadores.

De este modo, Beradt crea una trama consistente en la que conjuga las memorias recolectadas a través de los años (más de 300, de las que selecciona las que, conjeturalmente, más le sirven para sus propósitos), fragmentos de historia y referencias a múltiples obras literarias que resuenan como anticipatorias (sobre todo las parábolas de Franz Kafka), otras que comentan directamente los hechos (como los versos de Bertolt Brecht) y un tercer tipo, del que estas pesadillas aparecen casi como precursoras (como el teatro de Samuel Beckett o las novelas de George Orwell). En esta combinación de fuentes y registros, Beradt se propone probar el verdadero alcance de un régimen totalitario (en el sentido en el que lo entiende Hannah Arendt, por otra parte amiga de la periodista y pieza fundamental para la publicación de este libro, en 1966) y su impacto profundo en la psique humana. En este afán, en sus comentarios a los sueños, demuestra la disolución de los límites entre el mundo público y el privado e ilustra, a través de muchísimos ejemplos, el grado en el que el control estatal logra intervenir incluso los subconscientes. Así, pasan por estas páginas casos de personas que sueñan con delatores, con los horrores de la burocracia, con la escenificación y la imaginería del régimen o padecen la eficacia de la propaganda agresiva de maneras muy variadas. En algunos de los casos, el efecto de la censura es tan fuerte, por ejemplo, que los soñadores sueñan que está prohibido soñar; en otro, una mujer dice en su pesadilla una palabra (Lord) en inglés por considerarla peligrosa.

El libro, efectivamente, tiene varios ejemplos en los que lo lingüístico toma importancia, sobre todo en el capítulo final, que reúne varios sueños de judíos. En uno de ellos, acaso el más elocuente, el soñador está perdido (de todos los lugares) en el desierto cuando encuentra agua. Sin embargo, comprende que no puede beberla salvo que se exprese en la extranjera «lengua del desierto», ante lo que dice preferir morir de sed. El terror por la pérdida de la lengua y por la claudicación ante lo «extranjero» tiene, según Beradt, una evidente connotación en un país en el que las prácticas, costumbres y tradiciones del pueblo judío estaban condenados, pero en el que también lo «propio» (la lengua alemana, presente en versos o canciones) les era arrebatado.

Aunque se pueden hacer (y se han hecho) críticas a la forma en la que están seleccionados lo materiales o a la metodología de trabajo de Beradt, estos fragmentos puros de los temores y ansiedades de los berlineses en la víspera de la Segunda Guerra Mundial guardan, además de un inmenso valor como testimonios, inagotables potencialidades, en su poder de evocación y de sugestión, y sirven como una suerte de retrato en negativo, nocturno, de uno de los períodos más oscuros del siglo XX.

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