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el escritor que quería ser cantante

James Cain sigue llamando

Por Hugo Fontana / Jueves 22 de noviembre de 2018

Escritor de exitazos de esos que se llevan a la pantalla grande, como El cartero llama dos veces, James Cain es presentado aquí a través de la pluma de Hugo Fontana, nuestro experto en las novelas negras más atrapantes de la literatura.

Hugo Fontana

Siendo muy joven, James M. Cain (Maryland, Estados Unidos, 1892-1977) sufrió una severa decepción: cuando su madre, cantante de ópera, lo escuchó hacer sus primeros ejercicios vocales y confesarle que quería dedicarse al bel canto, de inmediato lo desalentó, aconsejándole invertir el tiempo en otra actividad más provechosa, por ejemplo, escribir. Fue así que, convocado a filas durante la primera guerra mundial y con asiento en París, el muchacho se encargó de redactar innumerables notas para una revista del ejército. Cuando regresó a su país, se empleó en The Baltimore Sun hasta que, apenas comenzada la década del treinta, viajó a Hollywood para redactar guiones, oficio que le permitió conocer a William Faulkner y Francis Scott Fitzgerald, entre otros colegas.

En 1934, recién después de haber cumplido cuarenta y dos años, dio a conocer su primera novela, acaso una de las más importantes del siglo XX: El cartero llama dos veces. Alguna vez Jorge Luis Borges dijo que el mejor título que conocía era Si una noche de invierno un viajero, de la novela de Italo Calvino, pero el de Cain no le va en saga y con el paso del tiempo se ha convertido en una de esas imágenes indelebles de la literatura. En la novela se narran las desventuras de Frank, un gandul que vagabundea por la Costa Oeste, y de Cora, la esposa de un griego bastante mayor que ella, que regentea una gasolinera y taberna de mala muerte en una carretera de ningún lugar.

Desde la publicación de El cartero llama dos veces ninguna historia de amantes que planeen el asesinato del marido (y han sido, por cierto, muchas) puede disimular la deuda que mantiene con el libro de Cain. En 1939 el director francés Pierre Chenal la llevó al cine sin demasiada fortuna y con un título espantoso: Le dernier tournant (El último turno). En 1943, un joven Luchino Visconti dirigió Obsesión, también basada en la novela, con un poco más de suerte. Pero habría que esperar hasta 1946 cuando Tay Garnett filmó su notable versión y puso en el papel de Cora a la espectacular Lana Turner, y a John Garfield en el de Frank, excelencia que se repetió en 1981 cuando Bob Rafelson dirigió a Jessica Lange y a Jack Nicholson en los papeles principales, protagonizando algunas escenas inolvidables.

El argumento de El cartero llama dos veces, femme fatale que seduce a hombre más o menos atribulado, y que por culpa de ella se convierte en criminal, habría de mantener su estructura, aunque en ámbitos completamente distintos, en la mayoría de las novelas que desde entonces Cain iría dando a conocer. Dos de las más famosas fueron Doble indemnización, también llevada al cine y conocida como Pacto de sangre (Billy Wilder, 1944, con guion de Raymond Chandler), y Mildred Pierce (El suplicio de una madre), un melodrama con algunos toques policiales. Esta novela también fue adaptada cinematográficamente con distinto brillo: hay una memorable versión de 1945 con una estupenda Joan Crawford, y una miniserie de 2011 protagonizada por una monótona y poco explicable Kate Winslet.

En 2012 se publicó una novela que se creía perdida, The Cocktail Waitress (traducida como La camarera), que escribió poco antes de su muerte. En sus páginas, una mujer es acusada de matar a sus dos primeros maridos, repitiendo otra de las constantes de la narrativa de Cain: el carácter fatalista que parece dominar toda conducta humana, y el inútil esfuerzo por escapar de una condición que nos acompaña desde el nacimiento. Como buena parte de los exponentes del género noir, esta obra fue ávidamente leída por los existencialistas franceses, y hasta el propio Albert Camus reconoció su influencia en El extranjero.

La vida de Cain tuvo sus altibajos. Se casó tres veces y otras tantas se divorció. Fue muy famoso pero murió en una humilde casa de Hyattsville, solo, casi olvidado y buscando repetir el gran éxito de sus primeras épocas. Sus personajes se hicieron cada vez más parecidos a él.

De El cartero que llama dos veces:

Ella se quedó inmóvil un buen rato, con una de mis manos fuertemente apretadas entre las suyas.
—Frank, ¿me quieres?
—Sí.
—¿Me quieres lo suficiente como para que nada te importe?
—Sí.
—Hay una solución.
—¿No me dijiste que no eras una arpía?
—Lo dije y así es. No soy lo que tú crees, Frank. Quiero trabajar y ser algo, nada más; pero eso no es posible sin amor. ¿Sabías eso, Frank? Por lo menos, a una mujer no le es posible. Yo ya cometí un error y no me queda otra cosa que ser por una vez una arpía, para arreglarlo. Pero te juro que no soy una arpía, Frank.
—Al que hace eso lo mandan a la horca.
—Si uno lo hace bien, no. Tú eres un hombre listo, Frank. A ti no he podido engañarte ni un segundo. Estoy segura de que se te ocurrirá la manera. No te aflijas; no soy la primera mujer que ha tenido que convertirse en arpía para salir de un atolladero.
—Pero Nick no me ha hecho nada. Es un buen hombre.
—¡Un buen hombre! Te digo que apesta. Es grasiento y apesta. Además, ¿crees que voy a permitir que uses un guardapolvo sucio, con unas letras que digan «Servicio de parking de coches» en la espalda? ¿Crees que puedo permitir eso mientras él tiene cuatro trajes y una docena de camisas de seda? ¿Acaso no es mía la mitad del negocio? ¿No cocino? ¿No cocino bien? ¿No trabajas también tú?
—Hablas como si no fuera nada malo.
—¿Y quién va a saber si es bueno o malo más que tú y yo?
—Tú y yo.
—Así es, Frank. Eso es todo lo que importa, ¿no? No «tú y yo y el camino», o cualquier otra cosa que no sea «tú y yo».
—Sin embargo, tienes que ser una arpía. No podrías hacerme sentir lo que siento si no lo fueras.
—Eso es lo que vamos a hacer. Bésame, Frank. En la boca.
La besé. Sus ojos estaban alzados hacia mí como dos estrellas azules. Era como estar en la iglesia.

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