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reseña

La voz del cuerpo

Martín Cerisola descubre la narrativa del boliviano Maximiliano Barrientos y presenta esta reseña de la última novela del autor, en la que, desde los escombros y el dolor, se alza una voz que lo quiere decir todo y que lo logra, entonces, en En el cuerpo una voz, publicada por Eterna Cadencia en 2018.

La voz del cuerpo

No es fácil acceder a la literatura boliviana. Conozco a muchos autores chilenos, argentinos, peruanos, colombianos, brasileros, etc., pero no puedo nombrar a casi ningún boliviano. 
Esto no debe ser casual, y por eso es una buena noticia que Eterna Cadencia esté publicando la obra de Maximiliano Barrientos, narrador de Santa Cruz de la Sierra, nacido en 1979.

Esta historia sucede después de una devastación. Estamos en un paisaje mítico que se imagina después del colapso. Aquí todo está destruido, todo son escombros, campos incinerados, restos de casas, cuerpos mutilados, olores fétidos y carnes que se pudren al sol.
El pasado no va a volver y es mejor hacer como que nunca existió, porque su anhelo carcome. Todo está ahora azotado por una intemperie desprotegida.

El protagonista, Rodolfo, ha sido contratado para relevar un testimonio colectivo de la masacre. Asistimos a la historia de su voz. Su hermano, su mujer y su perro han sido asesinados también. Su testimonio es el de todos: sobrevive en un territorio donde la ley ha dejado atrás su maquillaje civilizado y muestra su ominosa deshumanización.
La afectividad no existe. Tampoco la confianza. Recordar los tiempos en que el mundo era otro y había lugar para el amor es una debilidad que se paga con la muerte: los débiles son comidos; sus cuerpos cuelgan descuerados y se cocinan para alimentar a las brigadas.
Lo humano es ahora solamente una amenaza: el otro puede devorarme.

Pero hay, además de la anécdota, otra historia: el proceso interior de las personas va franqueando los límites de lo aceptable hasta una brutalidad apática que consiente sin dejarse afectar; sin corazón.
«De ahora en más somos otros», dice el protagonista a su mujer muerta.
La vida feroz va adormeciendo todas las alarmas, y un genocidio es siempre un mandato que contagia a todos y que inocula en todos la misma indolencia, la misma aceptación de lo que no puede ser y que, sin embargo, está entre nosotros y rige.

Cada amanecer, la luz del día es un destello tortuoso. El mundo se ha convertido en un lugar sin garantías donde todo es posible y donde ya nada importa.

Barrientos construye una historia posapocalíptica en la que el terror cotidiano va minando la siquis de la gente hasta que las voces son espectros de lo que eran.
Todo puede leerse, si se quiere, como una gran analogía del poder. Y si bien hoy, en nuestro mundo «real», la ley conserva aún ciertos márgenes de civismo, el horror crudo y naturalizado es una latencia que esta historia pone de manifiesto.  

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