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Los límites del consentimiento

La carta robada: sobre Vanessa Springora y el affaire Matzneff

Vanessa Springora es editora francesa y recientemente publicó Le consentement, un relato autobiográfico que denuncia la pederastia ejercida por el escritor Gabriel Matzneff con el que mantuvo una relación a los 14 años (él tenía 50). Francisco Álvez Francese, desde Francia, nos presenta esta publicación que se interroga sobre los límites del consentimiento.

La carta robada: sobre Vanessa Springora y el affaire Matzneff

A principios de año, el llamado affaire Matzneff ocupó muchas páginas de los diarios franceses tras la salida del libro Le consentement, en el que Vanessa Springora cuenta la relación que tuvo con el escritor cuando era menor de edad. El efecto fue inmediato: el autor, avisado por alguien cercano, huyó a Italia y en marzo Francesca Gee contó al periodista Norimitsu Onishi que ella también había vivido con él una relación traumática, a sus quince años. El caso, que involucra a muchas figuras centrales del mundo editorial y político francés (incluídos el expresidente François Mitterrand y Christophe Girard, adjunto de cultura de Anne Hidalgo, la recientemente reelecta alcaldesa de París), significó la revelación de lo que, en esencia, siempre había estado a la vista.  

El concepto de consentimiento, por su carácter subjetivo, a la vez íntimo y social, es de difícil definición y está desde hace tiempo en el centro de las discusiones sobre la sexualidad. En efecto, parece difícil marcar qué significa exactamente consentir: ¿es decir, en voz alta, que ?, ¿alcanza con un gesto?, ¿se necesita firmar algo?, ¿tiene que haber testigos? Más allá de estas discusiones, más o menos fértiles, cuando se habla de menores el tema se vuelve todavía más complejo (o más simple), porque ¿puede haber verdadero consentimiento entre una persona de, por decir algo, 15 años y otra de 40?

Ese es el tema que, con un libro que salió a principios de este año, la editora francesa Vanessa Springora puso en el medio público. Lo más notable, sin embargo, es que lo que cuenta en ese libro autobiográfico no es precisamente un secreto sino más bien una cosa sabida, al menos, por buena parte del público lector. Springora, de hecho, no hace sino relatar, desde su punto de vista, lo que ya aparecía, de varias maneras, en gran parte de los libros publicados por Gabriel Matzneff, el escritor con el que tuvo una relación cuando ella tenía 14 años y él 49.

Autor prolífico de ensayos, cuentos, novelas, poemas y crónicas, Matzneff es un apologista público de la pedofilia, como se puede ver en sus obras, tanto las de ficción como en sus ensayos (notablemente, Les moins de seize ans, de 1974) o en varios pasajes de la quincena de tomos de sus diarios que llevaba publicados hasta 2019 y que hoy la editorial Gallimard sacó de circulación. La historia que ahora y por primera vez cuenta Springora, entonces, no es nueva para los lectores de Mes amours décomposés (1990), por ejemplo, que da cuenta del período en el que se conocieron y que le valió uno de los pocos enfrentamientos en un ambiente literario.

Fue la escritora Denise Bombardier quien en el programa Apostrophes se mostró por primera vez asqueada por las obras del diarista ante un público, incluido el conductor del programa (el mítico Bernard Pivot), divertido. Este enfrentamiento, no obstante, hoy cobra un nuevo tono. De hecho, Bombardier misma, nacida en la parte francófona de Canadá, traía ya en ese momento a primer plano uno de los temas que sobrevuelan la cuestión en Francia, desde MeToo en adelante, al invocar su lugar de nacimiento, porque es cierto que gran parte de la cuestión se ha basado en una discusión entre el puritanismo norteamericano en oposición a la liberación sexual francesa, con un fuerte revisionismo del Mayo del 68, momento clave del pensamiento reciente.

En este sentido, mientras algunos celebran ese momento como un logro en el avance de la libertad sexual, otros marcan que, en esta idea de liberación, muchos grupos quedaron excluídos y muchas voces fueron silenciadas. Ciertamente, en su ataque a «la familia burguesa», varios de los principales pensadores del movimiento se vieron envueltos en episodios lamentables, como apoyar una carta para despenalizar la relaciones entre adultos y menores. La paradoja, sin embargo, es evidente, porque gran parte de los conceptos que hoy se usan para pensar en estos temas derivan de los mismos escritores, filósofos y novelistas que en ese momento firmaron aquellas cartas o escribieron esos artículos.

En el caso Matzneff, el tema parece ser más sencillo: dueño de una prosa trabajada (recientemente, en la revista lundimatin salió un excelente ensayo sobre su estilo), lo cierto es que no pasa de ser un escritor menor y que su comportamiento es a todas luces repudiable, ya que no solamente defendió la pedofilia —en un impulso pretendidamente emancipador que no tomó nunca en cuenta la voluntad de los supuestos «emancipados» y los privó de la palabra a la vez que los declaraba libres y responsables de su destino— sino que además esa defensa, ese trabajo intelectual, ese movimiento a la vez político y marketinero, le sirvió como manera de promover su obra y como base y fundamentación para sus propias prácticas pedófilas, sobre todo con preadolescentes en Francia y con niños en las Filipinas, donde compraba el «consentimiento» con útiles escolares.

En su libro, Springora expone todas estas cosas con una tranquilidad admirable, que acaso le dieron los muchos años de sufrimiento casi en soledad, mientras veía su vida, sus cartas, su historia siendo publicada una y otra vez al tiempo que su agresor ganaba premios arreglados y cobraba subsidios estatales. Así, su libro es, además de un testimonio de su experiencia, un ensayo sobre el poder de la literatura como modo de supervivencia: si Matzneff la sedujo con su aura de escritor y luego la privó de la escritura a la vez que la volvía un personaje más de sus obras, ella ahora se muestra como autora por primera vez, expone su cara en la faja de cubierta, pone su nombre completo en la tapa, mientras él (como informó una nota de Norimitsu Onishi publicada en el New York Times) desaparecía en el semi anonimato en la Riviera italiana.

El proceso, sin embargo, es lento: Springora revisita con honestidad su infancia, su familia (su padre abandónico y violento, la inestabilidad económica que hacía que su madre estuviera ausente gran parte del día), sus problemas de autoestima y el impacto que el hombre que le presta atención y la halaga tiene en ella, la violencia médica que sufre luego, y el delicado proceso de borramiento de sí misma al que la lleva Matzneff a través de gestos en apariencia triviales, como dictarle una tarea de redacción, a ella que sentía tanto respeto por la escritura.

Este deslizamiento, de «musa a personaje de ficción», la pérdida de su voz, la lleva a los cuestionamientos más profundos, en un viaje que es el del libro, que acompaña las dudas, los sentimientos de supuesto amor y el desamparo de Springora, hasta la lenta contemplación de su situación y la revelación de una verdad que requiere ser vista, visitada.

En este recorrido, la escritora arma su autobiografía en torno al concepto del título y a las experiencias de su juventud se agregan —mediante la publicación, por parte del escritor y sin consultarlo con nadie, de fotos (en webs con servidores en otros países), de cartas y de anécdotas apenas veladas— nuevas vejaciones que complejizan (o, una vez más, simplifican) el concepto inicial, que Springora piensa en relación a la idea de vulnerabilidad. En su impulso por comprender y comprender su historia, la víctima devenida autora narra o vuelve a narrar episodios centrales de su vida, comenta obras relacionadas (ensaya, incluso, una defensa de la Lolita de Nabokov), y, si es posible pensar en un libro como este meramente en términos literarios, logra, a través de su prosa reposada, ajena por lo general a los lugares comunes habituales, un relato casi de crecimiento, de aceptación y, en su honestidad y en su despojamiento, alcanza momentos de gran intensidad.

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