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las geografías de Hernán Ronsino

Un poema largo y estrecho

Débora Mundani nos cuenta acerca de la última novela de Hernán Ronsino, Cameron, en la cual se reafirma la búsqueda poética, y la brillante capacidad del autor para construir territorios literarios que no son geográficamente los nuestros, pero tampoco nos son ajenos.

Foto: Lihue Althabe

Un hombre deambula por su casa. Busca el sueño, que no llega. Observa la ropa colgada que dejó Mita, la empleada, antes de abandonarlo como lo hace todos los inviernos. Esas prendas le recuerdan las reses de un frigorífico. Cadáveres. Deambula y piensa en los detalles, su filosofía secreta. Cameron, hijo, nieto y bisnieto de Julio A. Cameron, recuerda.

La última novela de Hernán Ronsino, autor de la trilogía pampeana La descomposición (2007), Glaxo (2009) y Lumbre (2013), reafirma la búsqueda de una poética y la construcción de un territorio literario que puede darse el lujo de desdibujar los escenarios como si se tratara de una alucinación, donde las referencias geográficas y climáticas parecen haberse perdido pero la brújula siempre apunta hacia el mismo lado. Cameron crea un nuevo espacio. Una ciudad que no es su Chivilcoy natal. Tampoco alguna otra que pueda reconocerse fácilmente en el hemisferio sur, ya que nieva en enero, aunque las referencias políticas y el contexto histórico delaten la procedencia de esta estirpe familiar.

La novela transcurre en una ciudad sin nombre que, luego de ser bombardeada, muchos años antes al tiempo del relato, pierde la única conexión terrestre con las ciudades vecinas. Seis años lleva la reconstrucción del Puente de Hierro. Y es Cameron, el último del linaje, uno de los jóvenes que integra la cuadrilla de trabajo, al mando de un ingeniero húngaro. Mientras dura la reconstrucción, el agua es el único medio por el que pueden llegar bienes y personas a la ciudad, temporal y azarosamente, insular. Una ciudad que, como casi todas, tiene una zona rica y otra pobre. Pero que, por un error, piensa Cameron muchos años después del bombardeo, fue construida «injustamente»: los pobres viven en el Alto y los ricos, a la orilla del río, víctimas de los desbordes fluviales.

Pero no solo los ríos pueden salirse del cauce. Julio Cameron, quien parece haber tenido todo bajo control durante décadas, también se desborda. Al comenzar el relato, pocas cosas se saben de él: que es un hombre mayor, militar, como sus antecesores, tiene una pierna ortopédica y concurre los martes por la noche a un club de jazz a escuchar a Edna Cook, una mujer gorda, negra y tetona que confiesa (y Cameron quiere creerle) su odio a las feministas y amor a los aviones. También se sabe que cada martes, al finalizar el concierto, Cameron, fiel a sus viejas costumbres, persigue a su compañero de mesa: Juan Silveiro, locutor de la radio local, hasta las márgenes del río. Si pudiera, cruzaría detrás de él, pero Cameron está obligado a respetar ciertos límites y el Puente de Hierro, es uno de ellos.

¿Qué orillas separa aquel puente?

«Todo lo humano, todas las acciones humanas, se realizan a partir de alguna memoria; no a partir del olvido, que es su contracara, su exigente complemento», sostiene Héctor Schmucler en su ensayo La memoria como ética. El pasado irrumpe en la vida de Julio Cameron cuando menos lo esperaba. La única forma de romper con ciertas ataduras, piensa, es a través del desmembramiento. Y aunque quiere convencerse de eso, es imposible. El pasado lo persigue. Ni olvido ni perdón grafitearon en las paredes de su vecino. Carnicero de Burcke, escribieron sobre la tumba de su abuelo. Si alguna vez Cameron creyó que solo las inundaciones dejaban a los de su clase bajo el agua y el resto del año era el tiempo de «restaurar la burla de los desgraciados», los hechos le señalan que ese tiempo de la restauración, no llega ni llegará para él. Como un invierno en perpetuo retorno.

«Afuera cae la nieve. Lenta, silenciosa. A veces parece otra cosa. Pero ahora es nieve», y sobre ella, se dibujan unos pasos que Cameron ya no podrá seguir. Porque él lo sabe. Se lo dijo el Pajarito Lernú, ese personaje extrañado, fantasmagórico también, que vuelve en cada novela de Ronsino: la huella es la memoria de una ausencia. Lo dejó escrito en «un poema largo y estrecho como un país sudamericano».

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