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Leé un fragmento de «El vagabundo de las estrellas», de Jack London (Estados Unidos)

Compartimos la introducción a El vagabundo de las estrellas, de Jack London, escrita por Fernando Savater, y las primeras páginas del libro, publicado por Nórdica Libros, para que disfruten del placer de leer a este enorme escritor estadounidense.

Leé un fragmento de «El vagabundo de las estrellas», de Jack London (Estados Unidos)

Jack London nació en San Francisco, en 1876 como John Griffith Chaney y murió en Glen Ellen, en 1916. Fue un novelista y cuentista estadounidense de una obra muy popular, en la que figuran clásicos como La llamada de lo salvaje (1903), que llevó a su culminación la aventura romántica y la narración realista de historias en las que el ser humano se enfrenta dramáticamente a su supervivencia. Muchos de sus títulos han alcanzado difusión universal. En 1897 London se embarcó hacia Alaska en busca de oro, pero, tras múltiples aventuras, regresó enfermo y fracasado, de modo que durante la convalecencia decidió dedicarse a la literatura. Un voluntarioso período de formación intelectual incluyó heterodoxas lecturas (desde Kipling hasta la filosofía de Nietzsche) que le convertirían en una mezcla de socialista y fascista ingenuo, discípulo del evolucionismo y al servicio de un espíritu esencialmente aventurero. Nórdica Libros ha publicado, en unas ediciones ilustradas y muy cuidadas, La llamada de lo salvaje y El vagabundo de las estrellas, del que les compartimos la introducción, escrita por Fernando Savater y las primeras páginas del libro.


LA IMAGINACIÓN COMO LIBERTAD

Fernando Savater

Los escritores estimulan la imaginación de sus lectores por medio de las historias que les cuentan; pero unos pocos logran también ese mismo objetivo con sus propias biografías: Voltaire, Tolstói, Yukio Mishima… Es un caso nada infrecuente, sobre todo entre escritores norteamericanos, desde Edgar Allan Poe y Melville hasta Dashiell Hammett. Y Jack London, por supuesto.

La vida de John Griffith, que firmó su obra imperecedera —o más modestamente, que durará junto a las más longevas hasta el acabamiento universal— como Jack London, lo tiene todo para despertar el interés y, si no me equivoco, la simpatía de la mayoría de los aficionados a la literatura. Hijo de un astrólogo y una adepta al espiritismo, fue un niño miserable, autodidacta esforzado, que vagabundeó por oficios tan diversos como cazador de focas en Japón, peón caminero en Canadá y los Estados Unidos o buscador de oro en Alaska. Después se hizo periodista y más tarde novelista, llegando a ser autor de algunos de los primeros bestseller de Norteamérica. Políticamente militó siempre en movimientos de izquierda —con los que su individualismo radical no hizo nunca, sin embargo, buenas migas del todo—, por lo que en sus novelas trata de compaginar el afán de aventuras del héroe solitario con la preocupación social del sujeto concernido por la colectividad. Pasó de la miseria a la opulencia, se arruinó varias veces, abusó del alcohol, acometió numerosos viajes y dos conflictivos matrimonios, hasta que finalmente se suicidó a los cuarenta años. No sé qué opinarán ustedes —la verdad es que me trae sin cuidado—, pero yo le tengo por uno de los personajes más simpáticos de la historia de la literatura.

Las obras más célebres de Jack London son sin duda sus novelas del Gran Norte —La llamada de lo salvaje y Colmillo Blanco—, su ambiguo thriller marino El lobo de mar y su relato semiautobiográfico Martin Eden, así como numerosos cuentos magistrales. Pero mis preferencias se decantan por dos narraciones mucho más extrañas, su epopeya prehistórica Antes de Adán y, sobre todo, El vagabundo de las estrellas, que para mí será siempre El peregrino de la estrella, porque así se llamaba la traducción en la editorial valenciana de antes de la guerra donde la leí por primera vez siendo adolescente.

Esta novela admirable, a mi juicio única en el sentido más noble de la palabra (que no excluye, sino que casi supone, las numerosas imperfecciones y hasta deformidades de la auténtica innovación), contiene diversos relatos y numerosas perspectivas: es un cuento fantástico y una despiadada crítica social de los abusos de poder, una novela de aventuras y una meditación metafísica sobre nuestro destino, un canto a la imaginación humana y una reivindicación de la libertad y del coraje. Sobre todo, es una privilegiada metáfora del placer emancipador de la lectura, el cual juntamente se encarga de mostrar y demostrar.

Mucho antes de que la expresión «realidad virtual» se hiciera trivialmente común en nuestros días, este libro nos habla del espíritu como acaparador de todas las virtualidades si sabemos potenciarlo de modo conveniente, aun en las circunstancias menos favorables o más atroces. El peregrinaje anímico y la multiplicación vital que el protagonista encarcelado logra por medio de la tortura está al alcance de cualquier verdadero lector, o incluso de quien sea capaz de imaginar sin cortapisas o sin temor.

Pocas obras literarias son tan capaces como esta de hacernos sentir físicamente, casi dolorosamente, el peso de lo que nos encadena y el poderío de lo que nos hace infinitos. Ahora la releo y envidio a los jóvenes que vayan a conocerla por primera vez.

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