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la dimensión levrero #3

El puente de todas las almas

Con la parapsicología ya instalada en nuestro imaginario de Mario Levrero, Matías Núñez nos propone conocer el París levreriano, mencionando también otras de las fascinaciones del escritor, como la que tenía por Carlos Gardel, y su experiencia sensorial como un «otro» de otra tierra.
El puente de todas las almas

Burdeos, 1972 y La novela luminosa fueron escritas por Mario Levrero en forma simultánea. A diferencia de lo que ocurre en el extenso prólogo de La novela luminosa, que en sus cientos de páginas prepara al lector para la presentación de una serie de experiencias «luminosas» —o, mejor dicho, místicas—, Burdeos, 1972 recupera la memoria de la estancia de Levrero en esa ciudad sin demasiados pruritos a la hora de narrar la irrupción de eventos paranormales en la vida cotidiana y familiar.

El disparador de este viaje, según Marcial Souto, es el amor. En un cóctel en la Alianza Francesa de Montevideo, durante una fría noche de invierno, Levrero se posiciona junto a un radiador de la calefacción para templar los huesos. Sobre el final de la velada, descubre que la fuente de calor no es un calefactor sino una mujer (según el Manual de parapsicología, esto se conoce como termogénesis, un fenómeno que en algunos casos ha llegado a producir incendios). Con esta mujer, presentada como el personaje de  Antoinette, Levrero emprenderá un intempestivo viaje a Francia y conocerá su ciudad fetiche: París.

Si bien en Burdeos, 1972 París se muestra como una «ciudad luminosa», es cierto también que el viaje y la pérdida de los lugares de referencias suponen para Levrero una crisis de identidad enajenante que lo confrontará con la aparición una serie de fuerzas inconscientes que se sublevan contra semejante agresión. La primera pérdida, especialmente removedora para un escritor, es la de la lengua materna. La manifestación más contundente de lo desarticuladora que es esta experiencia (más allá de los absurdos y graciosísimos malentendidos a causa del idioma con los «burdeleses», presentados en forma caricaturesca) tiene que ver con el aprendizaje inconsciente del francés que padece el autor. Pero Levrero no solo aprende el idioma por medios desconocidos sino que también percibe un conjunto de informaciones que afloran y toman el control de su ser mientras lee el diario en el baño y tiene el casi irrefrenable impulso de suicidarse saltando por la ventana. La escena del «no suicidio», desarrollada magistralmente, nos muestra a un Levrero que de pronto olvida el español y recorre una página tras otra de Le Monde como si dominara el francés desde siempre. De acuerdo a este artículo que encuentra en el diario sobre estadísticas de suicidio —que lee sin que sea percibido en su dimensión consciente debido al idioma—, las profesiones más susceptibles a la autoeliminación son la de profesor y, claro, la de escritor. Como ya fue dicho en notas anteriores, el Manual define esta habilidad de aprender un idioma de forma inconsciente como xenoglosia o «don de lenguas», famosa como síntoma en los casos de posesión demoníaca. Esta mención a fuerzas irracionales no es caprichosa, sobre todo si se toma en cuenta que Levrero define a la energía que lo mueve durante la escritura como daimon o demonio creador (al parecer, el demonio creador no estaba muy de acuerdo con el silenciamiento al que se le estaba sometiendo).     

Su pareja —por cierto, profesora de secundaria— atraviesa un período de depresión debido a su reciente divorcio y parece haberse olvidado completamente los contenidos que enseña debido, según Levrero, a un bloqueo resultante de su inseguridad. La convivencia avanza hacia el abismo, no solo por la difícil relación con la hija de ella, sino porque Levrero se declara incapaz de revertir la sensación de abandono que produjo el divorcio, de ocupar el lugar de otro (ni siquiera después de haberse convertido en otro). La crisis eclosiona cuando una noche, de forma completamente inesperada, Levrero descubre que Antoinette padece episodios de sonambulismo (el estado de trance más profundo, según el Manual) y durante este estado, repasa los contenidos curriculares que cree haber olvidado conscientemente. Levrero se dice, entonces, que convive con dos extraños: con su pareja… y consigo mismo.

Y es que otra de las pérdidas resultantes del viaje en términos de identidad tiene que ver con un mito fuertemente arraigado en su personalidad: Carlos Gardel. La pérdida resulta del intento de compartir su fascinación por el zorzal criollo con Antoinette. Luego de preparar con mucho cuidado una audición para ella, Levrero pone a sonar el disco y escucha a Gardel por primera vez, como lo escucha su pareja (de nuevo el Manual: telergia, percibir las sensaciones y pensamientos inconscientes del otro… y en este caso, confundirlas con las emociones propias). La grabación le parece horrenda y sin sentido, como si fuera un extranjero sometido a los compases del tango sin el archivo sensible que media nuestros consumos culturales. Quizá el lector puede identificarse con esta situación de ajenidad si piensa, por ejemplo, en la primera impresión que sintió al escuchar alguna música tradicional de otro país; si no la tiene presente, recomiendo buscar en Youtube música gutural de Mongolia. Y si los borborigmos chamánicos de los mongoles no le producen ningún tipo de extrañamiento, imagine entonces que un buen día siente un absoluto desconcierto frente al irreconocible sonido que produce su propia voz en una grabación, una experiencia bastante común, pero imagine ahora que esa ominosa sensación, de que al hablar escucha a alguien más, a alguien que no es usted, no lo abandona, persiste. Algo similar le ocurre a Levrero con Gardel en Burdeos.

Pero en el período de extrema sensibilidad en el que vive Levrero durante su estancia francesa, también pueden encontrarse momentos de comunión con el entorno. Por ejemplo, cuando cruza el puente Alejandro III y siente que tanto las aguas como cada pieza de metal del puente y todas las almas que han dejado su presencia al recorrer ese lugar se comunican con él. Esto también se explica el Manual como episodios de psi-gamma: psi por la primera letra de palabra griega psikhé, y que Levrero entiende como «alma» o «mente», y gamma por la primera letra de la palabra griega gnosis, «conocimiento». Es decir, un conocimiento que surge en la mente o el alma, sin explicación racional.

Ya desde el primer momento me produjo una emoción extraña, porque a los lados tenía unos parapetos con cubierta de cobre o broce oxidado, verdoso, en sí mismo algo bello y al mismo tiempo respetable porque transpiraban antigüedad [...]        Ahí, parado, apoyado en aquella baranda verdosa, mi vista se perdió a lo lejos, atravesando ese aire transparente y etéreo, atravesado por brillos juguetones de los rayos del sol que subían por el río, y de pronto, desde allá lejos, hubo algo impresionante que avanzaba velozmente hacia mí. Yo ya estaba sintiendo que por fin estaba donde siempre había debido estar; que ése era mi lugar en el mundo, que yo pertenecía a ese lugar, que en ese momento, por fin me había encontrado conmigo mismo. No hubo nada visible, ni tangible, pero esa legión de espíritus -una legión de antepasados- venía desde allá lejos, la sentía venir, a toda velocidad; y había voces como entonando un canto caótico y sutil, como un lejano rumor de multitud que solo yo podía oír, y «oír» no es la palabra; y sentía que venían por mí, y a mí, y llegaron muy pronto y se me fueron metiendo adentro, todos ellos, y eran cientos y miles y millones, y eran muy viejos, muy viejos, y me daban la bienvenida, me querían me reconocían y me pedía que los reconociera, y desbordaron, no cabían adentro, y di un grito y se transformó en llanto, un llanto casi aullado, convulso, de placer y dolor, iluminación y agradecimiento, de... Entre lágrimas vi la cara espantada de Antoniette y vi la cantidad de gente que pasaba a nuestro lado con expresión de asombro; y entonces me empecé a reír, a carcajadas, tosiendo, hipando, moqueando, sin dejar de llorar, mientras le hacía señas a Antoinette de todo estaba bien, todo estaba muy bien. 

Este modo de desindividuación que permite ser uno con el universo, y que en La novela luminosa es referido a partir de sueños y apasionados encuentros sexuales, tiene en Burdeos, 1972, que es un libro póstumo, una significación doble. Por un lado, la expresión de una vivencia mística sin rodeos. Por otro, ofrece la oportunidad de identificar los matices y variantes de la temática mística a lo largo de la obra levreriana, ya que este mismo episodio del puente Alejandro III había sido desarrollado años antes en el cuento «La cinta de Moebius» (del libro Todo el tiempo) desde una estrategia ficcional concentrada en la creación de una atmósfera onírica e hipnótica. En Burdeos, 1972, en cambio, la escena se proyecta desde la modulación de la autofiguración, de la escritura de memorias y, por qué no, de la confesión. Es decir, si el lector interconecta la lectura del Manual de Parapsicología, «La cinta de Moebius», Burdeos, 1972 y la novela París encontrará varios de estos bucles de temática mística como si se desplazase entre universos paralelos. 

Pero a pesar de esta especie de aleph alucinado que experimenta Levrero en Francia, la necesidad de regresar a Uruguay se hace cada vez más evidente. Y toma carne definitivamente cuando en un mercadillo callejero de Burdeos, como al pasar, una imagen se aloja en su percepción y lo hace volver sobre sus pasos hasta uno de los puestos, que recorre con la mirada sin saber bien qué es lo que está buscando, hasta que, en un breve recuadro apenas visible entre muchas discos apiñadas en desorden, reconoce una franja negra y brillante, prolijísimamente peinada a la gomina, que lo instala en uno de los momentos fundacionales de su identidad: la complicidad con su tío, cuando él era todavía un niño, al escuchar a Carlos Gardel. Levrero compra el disco y corre a escucharlo, no sin temor a que se repita la experiencia de enajenación que le hizo sentir el tango como un ruido insoportable a lata oxidada. Por suerte para él, Gardel canta como siempre… o, incluso, mejor. Levrero ha recuperado el gusto y la antigua forma de sentir, de vivir. La vuelta a Uruguay está decidida.

Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenan mi soñar.
Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar.
Gardel y Le Pera, «Volver»

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